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16/11/2018 06:55 CET | Actualizado 16/11/2018 06:55 CET

Me declaro garnachista

Toda una declaración de intenciones: Me declaro garnachista; cada vez se oye más esta expresión entre los profesionales y buenos aficionados a los vinos, muestra un amor profundo a la variedad de uva garnacha, antes tan odiada y ahora adorada por muchos.

Durante años, en nuestra piel de toro, fue denostada por su rápida oxidación, por trasformar las notas de frutas rojas frescas en compotas y mermeladas empalagosas, por la pérdida de su intrínseca acidez, dando como resultado vinos pesados muy poco placenteros, cálidos, casi ardientes por su elevada graduación. Cuando maltratas a la garnacha sus vinos están oxidados, vacíos e insulsos; pero cuando la mimas, es capaz de regalarte un ramillete de frutas rojas, un paladar goloso y amable, de memorable recuerdo.

Pero la culpa no era de esta variedad, la tinta que predominaba en España tras el ataque de la filoxera que ataca a las raíces de las cepas, y que conllevó la sustitución de variedades autóctonas por esta más robusta. Cultivada en valles fértiles, con mucha producción, y vendimiada la uva sobremadura, con una elevada proporción de azúcar, en una época que el viticultor buscaba el mayor rendimiento por hectogrado; luego maltratada en numerosas cooperativas, donde adquirió la fama de ser una mala uva, a pesar de ser una variedad tinta entre las más importantes del panorama vinícola español junto al tempranillo.

Ahora la garnacha goza de prestigio y merecida fama, recuperándose viñedos viejos en la sierra de Gredos, Méntrida y Cebreros

Autóctona de Aragón, su expansión natural fue el valle del Ebro, con extensos cultivos en la Rioja Baja, Navarra, Aragón y Cataluña, lugares que cuando se fomentó desde Europa el arranque de las viñas menos productivas, muchos de los viñedos viejos fueron arrancados, perdiéndose un patrimonio único, que ahora se está recuperando. Y curiosamente fue en esta área donde más se introdujeron las denominadas variedades mejorantes, de uvas foráneas: merlot, syrah, cabernet sauvignon, con el objetivo de incrementar la calidad de los vinos y que estos aguantaran más tiempo sin estropearse.

Por suerte algunos viticultores, a los que no les compensaba arrancar la viña vieja, la mantuvieron, y años más tarde, cambió la percepción por parte de los enólogos, que pagaban la escasa uva de estas viñas a precios muchos mayores que las procedentes de cepas más productivas. El resultado fue que en Aragón (Campo de Borja, Calatayud) se encuentran algunas joyas que han tardado en ver la luz, pero que ahora se encuentra entre lo mejor del patrimonio vinícola español. Su carácter camaleónico le salvó del descepe.

Ahora la garnacha goza de prestigio y merecida fama, recuperándose viñedos viejos en la sierra de Gredos, Méntrida y Cebreros, y algunas zonas de la provincia de Madrid, cultivadas en laderas graníticas o pizarrosas que dan memorables sabores minerales. Belarmino Fernandez Bombín, propietario de la bodega Canopy, de Méntrida (2004), es una gran entusiasta de la garnacha: "era una variedad denostada por todos, que no servía para elaborar vinos de larga vida como enseñaban en las escuelas de enología, pero tratada correctamente es una de las grandes uvas españolas". "Todo está en la viña, cultivada con muchos kilos, en sobreproducción daba vinos de corta vida, y por eso se destinaban a rosados".

Tal vez Priorato y su cercana región de Montsant fueron los pioneros en reivindicar su calidad, como cuando en los noventa el riojano Alvaro Palacios elaboró su vino del Priorato L'Ermita de un bellísimo viñedo semicircular de garnacha centenaria, en la ladera de una colina cuyo suelo sólo podían cultivar con caballerías. Un vino que se convirtió en el más caro de España en su momento, aunque todavía hacia mella la fama oxidativa y rápida evolución de esta uva, por lo que Palacios no se atrevió a embotellarla por sí sola, sino acompañada por syrah de sus jóvenes viñedos.

La garnacha empieza a entusiasmar a muchos, tanto aficionados como profesionales, y ojalá en un futuro los bebedores la pidan por su nombre, como ocurre hoy en día con la verdejo

Jorge Ordoñez, afirma que con su importadora de vinos españoles en Boston, enseño a descubrir esta variedad a los norteamericanos, y por eso:" busqué vino de garnacha en Aragón, que es su tierra originaria; me encanta la garnacha, es la variedad tinta más auténtica española". Y Belarmino continúa: "La Garnacha es una variedad muy sutil y elegante". "Y depende mucho del suelo su carácter, por ejemplo, en suelos graníticos de Cebreros da notas florales y frutos rojos, mientras en suelos pizarrosos es más agreste, con frutillos negros y más acidez, debido a que la pizarra irradia calor por la noche".

Culmina su apasionado discurso Belarmino: "creo que la garnacha ya disfruta de reconocimiento internacional, y se están elaborando vinos de gran calidad por toda España".

La garnacha empieza a entusiasmar a muchos, tanto aficionados como profesionales, y ojalá en un futuro los bebedores la pidan por su nombre, como ocurre hoy en día con la verdejo. Alcanzaría su cumbre de reconocimiento.

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