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Ponga un pobre en su mesa

02/05/2015 09:53 CEST | Actualizado 02/05/2016 11:12 CEST

La reciente propuesta, iniciativa o simplemente boutade de la candidata del PP al Ayuntamiento de Madrid de expulsar a los mendigos del centro de la ciudad, me hizo recordar inmediatamente la definición de Groucho Marx de política: "El arte de buscar problemas, encontrarlos, hacer un diagnóstico falso y aplicar después los remedios equivocados". Y es que verdaderamente algunos políticos tienen la curiosa habilidad de hacer justo lo contrario para lo que se les ha elegido: crear problemas donde no los hay.

Según la aspirante a alcaldesa, la razón que ampara tal idea es que los mendigos que duermen en la calles de la capital espantan el turismo. Por eso sería deseable sacarlos de la vía pública y alojarlos en albergues o establecimientos similares. Con independencia de la viabilidad económica de susodicha medida, ya que habría que costear el alojamiento y el personal que se ocupara de los menesterosos, hay como mínimo un par de cuestiones que valdría la pena plantearse.

En primer lugar, para el fomento del menguante turismo en la capital, ¿es tal medida una condición suficiente? ¿Es una condición necesaria? Son dos preguntas bien sencillas que cualquier individuo con dos dedos de frente se realiza cada vez que se enfrenta a un problema con una eventual propuesta de solución. Condición suficiente parece que no es, pues podríamos señalar muchas ciudades, por ejemplo la que yo habito, en las que no existen mendigos (o no duermen en la calle) y no ha repercutido en un aumento de turistas.

Condición necesaria parece que tampoco es, ya que hay muchas ciudades que padecen del mismo problema, o incluso mayor, pero que mantienen tasas de visitas turísticas muy superiores a Madrid. Por ejemplo, San Francisco tiene un centro histórico con un mendigo en cada esquina, sin que ello sea un factor que desanime a visitar una de las ciudades más turísticas de EE.UU. Y, sin ánimo de atizar la rivalidad con Barcelona, en ésta última también hay mendigos por las calles y ello no ha impedido que crezca la distancia entre el interés que despierta respecto al de la capital española.

Lo cierto es que la ocurrencia de Esperanza Aguirre tiene más aire de populismo que de otra cosa (dejando de lado la sorpresa de que su preocupación no sea solucionar la situación de pobreza en la que se encuentran esas personas), pues resulta evidente que, para conseguir el fin perseguido, hay medidas que cualquiera de nosotros consideraría más oportunas, como me señalan algunos amigos madrileños: la urgente limpieza de las calles, una racionalización del tráfico, mejorar la seguridad ciudadana o, simplemente, elaborar un plan estratégico dirigido a fomentar el turismo o embellecimiento de la Villa y Corte.

Pero si la alcaldable porfía en su plan de "pseudo limpieza social" del centro de Madrid evacuando a los mendigos, me atrevo a sugerirle dos medidas. La primera, como hizo recientemente un museo sueco, podría ubicarlos en una sala de exposición a la vista de los visitantes, cual obras de arte. Desconozco si la alcaldable vería en ello un problema que afecta a la dignidad de esas personas, pero hay que ser realista, aunque en Madrid hay muchos museos, no parece que puedan dar cabida a tanto menestoroso.

La segunda medida consistiría en hacer real aquel reclamo publicitario que aparecía en una de las mejores películas de García Berlanga: "Ponga un pobre en su mesa". Esta última propuesta podría refinarse de forma que fueran las clases acaudaladas madrileñas las que, en aras de ese fin social, caritativamente acogieran en sus mansiones a un mendigo que, de esa manera, estaría fuera del ángulo de visión de los turistas. Y dado el carácter aristocrático de la alcaldable, podría ser ella misma la que iniciara tal acción. Barata, eficaz, y práctica.