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20/10/2012 10:06 CEST | Actualizado 19/12/2012 11:12 CET

Passeig de Gràcia 55 y el café para todos

En lo que respecta al secesionismo estoy bastante de acuerdo con el Parlamento de Canadá, que aprobó en el año 2000 la llamada Clarity Act que establece que en un hipotético referéndum de secesión cualquier pregunta no referida únicamente a la secesión será considerada poco clara (y en cierta forma deshonesta).

Recientemente he estado desplazado unas semanas en París, donde el cliente de la empresa para la que trabajo en Mauricio tiene su sede central, y aprovechando la relativa cercanía a mi Barcelona natal cogí un vuelo para pasar allí unos días, cosa que hacía año y medio que no tenía ocasión de hacer.

Al llegar al aeropuerto no pude evitar pensar que ya querrían los cataríes tener una terminal así. Mi madre me ha comentado que el drama del paro afecta ya a varios conocidos de la familia, pero para mi gran alivio los signos exteriores de pobreza como los de la foto de The New York Times que dio la vuelta al mundo hace unas semanas brillan por su ausencia. Al contrario, constato con gran satisfacción que mis conciudadanos siguen llenando las calles del centro el sábado para hacer compras y sigue siendo difícil encotrar mesa en mis restaurantes preferidos si no se ha reservado con la antelación debida. A todas estas, un compañero de trabajo de Mauricio me ha endosado un engorroso recado: me ha pedido que le compre unas caras cápsulas para hacer café de una marca suiza de sobras conocida porque le cuesta mucho encontrarlas en Mauricio. Pierdo pues media hora del precioso tiempo que tengo para pasar en mi querida ciudad haciendo cola en uno de los mejores locales comerciales de Barcelona consagrado de forma exclusiva a este lucrativo negocio, ni más ni menos que en Passeig de Gràcia 55, junto a las mejores joyerías y tiendas de moda de la ciudad. Después de adquirir a un precio desorbitado unas cápsulas de Vivalto (Lungo), no puedo dejar de sorprenderme de la cantidad de gente que pierde una parte de su fin de semana en hacer otro tanto. De acuerdo: el sistema de cápsulas es fácil de limpiar, pero el tiempo que uno puede pasar limpiando el filtro de una buena cafetera se compensa de sobras con el que se ahorra uno en colas (por no hablar de otro tipo de ahorros más contantes y sonantes). En fin, la tontería de las cápsulas de café me parece una forma de neurosis muy propia de los ricachones escasos de mejores ideas en las que gastarse los dineros, y afortunadamente en Barcelona abundan este tipo de neuróticos del café puesto que sigue siendo una ciudad muy próspera, y ello resulta aún más evidente cuando se vive en Mauricio que no es pese a todo un país pobre, sino lo que el Banco Mundial denomina un PRM o país de renta media.

Mentiría sin embargo si dijera que la crisis no ha cambiado en absoluto el paisaje: se palpa en el ambiente cierto hartazgo no por las dichosas cápsulas, sino por lo del café para todos, y aunque hace varias semanas que quedó atras el 11 de septiembre abundan en los balcones las esteladas y constato además sorprendido que mi propio padre participa del clima de independentismo generalizado. En lo que respecta al secesionismo estoy bastante de acuerdo con el Parlamento de Canadá, que aprobó en el año 2000 la llamada Clarity Act que establece que en un hipotético referéndum de secesión de un territorio cualquier pregunta no referida únicamente a la secesión será considerada poco clara (y cabe añadir, en cierta forma deshonesta). En virtud de este principio voy a expresar mi opinión, a día de hoy al parecer minoritaria en Cataluña, de forma clara: no soy partidario de la independencia. Supongo que en ello influye el hecho de que mi madre es andaluza, pero ello no impide a cientos de miles de catalanes de origen andaluz declararse independentistas. Tiendo a pensar que tiene más que ver con la mesura que da la distancia.

Pese a no ser independentista, hay que admitir que existen razones para serlo. Existe indudablemente una lengua catalana. Cierto es también que existe una difusa catalanofobia en el resto de España que el PP ha alimentado irresponsablemente. Es triste la mezquindad con la que se aborda un eventual referéndum, con propuesta incluida por parte de algunos de condenar hasta a cinco años de cárcel a los convocantes, y el contraste con como los ingleses manejan una situación similar es sonrojante. Resulta mucho más contestable el mito apenas cuestionado entre los independentistas de que antes de 1714 Cataluña era independiente o el más reciente: el expolio fiscal. A nadie se le escapa, el repentino auge del independentismo tiene mucho que ver con un diferendo sobre la captación de impuestos y su redistribución y la mayor parte de los catalanes creen que la independencia mejoraría las cosas, o dicho de otra forma, ven imposible que las empeorara, por lo que el coste de oportunidad de la independencia sería nulo. Puede que tengan razón. En este sentido, cabe recordar que el origen de la independencia de los Estados Unidos se halla en una disputa aparentemente banal de la colonia con la metrópolis sobre los aranceles para el te. En todo caso, esperemos que en la Europa del siglo XXI no llegue la sangre al río: ni la unidad de España ni la independencia de Cataluña lo merecen.

Personalmente creo que la secesión no solucionaría nada: el día después de la independencia Cataluña tendría la misma tasa de paro, la misma deuda y parecidas perspectivas de futuro, y el que crea lo contrario me da a mí que se engaña. Por otro lado, por muy restrictivas que sean las hipotéticas leyes sobre la nacionalidad catalana probablemente siempre me correspondería una doble nacionalidad catalano-española, y como emigrante a lo mejor ganaba algún pequeño privilegio administrativo asociado al nuevo pasaporte. En todo caso, sería de agradecer que los independentistas aclaren que condiciones permitirían acceder a la ciudadanía para que gente como mi madre que llevan casi 40 años viviendo en Cataluña se hagan una idea del futuro que les espera. Sobre lo que no albergo dudas es que la joven Cataluña independiente solicitaría su admisión en la UEFA para ser un país "normal", y para ser miembro de dicha organización ser un estado independiente no es un requisito suficiente: es necesario que se celebre una liga de fútbol y dudo que a las estrellas del balón les interesara jugar la liga catalana. Los culés, eso sí, podremos estar contentos: por fin seremos campeones todos los años, como siempre debería ser.