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Podemos pierde el 'momentum'

28/12/2016 07:19 CET | Actualizado 28/12/2016 12:40 CET

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Foto: EFE

"Resultado: Una organización más dividida, más desgastada a ojos de la ciudadanía, todo el mundo enfadado, los órganos y los procesos deslegitimados, un Podemos más débil y el cambio en nuestro país más lejos."

Durísima la frase, ¿verdad? ¿A que parece escrita con tinta color verde-bilis por por un miembro recalcitrante de la casta y enemigo acérrimo de Podemos?

Pues bien, no es así, la frase la escribió el pasado domingo 25 de ciciembre (fum, fum, fum) el secretario de organización de Podemos Pablo Echenique en su Facebook tratando de culpabilizar Íñigo Errejón de todos los males que suceden en el partido morado ante la inconcebible y poco revolucionaria resistencia de éste -hay que ver, Íñigo, lo poco deportivo que eres- a ser purgado y enviado a un campo de reeducación en Siberia.

La frase lapidaria de Echenique, casi una sentencia, además de ser la demostración de que poco queda ya en Podemos de aquella frescura que tanta simpatía despertaba en sus primeros años, es el síntoma de que nada queda de aquella promesa de renovar y rejuvenecer la política en nuestro país.

El hiperliderazgo de Iglesias, sus comportamientos autoritarios, la constitución de baronías y camarillas, la ausencia de autocrítica y las contradicciones de unos procesos que, si bien son presentados como democráticos y asamblearios, en realidad responden más a la oscura tradición del centralismo democrático brezhneviano, han hecho que pierdan el momentum, ese intangible que diferencia a los partidos que triunfan de los que fracasan y separa a los que consiguen cambiar la vida de la gente de los que a duras penas logran representarse a ellos mismos y a sus contradicciones.

Ya no hay euforia alguna en un partido que solo ha conseguido llevar a sus propias urnas al 23% de los militantes y se muestra ante la sociedad enfadado, dividido e insensible a las voces que provienen de su exterior.

El trayecto que va desde aquí hasta su congreso de Vistalegre va a ser un calvario de mes y medio en el que, a pesar de consigan finalmente maquillar el resultado mediante algún reparto de secretarías y una foto cocinada de hermandad, sonrisas y puños en alto, la infección ya ha sido inoculada, y el paciente, a pesar de que pueda parecer recuperado, a la larga no tiene buen pronóstico.

La saña del aparato pablista contra Errejón y los suyos, la virulencia del enfrentamiento, las frases gruesas y las acusaciones de traición tendrán consecuencias en un partido que, por la propia composición de su masa electoral, mayoritariamente joven y urbana, necesita como ya vimos en las pasadas elecciones de un estado de euforia para acudir a las urnas. Y ya no hay euforia alguna en un partido que solo ha conseguido llevar a sus propias urnas al 23% de los militantes y se muestra ante la sociedad enfadado, dividido e insensible a las voces que provienen de su exterior.

Como ya hizo Laclau a finales de los 80 tratando de teorizar la construcción de hegemonía necesariamente contingente ("la arqueología de un silencio", según Foucault) sobre la falla de la necesidad histórica marxiana, los intentos de Errejón de hacer lo mismo sobre la -teóricamente cuestionable- necesidad histórica nacida del 15M se han encontrado con el tacticismo de un Iglesias que ha preferido mandar en un partido pequeño antes que construir una nueva herramienta política superadora del statu quo y transformadora de la realidad.

No, esto no quiere decir que Podemos vaya a desaparecer mágicamente, pero las semillas de su caída ya están sembradas. En unos meses veremos si germinan o se agostan.