VIRALES
08/04/2021 14:22 CEST

La empresa de patatas fritas explica cómo y por qué acabaron unas gafas en una de sus bolsas

La historia se ha hecho viral en Twitter y la compañía ha tenido que pedir perdón.

Getty Images
Una bolsa de patatas fritas.

Ha sido la historia más extraña (de largo) de esta semana. Paula Payann, una joven streamer, compartió en su perfil de Twitter el objeto que se había encontrado en el interior de una bolsa de patatas de la marca Cortijo del Olivar que su madre había comprado en un supermercado: nada más y nada menos que unas gafas de ver.

Para demostrarlo y evitar que se pudiera pensar que era mentira, hizo fotos desde todos los ángulos posibles e incluso lo mostró en directo durante una retransmisión en su perfil de Twitch.

“Llegamos (ella y su madre) a la conclusión de que es de un trabajador al que se les habrá caído en la fábrica, no tenemos ni idea de cómo habrán llegado ni el proceso de las patatas. El caso es que tenemos las gafas de un señor/una señora en nuestra casa y pensamos guardar el paquete como si de oro se tratase, fin de la historia”, relató en sus redes sociales.

Rápidamente la publicación comenzó a circular por las redes sociales. Ante el ruido que se estaba generando, la empresa pidió perdón a la joven: “¡Hola! Antes que nada te pedimos disculpas. Nuestras patatas fritas están tan ricas ¡porque tienen duende! Las gafas son de Manolito, te intentaremos mandar una foto suya y una caja de nuestros productos. Sin sus gafas no ve nada pero tú disfrutarás de nuestras patatas”.

Además de ese mensaje por redes sociales, el gerente de esta pequeña empresa familiar, Álvaro Sánchez, también ha hablado personalmente con Payann. Según cuenta, primero se ha disculpado por teléfono y después en persona, donde además de pedirle perdón le ha entregado una caja de patatas.

La joven se lo ha tomado bien en todo momento y ha evitado hacer más sangre. “Ha reaccionado muy bien, me ha dicho que no me preocupe y que la mayor parte de la gente por redes sociales se lo está tomando bien. Nos ha tranquilizado porque estamos todos de los nervios”, reconoce Sánchez. 

Todo comenzó al arreglar una máquina

Hace aproximadamente un mes, tuvieron un problema con una de las máquinas de envasado de la planta que tienen en Arcos de la Frontera (Cádiz). El trabajador que se encargó de repararlo, que lleva 15 años en la empresa, se puso sus gafas, conectó el ordenador y comenzó a solucionarlo. 

El problema fue que en un momento dado las gafas cayeron y no se dio cuenta. “Se las pone en ocasiones. Cuando lo arregló, me preguntó si las había visto, pero no, yo no las había visto. Como la zona de las máquinas tiene muchos recovecos las fue a buscar a ver si las encontraba en otros sitios y entre una cosas y otras no las localizó”, recuerda Sánchez.

Durante esos minutos y a una producción de casi 40 bolsas por minuto, las gafas habían ya desaparecido. Incluso el gerente les pidió al equipo de limpieza que las buscaran con más detenimiento. Tampoco las localizaron, tal y como se lo comunicaron al día siguiente. 

“No les dimos más importancia, hasta que este martes nos bombardearon por redes sociales. Nos hemos equivocado, hemos pedido perdón y estás cosas pasan, nos ha tocado. Un conductor que lleva 30 años conduciendo perfectamente puede tener un susto un día puntual. Un fallo en producción le puede pasar a cualquier, lo que hay que hacer es pedir perdón, dar la cara y seguir, no hay más”, se defiende Sánchez, que asume la culpabilidad y le quita responsabilidad al trabajador.

“El trabajador no lo hemos despedido ni vamos a hacerlo, ojalá esté con nosotros hasta que se quiera jubilar”, añade rápidamente para evitar especulaciones. 

Además, Sánchez también quiere explicar el motivo por el que no lo detectaron en algún control. Indica que solo hay dos formas para conseguirlo: o con un control de rayos X o con un equipo de detecciones de metales. “Te hablo de mi empresa, la inversión que tendría que hacer para poner un equipo para detectar los posibles metales que puedan ir en las bolsas es monstruosa”, afirma.  

“Para las ventas que yo tengo (la inmensa mayoría de su producción se queda en Cádiz), comprar un equipo como ese a mí no me compensa. Y después, llevamos 30 años haciendo las cosas bien, esto no ha pasado nunca. No creo que los fabricantes que sean como yo tengan un equipo bestial de detección porque el negocio no le da para pagarlo”, sentencia. 

Sánchez espera no que no se repita este desafortunado accidente más, pero de momento ya han protagonizado una de las historias más surrealistas de un año del que ya no nos sorprende nada. 

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