INTERNACIONAL
12/12/2019 07:39 CET

Jeremy Corbyn, el rojo clásico que no encandila pero pone en peligro a Johnson

El líder laborista no va a ganar las elecciones este 12-D, pero dicen las encuestas que sí puede impedir la mayoría absoluta conservadora y hacer caer el gabinete 'tory'

Es un clásico de la izquierda británica, el eterno verso suelto caracterizado por su defensa del pacifismo y su rebeldía. Hace tres años, nadie pensaba seriamente que pudiera encabezar el Partido Laborista del Reino Unido pero este 12 de diciembre, sin embargo, concurre a las urnas como su candidato a primer ministro. Jeremy Corbyn no tiene opciones de ganar -ni una encuesta le da la victoria- pero sí de convertirse en premier: su meta es impedir que el conservador Boris Johnson logre la mayoría absoluta y tener así, al menos, la opción de negociar con todos los que no quieren al tory. Es toda una paradoja, teniendo en cuenta que es el líder más impopular de la historia del país. 

Jeremy Bernard Corbyn (Chippenham, Inglaterra, 1949) podría lograr un 30% de los votos, equivalente a unos 220 escaños. Forzosamente, necesitaría de los liberaldemócratas, los escoceses y alguna formación menor para sumar, pero no es un horizonte quimérico, teniendo en cuenta que ha llegado al sprint final de campaña mejorando datos y con un leve empeoramiento de su oponente. Ha sido listo: ha intentado hablar lo justo del Brexit, el tema estrella pero sobre el que el laborismo no tiene las ideas muy claras, y centrarse más en cuestiones domésticas de enorme importancia, como los servicios públicos. Ha logrado acaparar una atención que parecía perdida. 

El divorcio del Reino Unido y la Unión Europea es una losa para Corbyn. Aparentemente, prefiere la permanencia, porque reconoce que el club comunitario tiene defectos de calado pero que fuera hace aún más frío. Sin embargo, no es capaz de expresarlo con claridad, por confusión propia o por estrategia. Esa ambigüedad es uno de sus peores defectos, que le ha granjeado el rechazo popular. Nadie tiene claro qué piensa. Lo que propone su programa sí está definido: negociar un nuevo acuerdo con Bruselas, que mejore los términos para el país, y luego convocar un segundo refrendo, como el de 2016. 

Para no hablar mucho de eso, se ha centrado en la salud, la educación y la integración de los inmigrantes, un giro de verdadera izquierda que adereza con una de sus propuestas más polémicas: la nacionalización de servicios esenciales como la luz o el gas, de la empresa British Telecom para ofrecer banda ancha gratuita de Internet, o la renacionalización de los servicios de ferrocarril y de transporte en autobús. Sus detractores meten con eso miedo a los mercados y, si se suma la referencia a que es admirador del venezolano Hugo Chávez, ya hay chicha para el escándalo.

Corbyn, que se define como marxista, ha redactado un “manifiesto radical” para la campaña que acaba con los años de izquierda tibia de Tony Blair y Gordon Brown, contra los que votó, rompiendo la disciplina de su propio partido. Nada de tercera vía. “Hay que recuperar la esencia”, repite. Su órdago ha contado con el apoyo de intelectuales progresistas de enorme prestigio y eco, como Noah Chomsky o Naomi Klein. Los millenials le prometen un 33% de votos. No está mal para tener poco tirón. 

Rebelde con causa

Corbyn, a sus 70 años, es un zorro viejo de la política. Lleva 30 años como parlamentario en los Comunes, culminación de una carrera centrada en la no violencia y el sindicalismo. Hijo de un ingeniero eléctrico y una profesora de matemáticas -pacifistas que se conocieron en un acto en defensa de la República española durante la Guerra Civil, en suelo inglés-, hizo un parón en sus estudios tras la Secundaria para irse de cooperante a Jamaica y a América Latina, haciendo el Servicio Voluntario durante dos años. Ahí comenzó a aprender español. A los 16 -cuando descubrió a uno de sus autores más influyentes, George Orwell- ya se había afiliado a los laboristas. A los 18, a la Campaña por el Desarme Nuclear (CND).

A su vuelta al Reino Unido, empezó a trabajar con organizaciones sindicales y a participar en sus primeras marchas antibelicistas, como las que se convocaron contra la Guerra de Vietnam o contra el golpe de estado a Salvador Allende en Chile. En esos años comenzó una titulación de Estudios Sindicales en la Universidad Politécnica de North London, pero cuando le quedaba un año para acabar se marchó por las peleas constantes que tenía con sus tutores a cuenta del plan de estudios.

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Jeremy Corbyn, en 1984, tras ser elegido diputado, en una entrevista con la BBC.

Nunca acabó la carrera. Se dedicó desde entonces a los sindicatos, con especial empeño en el sector público, hasta que con 24 años, en 1974, se convirtió en concejal de su distrito, Haringey (Londres), cargo en el que estuvo hasta que se hizo parlamentario, en 1983. Desde entonces, siempre ha estado en en ala izquierda del laborismo, defendiendo su triada particular: pacifismo, servicios públicos y derechos laborales.

Su activismo ha dado para mucho: ha peleado contra el apartheid en Sudáfrica (fue incluso detenido en una protesta ante su embajada en Londres, en los 80), contra el rearme nuclear y la guerra de Irak (su colega Blair estaba en la foto de las Azores), en favor de la unidad de Irlanda, del diálogo con el Sin Feinn y de los derechos del pueblo palestino (hay quien lo acusa incluso de antisemita por sus críticas a Israel). Especialmente empeñado estuvo en la batalla de Amnistía Internacional para que el dictador Augusto Pinochet fuera extraditado a España. 

En lo personal, Corbyn es muy celoso y hay pocos detalles de su vida, pero campaña es escaparate y se ha visto obligado a posar con su familia y dar más detalles de los que le gustaría. Casado tres veces, divorciado dos, tiene tres hijos, fruto de su segunda unión con la chilena Claudia Bracchitta, nieta de un diplomático español que fue cónsul general republicano y que escapó a México, refugiada tras el golpe pinochetista. De ella se separó porque la mujer quiso que uno de sus hijos fuera a una escuela privada. Nada más en contra de los principios del ahora candidato. Su actual esposa es la mexicana Laura Álvarez, abogada y empresaria dedicada al comercio justo. 

ASSOCIATED PRESS
Corbyn, el 12 de septiembre de 2015, tras ser elegido como líder de los laboristas. 

El ascenso

Este vegetariano que se mueve en bicicleta vio en 2015, tras el fracaso de Ed Miliband, que podía hacer algo más por su partido, completamente desnortado y sin personalidad ni liderazgo, con los brazos bajados ante los recortes de la derecha. Su trayectoria peleona y díscola y sus años no lo convertían en el favorito, pero acabó conquistando 251.000 de los 422.000 votos emitidos en las primarias laboristas, en el verano de 2015. Desde ese día, lleva más corbatas y tiene que tomar el coche oficial para poder cubrir su agenda. 

Así pasó a convertirse en el Líder de la Muy Leal Oposición de su Majestad en Reino Unido, él, tan abiertamente republicano, tanto que al acceder al cargo se negó a arrodillarse ante Isabel II y amenazó con no integrarse en el Consejo de la Reina, un grupo de 600 elegidos para tratar temas de la mayor trascendencia para el país. Al final dijo sí por “responsabilidad”. 

Su vuelta a las esencias de la izquierda hizo que, en un día, se sumaran 15.000 nuevos militantes. Sin embargo, su perfil no termina de gustar. Contenta a los más radicales, que ven en él el compromiso social que se había esfumado, pero da miedo a los moderados, más anaranjados que rojos. Con la baza del temor juega el conservador Johnson. Con esa y con la de la indecisión, porque Corbyn ha pasado por pedir elecciones anticipadas y no quererlas, por otro refrendo para el Brexit pero ahora no, por dialogar en el Parlamento y por negarse luego. 

A esa dicotomía se enfrenta ahora, la del recelo y la confianza, la de la distancia y el voto útil contra Boris, la de la veteranía buena o entendida como desgaste. Si no puede formar Gobierno, ya están las hienas laboristas esperando para el festín, para su relevo, y su tiempo se habrá acabado. Si logra instalarse en Downing Street le tocará llevar las riendas de un país cansado, angustiado, que sufre su peor crisis desde la Segunda Guerra Mundial. Todo un reto para el que hacen falta claridad y principios. 

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