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¡Se quema el país!

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Más del 93% de los incendios forestales son debidos a la acción de las personas, bien sea de forma negligente o de forma intencionada. Solo un pequeño porcentaje, que ronda el 3%, se debe a causas naturales, como los rayos.

Si revisan la estadísticas de hace años, podrán ver que durante los años 60 y 70 se decía que más del 80% de los fuegos forestales eran por causas naturales. Por supuesto, nada de esto era así, pero por suerte, las técnicas de investigación han avanzado mucho y ahora se puede conocer el modo en que se inician.

En los últimos años, hemos visto cómo parques nacionales, parques naturales o espacios protegidos eran pasto de las llamas. Un ecosistema que había tardado siglos en desarrollarse, en apenas unas horas, quedaba reducido a cenizas; así, el suelo queda desnudo y es más difícil regenerarlo.

Hace unas semanas hemos visto cómo el 7% de la isla de La Palma se calcinaba, pero lo vemos con Galicia, Madeira, Castilla-La Mancha, Comunidad Valenciana, Asturias o California todos los años.

Cada década, se suelen quemar más de 150.000 hectáreas, y los meses de verano son los más fatídicos. Se suele decir que, cuando se juntan los "tres treinta", esto es, más de 30ºC de temperatura, viento de más de 30 km/h y humedad por debajo del 30%, se dan las condiciones meteorológicas propicias para un incendio, pero lo cierto es que ese incendio lo origina la mano del hombre.

A nadie se le ocurriría entrar en un museo o una biblioteca con libros antiguos y tirar una colilla encendida mientras pasea entre estanterías; ¿por qué sí hacerlo desde el coche cuando atravesamos el campo?

Es triste ver cómo partes de nuestro patrimonio natural se pierden año a año solo porque la intención de unos pocos es hacerlo así, pero aún más triste es cuando, detrás de ese infierno, hay un interés político y/o económico para recalificar el suelo y hacer un negocio especulativo. A esa tristeza se suman las vidas humanas que muchas veces se pierden por el camino cuando bomberos, retenes de incendios, voluntarios y ciudadanos se juegan la vida para apagar unas llamas que arrasan sus paisajes y, en otras tantas ocasiones, sus casas.

A nadie se le ocurriría entrar en un museo o una biblioteca con libros antiguos y tirar una colilla encendida mientras pasea entre estanterías; ¿por qué sí hacerlo desde el coche cuando atravesamos el campo?

Ante todo, hay una gran falta de concienciación y no nos sentimos responsables de los actos que, por error, pueden originar un gran incendio. Piensen que, con un acto negligente, obligan a muchas personas a jugarse la vida, y a los que nos gusta disfrutar de la naturaleza nos quitan uno de los bienes y sentimientos más preciados, el de escapar de los problemas entre el verdor.

A los que lo hacen de forma intencionada, espero que algún día la justicia y las recalificaciones hagan inservible vuestro trabajo.

GRACIAS, con mayúsculas, a los que lucháis apagando el fuego.