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21/11/2014 07:25 CET | Actualizado 20/01/2015 11:12 CET

Unas notas sobre 'el Procés'

El independentismo responde, por lo menos en parte, a un estado de ánimo, y coincido con ciertos analistas que creen que el fenómeno Podemos podría canalizar parte de esa frustración en otro sentido. Es por ello por lo que ERC, el único partido que siempre e inequívocamente ha sido independentista, tiene tanta prisa para lograr la independencia.

Escribí mi último post desde Barcelona, donde pude asistir como espectador al 9-N. Más de una semana después tenemos ya los primeros análisis tras los resultados.

Hubo más de dos millones de votantes, en su mayoría independentistas, como cabía esperar. Una cifra remarcable en todo caso, teniendo en cuenta que la organización se apoyó ampliamente en voluntarios, que hubo menos puntos de votación que los habituales y que el voto no era vinculante, hecho del que todos los participantes eran plenamente conscientes y que con seguridad afectó no solamente al número de votantes, sino también al sentido del voto.

Rajoy ninguneó en su primera comparecencia el resultado, con cierta mala fe. Dos millones de catalanes son mucha gente, pero lo cierto es que resulta lícito preguntarse si ese es el techo del independentismo y si a muchos catalanes nos preocupan mucho más otros asuntos, algo que solo sabremos con certeza cuando haya un referéndum vinculante, por otra parte.

Quien esto escribe no cree en que exista lo que se ha dado en llamar el derecho a decidir, que como ya escribí . Se trata solamente de una metonimia del derecho de Cataluña a decidir ser independiente. Creo igualmente que el auge del nacionalismo es el síntoma más visible de un malestar de una crisis que desborda al ámbito catalán, e incluso español.

La narrativa nacionalista oficial sostiene que 'el Procés' empezó en 2010, con el recorte del Tribunal Constitucional al Estatut, pero cabe aquí recordar que el recorte del Constitucional coincide en el tiempo con los primeros recortes de Zapatero. Es cierto que el Estatut fue votado por una mayoría de catalanes, pero también votamos un año antes la Constitución Europea con un entusiasmo similar y la anulación de ese proyecto no indignó al catalán medio ni a nadie se le ocurre achacar el malestar imperante a la Constitución nonata. De hecho, en Cataluña, el cuasi consenso siempre ha estado en las posiciones que defendían aumentar el autogobierno y el proyecto europeo, pero el auge del nacionalismo rupturista tiene menos de tres años de vida.

El independentismo responde, por lo menos en parte, a un estado de ánimo, y coincido con ciertos analistas que creen que el fenómeno Podemos puede canalizar parte de esa frustración en otro sentido. Es por ello por lo que ERC, el único partido que siempre e inequívocamente ha sido independentista, tiene tanta prisa, y parece que la independencia tiene que lograrse 300 años después del 1714. Digo yo que si los catalanes esperamos desde hace 300 años tal y como ellos sostienen, cinco años más no le harán demasiado daño a nadie.

Dicho lo cual, si los catalanes siguen votando a formaciones nacionalistas como en los últimos años, creo que será necesario plantear una consulta vinculante, para la que será necesario reformar la Constitución. Ya lo pensaba hace dos años, después de la primera manifestación masiva, y a día de hoy somos cada vez más los que creemos que una Clarity Act a la canadiense es necesaria.

La Ley de Claridad canadiense fue la respuesta al del Gobierno federal al referéndum de 1995 en Quebec, en el que, por cierto, de haber ganado el , no estaba claro que el voto fuera vinculante (y de ahí la necesidad de legislar sobre la materia). En Escocia, donde se ha votado recientemente, los ciudadanos eran conscientes de que su voto era vinculante, y pese a que el debate duró casi tres años, los ciudadanos fueron a las urnas sin saber si, de ganar el , Escocia seguiría en la UE o si la libra seguiría siendo la moneda oficial de una Escocia independiente.

Es difícil saber dónde desembocará 'el Procés' en Cataluña. Mi deseo es que abra paso a una tercera vía similar a la que propone Pedro Sánchez. En tal caso, 'el Procés' habría actuado como el inicio de una conversación, en la que uno dice "¿hola, qué tal?" antes de abordar el meollo de la cuestión. Y aunque la fórmula "¿hola, qué tal?" sea totalmente accesoria, es necesario emplearla para que la conversación pueda tener lugar.

Evidentemente, la tercera vía sería una decepción para muchos catalanes que se han convertido de lleno al independentismo, y a los que solamente un referéndum sobre la independencia vinculante, objetivo final de cualquier nacionalismo consecuente, podría satisfacer hoy. Pese a todo, creo sinceramente que este hipotético referéndum tendría un coste elevado en términos de convivencia, y todas las opciones constructivas que se planteen para resolver el entuerto antes de llegar ahí encontrarán mi apoyo.