INTERNACIONAL
07/11/2020 10:02 CET | Actualizado 07/11/2020 20:23 CET

Más armas que ciudadanos: EEUU afronta peligrosamente blindada estos inciertos días postelectorales

Los expertos avisan de un “peligro desconocido” en el país si hay incidentes por las elecciones, con grupos de población indignados y demasiadas pistolas en el desván.

Nathan Howard via Getty Images
Un manifestante armado, en la protesta de los "Defensores de la Democracia" de Portland, Oregon, el pasado 4 de noviembre. 

“Había pensado que exageraban”. El periodista John Carlin se ha estado pateando Estados Unidos durante semanas para informar de las elecciones del pasado día 3 y ha acabado reconociendo que la posibilidad de que haya enfrentamientos violentos en el país, en estos días de resultados inciertos, es real, palpable, para nada una exageración. 

Lo que ha visto en las calles, lo que le han contado sus fuentes, es similar a lo que ha alertado, negro sobre blanco, el International Crisis Group, un tanque de pensamiento en el que se analizan los riesgos de violencia en el mundo. Guerras, conflictos viejos y ahora, también, problemas en el país más poderoso del planeta, en la democracia por antonomasia.

Hablan los expertos de un “peligro desconocido”. Lo mismo que diversas fuentes de Inteligencia y Seguridad Nacional explican a la CNN, la ABC o el New York Times que se teme que “haya una potencial violencia por el descontento de los resultados” tras la derrota de Donald Trump, y que el país, en suma, “afronta momentos increíblemente difíciles”. 

Hay varios escenarios: que los conservadores salgan a la calle en masa si el actual mandatario pierde o que los simpatizantes demócratas sean los que protesten si los recursos del republicano surten efecto, y acabe habiendo detenciones en masa o cargas policiales; que los dos grupos acaben saliendo a la vez, vencedores unos y perdedores otros, y choquen con dureza; que la violencia se justifique y, por tanto, se aliente por quien cree estar en posesión de la verdad... La división de la sociedad es desoladora y, cuando se pisa pólvora, cualquier chispa es peligrosa. Y en una sociedad asombrosamente armada, eso puede ocurrir con relativa facilidad.

Más armas que personas

Ni todas las masacres, ni todos los tiroteos pasados, ni todas las promesas de políticos han servido de nada. A principios de año, se estima que hay aproximadamente 393 millones de armas de fuego disponibles para los civiles estadounidenses (la población del país es de 328,2 millones de personas), según un informe del Instituto Nacional de Justicia (NIJ). Los norteamericanos ciudadanos representan el 4,4% de la población global, pero poseen el 42% de las armas del mundo. Y de manera per cápita, también son los primeros, con 1,198, casi cuatro décimas por delante del segundo país, Yemen, en guerra abierta. 

La pandemia de coronavirus lo ha empeorado todo: ha hecho que en los últimos siete meses se hayan vendido 19 millones de armas más, lo que supone un incremento del 91% respecto al mismo periodo del 2019. Son datos de la propia industria del armamento. En sólo el mes de marzo, el FBI registró más de 3,7 millones de verificaciones de antecedentes, un paso esencial para lograr el permiso; es la cifra más elevada de los últimos 20 años.

Se calcula que entre 1.600 y 1.800 personas mueren cada año en el país por arma de fuego, según el Gun Violence Archive, un grupo sin ánimo de lucro. El dato incluye desde los estremecedores tiroteos en centros escolares que vemos de cuando en cuando hasta peleas vecinales acabadas a tiros, atracos a mano armada o violencia machista.

Pero, lamentablemente, también hay casos de pelea política en los que suenan los disparos. Algunos, tan recientes que asustan, ascuas para estos días de incertidumbre. Por ejemplo, en agosto, un joven supremacista blanco de 17 años mató a dos personas en Kenosha, manifestantes que protestaban después de que la policía disparase por la espalda hasta en siete ocasiones a un hombre negro llamado Jacob Blake. En mayo, un grupo de milicianos invadió la sede del parlamento estatal de Michigan y aterrorizó a sus legisladores. Y en algunos estados demócratas, favorables a medidas estrictas de control contra la Covid-19, han aparecido grupos armados con fusiles sofisticados, chalecos de camuflaje y walkie-talkies para “proteger” a los comercios locales.

Los argumentos

Muchos argumentan que la tenencia de armas está protegida por la segunda enmienda de la Constitución de 1791. Esta enmienda se dio en un ambiente caracterizado por la incertidumbre de una nación en pleno proceso de consolidación. El derecho de los ciudadanos a poseer y portar armas se afianzó “porque su fuerza, valentía y lucha permitió la independencia de EEUU”, escribe para la CNN Roberto Izurieta, director de Proyectos Latinoamericanos en la Universidad George Washington. La idea era proteger a la nueva nación de potencias externas, Reino Unido sobre todo. 

Ahora, ese riesgo no existe. Hablamos de uno de los países más extensos del mundo, con salidas a dos océanos, un vecino norteño con el que hay plena paz y uno al sur incapaz de presentarle batalla. Con un ejército profesional y toda la tecnología del mundo a su alcance, ahora la interpretación de esa enmienda se desvirtúa.

El problema es que también nació esa enmienda con un sentido doméstico. Los fundadores de Estados Unidos apoyaban el derecho a poseer armas como parte de su creencia ilustrada de que el hecho de que hubiera varias fuentes de poder en un país evitaría la tiranía centralizada. Esa es la razón por la que la Segunda Enmienda está redactada con el objetivo de mantener a las milicias locales como contrapeso a la autoridad central. El derecho, sin embargo, se ha convertido en un problema de seguridad nacional enquistado, al que ningún presidente le ha hincado el diente. 

Hay razones muy hondas. El rifle sigue siendo un símbolo nacional, colocado encima de muchas chimeneas a lo largo y ancho del país. “Es una cuestión de poder, y del poder de un individuo de tomar sus propias decisiones”, afirma Craig Shirley, historiador y defensor de la Asociación Nacional del Rifle. A ver quién cambia esa creencia. A eso se suma la sensación de seguridad personal, afianzada en territorios más solitarios, en los que había que pelear por cada cuarta de terreno y proteger granjas o cultivos, sin vecinos a la vista.

Las armas son, por supuesto, un negocio que muchos quieren defender.  Hace 10 años, suponían 10.000 millones de dólares anuales para la industria estadounidense. Hoy se estima que casi se ha doblado esa cifra. Y están en el imaginario colectivo por culpa del cine y la literatura. “Tenemos en mente el vaquero del oeste, el policía bueno y el corrupto, el mafioso de todo acento, la madre protectora, el granjero asediado... Demasiado donde elegir, siempre con la misma estampa”, se dolía el demócrata Bernie Sanders

Lo que se ha hecho hasta ahora

La suma de la historia, la costumbre, los miedos, los dólares y el romanticismo hacen que la Asociación Nacional del Rifle, la que defiende a los compradores y poseedores de armas, sea un lobby imprescindible en la política de EEUU.  Hasta ahora, legislativamente se ha hecho bastante poco para ponerle coto a las armas. Hay un debate interno importante entre republicanos y demócratas: a veces se puede ser anti armas en Washington pero no en el estado del que se procede, en la llamada América Profunda. 

Posiblemente, quien más hizo en esta batalla fue el demócrata Bill Clinton, quien en 1994 logró prohibir 19 tipos de armas automáticas. Su compañero Barack Obama lo intentó antes de la presidencia de Trump. En 2013, quiso prohibir los llamados rifles de asalto, limitar la capacidad de los cargadores o tapar ciertos agujeros legales que permiten comprarlas por internet o en ferias del ramo sin que nadie compruebe los antecedentes penales. No pudo llevar su reforma adelante.

En 2016, planteó la obligatoriedad de licencias federales para todos los vendedores y en la revisión de su historial, para lo cual quería reforzar el número y la dedicación de los agentes federales, así como los recursos tecnológicos. Se fue con el trabajo a medias. Es de lo que más se arrepiente, ha reconocido. 

Trump, huelga decirlo, no ha movido un dedo para abordar este problema. “Son las personas que aprietan el gatillo, no el arma que aprieta el gatillo, por lo que tenemos un problema de salud mental muy, muy grande y el Congreso está trabajando en varias cosas y lo estaré viendo”, dijo Trump en agosto del año pasado tras varios tiroteos masivos, que dejaron 32 muertos en Texas, California y Mississippi. 

Ahora está por ver si el arsenal que a él tan poco le preocupa sale a la calle y provoca daños irreparables. El mundo aguarda conteniendo la respiración y deseando que la legalidad y la calma se impongan.

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