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La revolución del papa Francisco

30/01/2015 07:12 CET | Actualizado 31/03/2015 11:12 CEST
Franco Origlia via Getty Images
VATICAN CITY, VATICAN - DECEMBER 10: Pope Francis speaks during his weekly audience in St. Peter's Square on December 10, 2014 in Vatican City, Vatican. The Holy Fathertold the thousands of faithful present that he wanted to share with them what took place and what the last Synod on the Families has produced. (Photo by Franco Origlia/Getty Images)

En marzo del 2013 me tocó hacer un cansado viaje en avión desde Nicaragua a la Argentina, no a Buenos Aires, sino en otro vuelo adicional a la ciudad de Mendoza, que está más al norte, y adonde llegué extenuado a la media noche. Al día siguiente, en el hotel, la primera pregunta de la primera entrevista fue una que no entendí al principio: ¿Qué pensaba de un papa argentino? Yo creía entender que era una pregunta hipotética, qué pensaría en el caso de que fuera electo un papa argentino (cuando salí de Nicaragua comenzaba a haber una elección pontificia en el Vaticano) y hasta que me lo preguntó por la tercera vez no comprendí que había sido electo papa un argentino. Quien mientras yo viajaba en el avión, desde su balcón en la plaza de San Pedro, había dicho que lo habían sacado del fin del mundo.

Para mí fue una sorpresa el que esta vez no fuera elegido un papa europeo, sino un argentino, y que lo fuera un cardenal del que yo anteriormente no había sabido nada. Todos los cardenales ahora existentes habían sido nombrados obispo por los papas Juan Pablo II o Benedicto XVI, y sólo eran obispos conservadores o reaccionarios los que estos dos papas escogían para obispos o para cardenales, por lo que yo no esperaba nada nuevo de esta elección pontificia.

De hecho, no había tenido ningún interés en ella.

Desde el momento en que el nuevo papa salió al balcón, se notaron cambios: el cambio de ropa; salió con una simple sotana blanca, rechazando otras vestimentas papales con encajes y tejidos de oro; y según se supo después, le había dicho al asistente que le ayudaba a vestirse: "Ya se acabó el carnaval".

Me parece haber leído que también rechazó el anillo pontificio de oro, prefiriendo quedarse con el anillo que llevaba puesto y que era de hierro. Se advirtió también otro cambio cuando al salir al balcón, antes de impartir la tradicional bendición papal se inclinó ante la multitud pidiéndole su bendición.

Otra novedad fue también el nombre. En vez de uno de los nombres tradicionales de papa escogió el nombre Francisco. Con mucho acierto dijo después Leonardo Boff que eso no era simplemente un nombre que uno escoge, sino un proyecto de vida.

Y en este caso, no se trataba sólo de un nuevo papa, sino de un proyecto nuevo de Iglesia. Y estamos presenciando una verdadera revolución en el Vaticano. Este es un papa que no quiere vivir como papa. Ha rehusado ocupar el palacio pontificio, con 14 habitaciones, y se ha quedado en el mismo cuarto modesto de hotel que ocupaba antes de ser electo papa, y come en el comedor comunal del hotel donde él mismo se sirve en una bandeja. Ha rechazado el papamóvil: la primera vez que se lo llevaron dijo que en vez de éste, quería que le llevasen el auto más pequeño que hubiera en el Vaticano. Ha rechazado todo lujo. Se viste sencillamente. Se deja abrazar y abraza. Habla directamente por teléfono. Usa un lenguaje directo y claro. No ha querido ser llamado papa, sino sencillamente obispo (sólo que obispo de Roma en este caso). Y no actúa como monarca absoluto sino como un párroco del mundo.

El papa Francisco no ha hablado de Teología de la Liberación, que yo sepa, pero Teología de la Liberación no es tanto algo en lo que uno cree sino que uno práctica. Me parece que el nombre Teología de la Liberación ha sido mal puesto. Se entendería mejor lo que es si se le llamara Teología de la Revolución. Para los obispos latinoamericanos que le dieron ese nombre la palabra revolución era demasiado fuerte, y recurrieron a ese eufemismo que viene a decir lo mismo. Pero si a esa teología le llamáramos de la revolución, nadie preguntaría qué es, pues todos entienden la palabra revolución, lo mismo los que están a favor de ella como los que están en contra. Ni nadie preguntaría por qué los papas Juan Pablo II y Benedicto XVI estuvieron contra esta teología, cuando todo el mundo sabe que estos dos papas estuvieron en contra de toda revolución.

Esta teología es la verdadera teología del Evangelio, que es un evangelio de liberación. La palabra Evangelio no quiere decir evangelio. Ni el verbo evangelizar quiere decir evangelizarse. Es una palabra griega que quiere decir "buena noticia" y "anunciar la Buena noticia". El sentido que le dio Jesús fue el de Buena noticia para los pobres, la de su liberación. Lo que es lo mismo que decir revolución. O cambiar el mundo. Voltear el mundo al revés. O mejor dicho, ponerlo al derecho, pues actualmente está al revés.

Bajo los pontificados de Juan Pablo II y Benedicto XVI, los obispos y sacerdotes del movimiento de teología de la liberación estuvieron siendo sustituidos por elementos conservadores y de ultraderecha. Todo lo que tenía que ver con esa teología fue suprimido.

Al mismo tiempo, el Gobierno de los Estados Unidos combatió esta teología recurriendo a sectas evangélicas fundamentalistas que predicaban un evangelio individualista y conservador. Y a las guerrillas de liberación, las combatió con los ejércitos de contrainteligencia y con la más cruel represión, que creó una inmensa multitud de mártires. En el llamado Documento de Santa Fe, bajo el título Una nueva política latinoamericana para los años ochenta, se le recomienda al presidente Reagan combatir los movimientos de liberación promoviendo las iglesias fundamentalistas de Estados Unidos en América Latina. En 1999, la Escuela de las Américas, que entrenaba a los militares y les daba clase de represión y tortura, declaró que la Teología de Liberación había sido derrotada con la ayuda del Ejército de los Estados Unidos.

Durante el segundo viaje a Nicaragua del papa Juan Pablo II, los periodistas le preguntaron en el avión de Alitalia por la teología de la liberación, y el papa dijo que ya no era un peligro porque el comunismo había muerto. Pero el obispo Casaldáliga, desde el fondo de la Amazonia, contestó: "Mientras haya pobres, habrá teología de la liberación".

Para mí, esta elección del nuevo papa es como un milagro. Para buena parte de los que lo eligieron en la Capilla Sixtina, también puede haber sido una sorpresa. Y para algunos, tal vez una no agradable sorpresa. Aunque podrían haber tenido indicios de lo que esa elección significaba los que sabían que el cardenal arzobispo de Buenos Aires había

rehusado vivir en el palacio arzobispal y preferido habitar en un apartamento modesto, y que

para viajar en la ciudad usaba el autobús y el metro. (Para el viaje a Roma en el que fue

electo papa había comprado un pasaje de ida y vuelta y no en Primera o Clase Ejecutiva sino

en Clase Económica.)

Y por cierto, que me ha tocado vivir otros dos milagros contemporáneos -y que antes hubiera considerado impensables- , y son: un presidente negro en la Casa Blanca (independientemente de que no haya satisfecho las expectativas de muchos) y un indio de presidente en Bolivia, donde para muchos no indios, esa es una raza sumamente despreciada.

Pero para mí, el mayor milagro es la aparición del papa Francisco, quien está haciendo una revolución en el Vaticano. La que será también una revolución en el mundo. Poniéndolo al derecho porque está al revés. La revolución de Jesús de Nazaret:

Que los últimos sean los primeros y los primeros, los últimos.