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Ganar han ganado pero ¿está bonito cómo lo han hecho?

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Dice el refrán que en el amor y en la guerra todo vale. Puede que en el amor y en la guerra sí, pero en el deporte desde luego que no. Y menos si se trata de unos Juegos Olímpicos. En esos días se imponen las normas y la deportividad. O, al menos, es lo que se espera de una cita de élite como Río 2016.

Por un lado, están las reglas que fija el Comité Olímpico Internacional para competir en las distintas disciplinas y dar por válida cada marca que logra un deportista. Y por otro, está - o debería estar- el fair play, que muchas veces brilla por su ausencia tanto en los atletas como entre el público.

Seguidores que intentan desconcentrar a un deportista a base de alaridos, atletas que aprovechan las zonas grises del reglamento, ausencias injustificadas de un jugador en mitad de un partido...En estos Juegos Olímpicos hemos visto casi de todo.

El saltador de pértiga francés Renaud Lavillenie fue abucheado por el público brasileño en plena competición este pasado lunes. Esta actitud hostil no le sentó nada bien y, en unas declaraciones a Canal+ Francia, el atleta se despachó a gusto: "Esta es la primera vez que lo vemos en el atletismo. Creo que la última vez que lo vimos fue cuando Jesse Owens corrió en 1936".

La desafortunada comparación con el atleta negro que recibió los pitos de la Alemania nazi provocó un revuelo en redes sociales y Lavillenie se vio obligado a disculparse esa misma mañana a través de Twitter: "Lo siento por la mala comparación. Fue una reacción en caliente y fue un error. Pido disculpas a todo el mundo".

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Pero la disculpa no le pareció suficiente al público y, durante la entrega de premios al día siguiente, los gritos hacia el atleta fueron a más. Tanto que el deportista terminó llorando en el podio tras recibir su medalla de plata. Allí tuvo el apoyo del brasileño Thiago Braz da Silva, medalla de oro, que, con un gesto de extrañeza y levantando los brazos, pedía al público que dejara de gritar a su compañero.

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Esta actitud por parte del público brasileño fue calificada de “chocante” por el presidente del Comité Olímpico Internacional, Thomas Bach. Algunos medios, como la BBC, se preguntan si este tipo de comportamientos se debe a “un público de mierda o una simple pasión latinoamericana”

No ha sido esto el único hecho que parece contradecir el espíritu olímpico del juego limpio. A Rafa Nadal le arrebató la medalla de bronce el tenista Kei Nishikori con una táctica más que discutible. El japonés iba ganando el segundo set pero Nadal logró remontar y obligó a que el partido se decidiera en el tercero.

En ese momento, Nishikori se marchó al vestuario. Pasaron los minutos y el tenista no aparecía mientras el enfado de Nadal y de su tío y entrenador Toni Nadal iba cada vez a más. Se quejaron pero no sirvió de nada. Ningún árbitro de la competición obligó al japonés a volver a la pista.

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Resultado: 12 minutos de parón que enfriaron la remontada de Nadal y terminaron con el partido a favor del japonés, que salió de la pista abucheado por el público.

¿Para ganar sirve todo? Todo lo que esté dentro de la normativa olímpica, desde luego. Otra cosa es que algunas tretas, siendo legales, no resulten demasiado elegantes. Como la de tirarse en plancha en la pista para sacar unos centímetros de ventaja al rival. Es lo que han hecho dos atletas en estos Juegos: la bahameña Shaunae Miller en la final de atletismo de 400 metros y el brasileño Joao de Oliveira en la tercera ronda clasificatoria de los 110 metros valla.

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Miller se hizo con la medalla de oro y dejó con la plata a la estadounidense Allyson Felix que, para más inri, vio evaporarse, en el último segundo, sus aspiraciones de ser la primera atleta de la Historia con cinco oros olímpicos, algo que consiguió despues tras ganar el relevo 4x100 metros.

De Oliveira, por su parte, logró acabar cuarto y logró su mejor marca del año. Y ambos consiguieron idéntico resultado: generar dudas entre los espectadores y que los medios de comunicación explicaran en numerosos artículos que lanzarse en plancha sí sirve.

Entre estas curiosas estrategias para ganar, se cuela la de una española que también ha dejado bastante titulares: los gritos de Carolina Marín. Sus alaridos han retumbado en el pabellón olímpico en cada paso hacia la medalla de oro. Como la propia Marín ha explicado al DiarioSur, sus gritos forman parte de su plan de ruta para lograr la victoria: “Siempre analizo a mi rival antes de jugar. Por ejemplo, a las chinas les influye mucho cuando les gritas porque ven que sigues ahí luchando, que no te rindes. Si no lo haces, piensan que estás apagada y se refuerzan”.

Esta explicación no ha librado a la atleta onubense de recibir críticas por lo que algunos consideran un desprecio al rival.

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Aunque, si tuviéramos que dar una medalla de oro al comportamiento más tramposo, el premio se lo llevaría Aurélie Muller. La nadadora francesa no ser cortó ni un pelo al impedir a su rival tocar la meta antes que ella. Los jueces no se lo pensaron: descalificada y a casa sin medalla y sin honor.

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