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La comunicación científica en la era digital post-experta

20/03/2015 07:04 CET | Actualizado 19/05/2015 11:12 CEST
FUTURITY

Las nuevas infraestructuras digitales que dan acceso casi instantáneo a la información han roto barreras técnicas, culturales y económicas en los sistemas tradicionales de comunicación. Hoy la comunicación entre el mundo de la ciencia y el público -incluido, naturalmente, el propio periodismo científico- ha cambiado por las nuevas formas de diseminación y de acceso a la información. Con toda seguridad, este fenómeno va a mejorar -por lo menos así debería ser- la percepción colectiva de las ciencias y de sus aplicaciones. Los motivos más importantes de este cambio son la rápida evolución de internet y de las redes sociales, ahora en su versión web 2.0, con una abundancia de sitios para compartir información vía vídeos, blogs..., plataformas de plena ubicuidad que además facilitan la fusión de la comunicación individual y la colectiva. Esta interactividad entre los diferentes agentes y participantes de la comunicación en línea trasciende el modelo tradicional de comunicación de masas, y naturalmente tiene efectos en el público.

Las consecuencias de este desarrollo para la comunicación de la ciencia son en muchos casos evidentes, ya que suponen cambios de estrategias de comunicación, que se ven beneficiadas al poder usar canales de comunicación y formatos que involucran y motivan mejor al público. Muchos auditorios relevantes para la ciencia están ahora en línea, y es mucho más fácil acceder a ellos y, en general, a las fuentes de información.

De todas formas, participación y mayor interactividad no conducen automáticamente a una mejora del diálogo público ciencia-sociedad, que puede variar mucho dependiendo del contexto deliberativo. También la motivación y la capacidad de los no-científicos a participar en la comunicación varía mucho según el campo de la investigación y sus posibles aplicaciones, pero no hay duda de que los nuevos medios pueden aumentar la probabilidad de que los ciudadanos o los sectores interesados puedan influir en la gobernanza de la investigación y de las ciencias.

Por ejemplo, las universidades y centros de investigación en la época pre-internet dependían de la intermediación de los periodistas para transmitir sus comunicados de prensa y canalizar la información disponible al público. Ahora, estos comunicados de prensa se difunden mediante sitios en línea directamente accesibles a cualquiera; un buen ejemplo es la plataforma Futurity de universidades anglosajonas. Todavía es pronto para poder observar cambios sustanciales en la percepción del público gracias a esta facilidad de acceso y mayor diversidad de posibles fuentes informativas, pero en principio -insistimos- deberían comportar mejoras sustanciales en la relación ciencia-sociedad.

Sin embargo, el problema es que, en la era digital, todas las voces y perspectivas se ponen al mismo nivel y pueden competir con las mismas oportunidades en lo que algunos han empezado a denominar la comunicación científica en "la era digital post-experta". Es decir, la era de la opinión generalizada en la que vale lo mismo la voz experta que la que no lo es. Este nuevo mundo ha creado varios retos que están contribuyendo a un cierto aislamiento de la ciencia y a la polarización política de temas científicos, como es el caso del cambio climático o la utilización de vacunas, entre otras muchas controversias -a menudo interesadas-, que paradójicamente llevan al público a desarrollar un creciente escepticismo hacia las ciencias, pero no hacia las pseudociencias.

Para superar estos problemas, la comunidad científica tiene necesidad de desarrollar nuevas estrategias de comunicación para construir una nueva relación con el público. Aunque los comentarios en línea, tuits y otras herramientas digitales pueden ampliar el compromiso público con la ciencia, el simple uso de estas herramientas sin más -nos referimos a una evolución hacia formulaciones de contenido que no sean la simple traslación de recursos antiguos a los actuales -también puede tener el sentido inverso: intensificar la polarización científica en torno a cuestiones políticas; y por tanto complicar la comprensión y aprehensión científica del público. Incluso modificar, perturbar o pervertir el auténtico tema de debate.

El mayor reto de la era digital para la comunicación de la ciencia es el cambio del modelo de emisión, en el que una fuente difunde información, a un modelo de conversación, en el que alguien genera información y comentarios y otros intercambian, comparten y añaden los suyos. Porque cualquiera -sea experto o no en el tema, aspecto que también se da con frecuencia en las tertulias radiofónicas o televisivas -puede hacer comentarios, informar en un blog o enviar tuits con sus opiniones, con el resultado de que la conversación en línea acaba diluyendo las voces de los expertos. A menudo, el único distintivo para figurar entre las voces emisoras puede ser si se es miembro de la misma tribu. Es decir, alguien con una visión cultural o ideológica similar a los demás que comparten la tribuna de expresión.

Otro reto es que los medios sociales y otras herramientas en línea han creado un filtro burbuja que refuerza estas perspectivas tribales. La gente cada vez obtiene más sus noticias en las redes sociales, con las que comparte ideas afines. Pero muchos sitios de noticias en línea utilizan algoritmos para mostrar únicamente las historias destinadas a un determinado lector o usuario en función de los clics de sus búsquedas precedentes, produciendo el fenómeno del el mismo yo de cada día, noticias que le son familiares y que acaba deseando ver y no otras.

Recientes investigaciones indican que las personas son más propensas a aceptar información contraria a sus puntos de vista coincidentes con su entorno social, y a revisar o adaptar sus pensamientos o creencias, si perciben que hay expertos con diversos valores en ambos lados del debate, lo que sugiere que el filtrado eliminando todo lo que no sean perspectivas o ideas afines tiende a polarizar aún más el conocimiento.

La filtración ideológica de la información en línea amplifica la creciente polarización de las noticias a partir de las fuentes tradicionales. Por ejemplo, hay estudios en Estados Unidos que demuestran que los electores demócratas tienen una probabilidad más alta de leer The New York Times, en una proporción de 3 a 1, mientras que los republicanos tienen más del doble de probabilidades de ver el canal Fox News. Sin embargo, las voces de los expertos científicos no se distribuyen de manera uniforme. Mientras que los artículos sobre cambio climático en The New York Times suelen reflejar, en general, el llamado consenso científico en torno a este debate, Fox News muy a menudo cuestiona explícita o implícitamente la validez de la ciencia del clima. Hay una relación directa entre los estadounidenses que escuchan o leen medios de comunicación conservadores y su desconfianza en los científicos, relación que les lleva a una menor aceptación del consenso científico sobre el debate del cambio climático, por ejemplo. Por lo tanto, queda claro que este fenómeno retroalimenta las posiciones consolidadas y las polariza aún más si cabe.

Hoy hay, en consecuencia, una motivación adicional para que los científicos - y en general el mundo experto - sea aún más activo en la comunicación y participación en el debate público, independientemente de que finalmente la mediación periodística se resienta o no debido a las tecnologías de la información y de la comunicación, pues las nuevas posibilidades de interacción ciencia-sociedad van a tener implicaciones relevantes para la representación y percepción pública de las ciencias.

Pero siempre hay que tener en cuenta que no hay un público, sino diversos públicos al que nos dirigimos como divulgadores, comunicadores y/o periodistas, y sin olvidar nunca que interesar e informar a estos públicos diversos nada tiene que ver con la búsqueda del impacto y ratings de la audiencia, y menos aún con una interesada polarización cultural e ideológica.