¿Está llegando el socialismo a América?
La izquierda tiene, en efecto, en EE.UU. varias formulaciones entre las que elegir, desde el socialismo radical de El-Sayed y del alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, hasta la tibia socialdemocracia de los últimos presidentes demócratas

En los primeros días de este cálido mes de agosto, el norteamericano Abdul El-Sayed derrotó en las primarias demócratas de Míchigan a la congresista moderada Haley Stevens por un estrecho margen, a pesar de que ella había recibido el apoyo de la dirigencia demócrata y del Comité para Asuntos Públicos Israel-EE.UU. (AIPAC), que invirtió casi US$32 millones en su campaña. Ahora El-Sayed se tendrá que enfrentar al republicano Mike Rogers en las elecciones de mitad de mandato de noviembre. En todo caso, este resultado anuncia una transformación profunda del maltrecho partido demócrata, que perdió el poder después de un funesto primer mandato de Biden.
Abdul El-Sayed, de 41 años e hijo de inmigrantes egipcios, de religión musulmana, representa al ala socialista del partido demócrata, que es la situada más a la izquierda de la formación. Ha manifestado su apoyo a causas como un sistema de salud público, la abolición del Servicio de Inmigración y Control de Aduanas (ICE) —la policía especial que persigue con métodos dudosos la inmigración ilegal— y a otros objetivos estructurales, como promover la abolición del senado, recortar los presupuestos del Pentágono, reformar la cúpula del poder judicial o convertir en públicas las más grandes corporaciones. El ideario es cercano al de la socialdemocracia europea de hace unas décadas, cuando la izquierda democrática postulaba un gran sector público y todavía tenía en su interior unas briznas de idealismo utópico como las que mantuvo el modelo sueco hasta su posterior convergencia con el SPD alemán, menos dogmático y más moderado.
El-Sayed también ha pedido en sus programas que se ponga fin a la ayuda militar de EE.UU. a Israel sin condiciones y cuenta con el apoyo de reconocidos "socialistas demócratas", como el senador por el estado de Vermont, Bernie Sanders, y la congresista de Nueva York, Alexandria Ocasio-Cortez.
Esta radicalización del partido demócrata tras el inquietante segundo mandato de Trump en el que prevalecen los dogmas de extrema derecha, es noticia en EE.UU. y tiene causas concretas. La columnista del The Wall Street Journal Peggy Noonan, premio Pulitzer 2017, ha explicado en su periódico hace unas horas la razón del ascenso en vertical del socialismo, que se convertiría en un actor potente de futuro. «Esto no ocurre en nuestra política solo porque la gente “odie el statu quo” y “quiera un cambio” —explica Noonan—. Los estadounidenses siempre odian el statu quo y quieren un cambio. Creo que lo que estamos viendo se remonta a estos factores»:
«Un votante de 25 años cursaba la primaria durante la crisis económica de 2008 y lo presenció todo: padres asustados, pérdida de empleos. En los años posteriores, vio rescates financieros y a nadie en Wall Street pagando las consecuencias. Esto disminuyó su lealtad al sistema económico de libre mercado».
«Un votante de 25 años también observa el auge de la IA y se pregunta si la economía actual le ofrece un lugar. ¿Podrá permitirse una casa algún día? La propiedad de vivienda generalizada genera una sensación de inversión, estabilidad y satisfacción. ¿Qué consecuencias tiene su ausencia?»
«La Guerra Fría ya es cosa del pasado. El comunismo y el socialismo impuestos por la Unión Soviética y el Pacto de Varsovia fueron un desastre: escasez, monotonía, estancamiento económico. Censura, policía secreta, todos los males que traen consigo los gobiernos autoritarios. Eso fue hace mucho tiempo. El "socialismo" ahora es un sueño escandinavo: sanidad pública, prestaciones generosas, igualdad en el acceso a los recursos».
Existen además ingredientes psicológicos en la búsqueda de una nueva oferta política. Continúa Noonan: «A medida que la religión pierde protagonismo, la política toma su lugar. Los jóvenes han sido educados dentro de un marco general de supuestos y lenguaje de la izquierda: estructuras de poder, grupos opresores, teoría crítica, interseccionalidad».
Pero el WSJ es más conservador, y la analista vierte su doctrina neoliberal que le lleva a proponer, frente a ese socialismo radical que se está imponiendo en la izquierda, una fórmula del estado de bienestar a la europea. Estas son sus palabras: «Desde nuestra perspectiva, el capitalismo de libre mercado es orgánico y emana de la persona humana: el ser humano desea construir, comerciar, inventar, proveer y prosperar, y crea leyes y un sistema económico que le permite alcanzar esos objetivos. La libertad económica se alinea con la naturaleza humana. Las normas y regulaciones que genera, el marco económico que crea, son como lo que Churchill dijo de la democracia: el peor sistema, con la excepción de todos los demás. El socialismo es una visión de la justicia más abstracta e ideológica que no emana, sino que debe imponerse desde arriba. No se basa en lo natural ni en el ser humano en su esencia; es una construcción que implica coerción».
«El capitalismo puede ser brutal, injusto a su manera y generar consecuencias dolorosas —prosigue—. De ahí el moderno Estado de bienestar, erigido más o menos durante el último siglo, para rescatar a quienes podrían caer demasiado bajo, para frenar su caída, para ver si es posible revertirla. Esta economía mixta es un caos: imperfecta y costosa, siempre necesitada de reformas, siempre susceptible de mejora y, en términos históricos, quizás tan buena como se puede alcanzar».
«Ningún sistema económico puede eliminar el sufrimiento ni la injusticia, algo que los socialistas, si ganan, comprobarán».
La izquierda tiene, en efecto, en EE.UU. varias formulaciones entre las que elegir, desde el socialismo radical de El-Sayed y del alcalde de Nueva York, Zohran Mamdani, hasta la tibia socialdemocracia de los últimos presidentes demócratas, que todavía es mayoritario en la izquierda institucional. Pero bien pudiera ser que el clamoroso desastre de la derecha ultraliberal de TRUMP, un obsceno multimillonario que aprovecha su posición para enriquecerse todavía más hasta la náusea, que maneja las guerras como si estuviera jugando al blackjack, que consigue aparcar las necesarias exigencias de responsabilidad que deberían derivarse de su golpe de estado y de su connivencia con los amigos del pederasta Epstein, consiguieran despertar en el pueblo americano una luz política progresista, respuesta lógica a tantos excesos provenientes del otro lado. Pudiera ser en fin que cuando todavía no ha caducado en América la herencia envenenada del trumpismo —la última víctima ha sido Colombia, hoy en manos de loco furioso a imagen de Trump—, y cuando ni siquiera se han restañado aún las brechas del socialismo real en Venezuela y Cuba, estuviera surgiendo, por la fuerza del péndulo, una nueva izquierda democrática, equilibrada, reformista, capaz de regenerar tanta putrefacción. Tal eventualidad permitiría restituir las relaciones trasatlánticas y apaciguar un mundo que ha estallado poco después de haber decantado el infecundo modelo multilateral.
