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28/05/2014 07:40 CEST | Actualizado 27/07/2014 11:12 CEST

La cabra socialista

A muchos miles de kilómetros de distancia, en la pequeña ciudad ecuatoriana de Loja, algunos españoles comíamos una paella y celebrábamos los resultados electorales. Pero, ¿qué celebrábamos? ¿Qué ponía PODEMOS encima de la mesa que nadie hubiera puesto hasta entonces?

Hace unos años, un candidato socialista en Canarias estaba haciendo campaña por las islas y se acercó a un señor de campo bastante mayor, de esos que debían fumar tabaco negro sin filtro y seguro que las había pasado canutas durante buena parte de su vida. Cuando el candidato fue a pedirle el voto, el señor le contestó de manera rotunda: "No se preocupe usted. Si el PSOE presenta a una cabra, yo voto a la cabra".

A mi padre le gustaba la historia de la cabra, tanto que la contó muchas veces, hasta el punto de que en un círculo bastante amplio de personas se convirtió en un mantra que se recitaba en cada campaña electoral; cuando llegaban las elecciones y él y sus amigos sabían que el PSOE no lo había hecho demasiado bien o no presentaba a un buen candidato, decían, con mucha sorna y un poco de resignación "Qué le vamos a hacer. Votaremos a la cabra".

La cabra era una suerte de animal mitológico que representaba muchas cosas: la lucha antifranquista, que gente como mi padre practicó fuera del PSOE, para confluir luego allí con la comodidad de estar en un espacio socialdemócrata sin demasiados dogmatismos. También representaba el orgullo de formar parte de un partido que había consolidado el Estado del bienestar, la sanidad universal, la educación pública y gratuita o el derecho -aunque con restricciones- al aborto.

Pero muchos no advirtieron, o no quisieron advertir, que con el PSOE comenzaba también la cultura del pelotazo y un extraño pacto con las élites que permitía subvencionar las nuevas políticas sociales, pero dejaba el gran poder en las mismas manos de siempre. Algunos socialistas se han convertido definitivamente en parte de esa élite, se han asimilado, se han aburguesado tanto que no se deben reconocer ni ellos mismos. Y la cabra socialista ha muerto, como han muerto muchos de los que estaban convencidos de que la llegada del PSOE al Gobierno en los años ochenta eran la culminación de nuestras esperanzas de democracia y justicia social.

Justo a la hora en que se certificaba la defunción de la cabra, llegaban al mundo de la política institucional los cinco eurodiputados de PODEMOS, liderados por Pablo Iglesias. Nada más simbólico que un señor con el mismo nombre que el fundador del PSOE. Y nada más probable que la de esa noche, en la plaza del Museo Reina Sofía, fuera una fiesta de celebración con bastantes hijos de militantes o simpatizantes del socialismo del 82. Seguramente, incluso de algún dirigente.

Pasaba también a muchos miles de kilómetros de distancia, en la pequeña ciudad ecuatoriana de Loja, donde con siete horas de diferencia, algunos emigrantes españoles comíamos paella, bebíamos cerveza y celebrábamos los resultados electorales. Pero, ¿qué celebrábamos? ¿Qué había cambiado? ¿Qué ponía PODEMOS encima de la mesa que nadie hubiera puesto hasta entonces?

Lo primero, un problema generacional: el hartazgo con una generación que entró en el Gobierno cuando estaba en la treintena y sigue ahí, mandando y sentando cátedra casi cuatro décadas después, provocando un cierre para las aspiraciones legítimas de la gente más joven.

Lo segundo, un problema político: el asqueo con los aparatos de los partidos, cínicos y ramplones, tan dispuestos a las artimañas como a hacer que escuchan a la ciudadanía para devolver luego mensajes vacíos y tergiversados.

Y lo tercero, un problema económico: la conciencia de que esta crisis sólo la han sufrido las clases medias y trabajadoras, con la complicidad absoluta del PSOE. Es posible que todos nos sumáramos a la fiesta inmobiliaria durante algunos años. Pero los que la organizaron y engordaron sus cuentas como se engorda a un marrano no han pagado nada. Y nosotros, todo.

Ahora toca saber si PODEMOS es sólo un movimiento-síntoma, que muestra una enfermedad social y política, o si es un instrumento de respuesta que construye una verdadera alternativa y desborda los límites del pensamiento dominante. Si es sólo una opción más de la izquierda que se conforma con el regusto melancólico de cantar a Quilapayún con el puño en alto o si aspira a un espectro mucho más amplio, mucho más allá de los mitos revolucionarios de España, Europa o América Latina. Por lo pronto, ya han marcado un camino a la regeneración democrática: estoy convencido de que su proceso de primarias abierto estará en el inconsciente reprimido de cualquier militante socialista cabal hasta que su dirección, Susana Díaz incluida, decida no suicidarse y ponga en marcha algo parecido.

Algo potente se mueve en la izquierda y sólo hay que mirar las redes sociales, sin necesidad de pagar a un community manager. Lo último que me llamó atención del facebook de mis colegas -a los que no veo desde hace un año- es la cantidad de gente que comentaba la entrevista de Jordi Évole a José Mújica, el presidente de Uruguay. Sin un solo lema viejo y apolillado, Mújica nos dio un viaje por la sobriedad y la lucha, por la autocrítica y el amor, por el tiempo con la familia y los amigos, por una vida completa y digna, sencilla. En su casa no había riquezas ni boato. Sólo cosas sencillas y algunos perros corriendo. Y me estuve fijando un rato, pero no vi ninguna cabra.

Ilustración: Jennifer Tapias

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