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29/09/2020 10:58 CEST | Actualizado 29/09/2020 14:40 CEST

"…en nombre del rey"

Sánchez e Iglesias han querido hacer su política de cambalache con los separatistas utilizando al rey en una interpretación constitucional chapucera y troyana…

POOL New / Reuters
Pedro Sánchez jurando su cargo como presidente ante el rey, Felipe VI.

Cuando Alfredo Pérez Rubalcaba acuñó aquella frase radiográfica del ‘Gobierno Frankestein’ de Pedro Sánchez, ocurrente sarcasmo que ha documentado como testigo Felipe González, estaba previendo lo que iba a suceder en el futuro. Algunos protagonistas actuales se rasgarán las vestiduras; otros variopintos que contribuyeron con sus artimañas y ladinadas ya interpretan una gran obertura digna de las más consumadas plañideras. Pero la prensa encierra muchas claves. Bendita hemeroteca. 

Con piezas de diversa e incompatible procedencia se llevó a cabo una investidura y, como algunos vimos y nos atrevimos a decirlo en su momento, el presidente se convirtió en un rehén, aunque ello le importara una verdura de las eras. Era un peaje que estaba dispuesto a pagar para coger aquél tren en marcha y sin conductor. Era ‘ahora o nunca’. Había que aprovechar el clima social de repulsa a la corrupción del PP, que llegó al punto crítico con la sentencia de la Audiencia Nacional que condenó a ese partido por haberse lucrado con la Gürtel. Ya no era como el orvallo gallego, una lluvia fina que no moja pero empapa. Era tormenta tras tormenta, rayos y truenos tras rayos y truenos. Una excepción, parecía, aunque algún día lejano escampara, a la ley ya esbozada en la biblia de que tras el temporal viene la calma. 

Tras todo aquél barullo antes de alumbrarse el Gobierno de coalición PSOE-Podemos ya se anunciaba lo que después sucedería inevitablemente: Pedro Sánchez sabía, y lo dijo, que no podría dormir tranquilo con Pablo Iglesias sentado a la mesa del Consejo de Ministros. Pero la cosa era complicada: tampoco podría dormir, y además viviría amargado y resentido, si no lograba los votos necesarios para la investidura. Y eligió su aparentemente mal menor: no dormir tranquilo pero tener el dormitorio en La Moncloa y el BOE a mano. 

Hay un viejo refrán canario que dice que el que nace lechón muere cochino. No suele fallar. Pablo Manuel Iglesias es lo que siempre ha sido y lo que, además, parece que es. Sigue ejerciendo de activista antisistema, del que predicó abiertamente su amor por la revolución bolchevique y por la chavista. Del que ensalzaba en las sesiones de terapia de autoestima a la juventudes comunistas de la universidad las ventajas democráticas de los escraches a los enemigos, de las okupaciones, sin matices, de cambiar el ‘régimen del 78’ y por lo tanto arramblar con la Constitución con asambleas populares constituyentes… Todo está regado por YouTube.

Poco a poco su estrategia se ha ido radicalizando tras un proceso de aparente domesticación ‘galapagariana’. Hay otro proverbio que previene contra los engaños de la doble personalidad y el fingido arrepentimiento obligado por las circunstancias: “el león será siempre león aunque se crie entre corderos”.

De ninguna manera puede interpretarse que el Gobierno de turno, con silencios, artimañas o dobleces puede vaciar de contenido el papel del jefe del Estado.

En las últimas semanas Iglesias y su ‘estado menor’ –el mayor se ha ido esfumando– han visto como la debilidad de Sánchez le ha abierto nuevas grietas al PSOE. El PP de Pablo Casado y Aznar, la línea dura y neoliberal pura, mantiene su estrategia de empujar a la socialdemocracia hacía la radicalización. La táctica es de una terrible frialdad, a pesar de que el discurso esté ‘saltinbanqueado’ por hipócritas ofertas de ‘mano tendida’ y llamadas al diálogo… de besugos. Y está encadenando aparentes éxitos parciales, que no son sino relámpagos de flash que abocan al país a una situación crítica. Ante la falta de apoyo para el Presupuesto, en esta ocasión de una importancia excepcional e histórica (y no es una hipérbole) para afrontar las secuelas de la larga pandemia y gestionar a la europea manera su aún lejana salida, Sánchez ha optado por recurrir a los apoyos de los separatistas catalanes y a los herederos espirituales de ETA. 

Y esto ha tenido de inmediato serios efectos secundarios: dentro del PSOE, los ‘guardianes’ del espíritu de la Transición, y de su creación la CE78, han pasado de la desolación a la indignación, según me transmiten algunas fuentes de mi mayor confianza. Dentro del propio grupo socialista en el Gabinete y en las Cortes, ya afloran voces críticas que alertan sobre el peligro podemita, por una parte, y por otra, de la ‘pinza’ en la que también participa la formación morada – aunque los que se están quedando morados de verdad son los socialistas prudentes, con años de ‘mili’ y  avisados que están viendo la que se avecina– con la galaxia separatista y post-etarra. 

La situación, complicada desde el principio del experimento, se ha vuelto crítica, como preveían y pretendían Casado y Rivera ‘ex aequo’ con la posterior adhesión inquebrantable de una extrema derecha cada vez más echada al monte y al verde oliva, y no me refiero al uniforme de las aceitunas. El anuncio  de que se va a iniciar ya mismo la tramitación de los indultos de los que se alzaron contra el orden constitucional en Cataluña, llámese burro o caballo, sedición o rebelión, en justa prisión tras sentencia firme del TS, es cuando menos una irresponsabilidad y un fatal ejemplo de hasta dónde puede llegar el chalaneo con los nacionalistas. Parecía imposible superar el listón de Aznar con Pujol.

Pero siendo todo esto preocupante, más lo es si cabe –que aquí parece que cabe todo, aunque al final se rompa el saco, que ya deshilacha por las costuras–  el juego tarambana e insensato del presidente y su ‘rasputín’ mayor con la Jefatura de Estado, y por ampliación con la monarquía parlamentaria. Vetar la presencia del rey el pasado viernes 25 en el acto tradicional de la entrega de despachos a la nueva promoción de jueces españoles en Barcelona, para ‘no molestar’ y como pago anticipado y los Torra, Junqueras y cía., es un apaño de enorme gravedad. 

Casualidades de la vida: ese mismo día leía una sentencia en casación del Tribunal Supremo que condenaba a un periodista isleño. La Sala de lo Civil, en su STC 474/2020 terminaba, como es norma: “…por todo lo expuesto, en nombre del Rey y por la autoridad que le confiere la Constitución, esta Sala ha decidido…”

En la democracia liberal las formas son sustancia y no artificio como en las democracias adjetivadas (orgánica, como la franquista; popular, como las comunistas; bolivarianas, peronistas, las trastornadas tropicales; islámicas, como las musulmanas…etc.).  

Sánchez e Iglesias han querido hacer su política de cambalache con los separatistas utilizando al rey en una interpretación constitucional chapucera y troyana…

El artículo 117 CE establece que “la justicia emana del pueblo y se administra en nombre del rey por jueces y magistrados integrantes del poder judicial, independientes, inamovibles, responsables y sometidos únicamente al imperio de la Ley”. El art. 64 concreta que los actos del rey “serán refrendados por el presidente del Gobierno y en su caso por los ministros competentes”. Pero refrendar, según el DRAE, no es vetar. Es “dar validez a un documento por medio de la firma de una persona autorizada para ello, especialmente poner su firma un ministro debajo de la del jefe del Estado”. De ninguna manera puede interpretarse que el Gobierno de turno, con silencios, artimañas o dobleces puede vaciar de contenido el papel del jefe del Estado. Y mucho menos en el específico ámbito judicial. 

El poder judicial es inseparable de las formas: Togas, puñetas, medallones, tarimas, léxico… Jueces y magistrados saben que sentencian “en nombre del rey”, y es por tanto muy natural y necesario en la comprensión cabal de la Constitución que el rey presida sus solemnidades. Es, a mayores, una forma de evidenciar ante los recién llegados a la magistratura, ante el mundo político y ante la ciudadanía toda, su obligada neutralidad e independencia, a veces malévolamente olvidada.  

Lo que ha conseguido el Gobierno es provocar un serio conflicto, por su irreflexiva frivolidad. Echar la culpa a Felipe VI del lío en que se ha metido de cabeza el sanchismo porque S.M. llamó al presidente del CGPJ para, en una clara muestra de obligada cortesía, transmitirle que le hubiera gustado estar en Barcelona, o decir, como ha dicho en canto gregoriano el coro de las lamentaciones habituales de Podemos de que el rey hace política contra el Gobierno, no sólo es una indecencia: es su reflejo de Pávlov. 

Lo ‘cierto y verdad’ es justo lo contrario: Sánchez e Iglesias han querido hacer su política de cambalache con los separatistas utilizando al rey en una interpretación constitucional chapucera y troyana… Con la ayuda necesaria de la oposición cerril y del cuanto peor mejor de un PP echado al monte.

Aviso: los tigres hambrientos no se sacian con un donut, y ni siquiera con un buen bistec.