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La tercera ola del machismo

06/02/2017 07:20 CET | Actualizado 06/02/2017 07:20 CET

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Foto: Getty Images.

Antes de la marejada

No hay nada más bochornoso que reducir el debate del feminismo a un abordaje lingüístico. Los negacionistas del machismo señalan que el feminismo naufraga en discusiones absurdas, como el uso del vocablo "médica" o la arroba en "amig@s" para evitar el sesgo de género. No, amigas y amigos, compañeros y compañeras, lectores, esa es solo la espuma del mar. El feminismo, entre otros propósitos, analiza cómo ser feminista pasó de ser una bonita ensoñación a una peligrosa realidad. El sentido de la expresión feminismo ha variado históricamente, al igual que ocurre con otros términos, como el de cultura.

De la vergüenza feminista se llegó al orgullo, aunque últimamente lo que gozaba de un significado cultural claro se ha empezado a percibir como un movimiento social confuso, e incluso como un colectivo resentido que conspira para dar cumplida venganza a sus humillaciones pasadas. Will Potter está convencido de que los verdes son los nuevos rojos. Quizás tenga razón, pero yo matizaría el género: "las verdes son las nuevas rojas", el nuevo enfant terrible que hay que "domesticar" a toda costa.

Huelga decir que el feminismo discute sobre el léxico, pero se interesa mucho más por cómo el sexismo ha desdibujado el debate feminista. La gran victoria de los negacionistas ha sido la de banalizar la causa feminista. Y ahí el léxico ha desempeñado un papel notable; el machismo ha lanzado una gran ofensiva a través de frivolidades como "feminazi" (¡Ay, Arturo, cuánto mal has causado!) y de ironías envenenadas como "(hetero)patriarcado" o "hembrismo" (término con el que se refieren a la misandria). La causa sexista ha sabido darle la vuelta a conceptos como el de "micromachismo". Finalmente, el objetivo se consiguió: ahogaron la discusión a base de boicotear principios nobles y hacerlos pasar por bromas, bagatelas, berrinches o cursilerías de mujer.

Hay que subvertir el lenguaje "falocéntrico" (palabra que bajará la erección a los negacionistas), usar la "semántica de combate" sexista en contra del propio machismo. Si ellos (los machistas, no los hombres) han sabido envenenar el vocabulario igualitarista de las mujeres, el feminismo tendrá que dinamitar la retórica sexista con armas que sean efectivas en el tiempo de la posverdad.

Se acabó el paraíso adánico... el paraíso será con Eva, o no será.

La primera ola

Hace muy poco tiempo, menos del que nos gustaría aceptar, las mujeres eran pura mercancía y carecían de derechos, dignidad o autonomía. No tenían un techo de cristal, sino de cemento. O de kevlar, un material desarrollado en los años sesenta... por una mujer, Stephanie Kwolek. Las mujeres han tenido que correr mucho para acercarse al hombre, a veces literalmente. En 1967, Kathrine Switzer fue la primera mujer en terminar una maratón con un dorsal. El muro de la discriminación empezaba a resquebrajarse. Este año, Kathrine correrá otros cuarenta y dos kilómetros en la maratón de Boston de 2017 y será un buen momento para evaluar cuánto queda de aquel muro grimoso. Muchos hombres no cuentan o no saben este tipo de historias, y eso que los hombres explican muchas cosas, como bien sabe la escritora Rebecca Solnit. El machismo sostiene que hay un lobby de feministas que lo controla todo, pero ellos no saben explicar qué son las tres olas del feminismo, a pesar del embrujo feminista que supuestamente pesa sobre los gobiernos y la sociedad civil.

En vista de que la visibilización de la mujer no ha alcanzado los objetivos deseados, quizás sea el momento de visibilizar al hombre, al varón machista. Puede que haya que copiar la genealogía del feminismo y llevarla al machismo (hay que insistir en que estos dos términos no son antitéticos, aunque aparezcan contrapuestos). Si a la primera ola del feminismo (vinculada a la desigualdad legal) le sucedió la segunda (asociada a la falta de igualdad de oportunidades) y finalmente la tercera (la más heterodoxa, multicultural y controvertida), cabe hacer lo mismo con el machismo. Pensemos el machismo en oleadas, en tres generaciones que han ido fortaleciendo y estilizando la elefantiásica autoridad física y moral que el ideal sexista cree tener.

La primera ola del machismo es la del poder absoluto, la supremacía del hombre que desnuda a la mujer y la convierte en "nuda vida", en una sombra inane de lo eterno masculino.

La segunda ola

El machismo de la primera ola no justificaba su posición de poder. No hay necesidad si el monarca infunde pavor. Esta primera generación asume como ciertos los ridículos tópicos sexistas: la debilidad de la mujer, el molesto déficit sexual del hombre por culpa de la frigidez femenina y un aburrido etcétera. En la segunda ola del machismo, la mujer ya no es una frígida, sino una golfa, una furcia... lo que fuera del negacionismo se llama una mujer liberada. El hombre acepta la igualdad ante la ley y no niega la desigualdad de facto, pero perpetúa el status quo. Ellos saben que todo está mal, pero nada se puede hacer. Es el orden natural de las cosas. El romanticismo, la utopía, el inconformismo, todas esas máculas siguen siendo fundamentalmente femeninas; sin embargo, el pragmatismo y el realismo son visiones del mundo muy masculinizadas. El liberalismo es algo muy varonil, mientras que el sufragismo es una simple raya en el agua trazada por historiadoras caprichosas.

La primera ola del machismo fue aplastante. La segunda era fácil de superar, tras haber sobrevivido a los embates de la primera. La tercera, en cambio, fue la tormenta perfecta que ya nadie esperaba.

La primera ola del machismo fue aplastante. La segunda era fácil de superar, tras haber sobrevivido a los embates de la primera. La tercera, en cambio, fue la tormenta perfecta que ya nadie esperaba.

La tercera ola

En el posfeminismo y en la tercera ola del feminismo caben diferentes perspectivas, desde la serie generacional Girls de Lena Dunham al mal feminismo de Roxane Gay, pasando por la áspera Teoría King Kong de Virginie Despentes y por la amable pero firme convicción de Chimamanda Ngozi Adichie. Todo es radicalmente discutible.

Por su parte, la tercera ola del machismo sostiene que todo lo que sale de su testosterona es radicalmente indiscutible. Las cifras de violencia machista serían tergiversaciones y manipulaciones interesadas, mientras que las supuestas cifras de hombres muertos a manos de las mujeres serían hechos irrefutables. El machismo de la tercera ola se convierte en una metafísica: los datos, las evidencias de desigualdad o dominación y la Historia en mayúsculas ya no importan.

El machista de tercera generación practica un victimismo pertinaz, con el agravante de que acusa de ese mismo victimismo a la mujer. El machista de tercera generación se solapa con la figura del "hombre blanco y cabreado", ese al que ha golpeado la crisis y solo ve subsidios y ayudas en el ojo ajeno. Estos machistas exasperados ejercen de "todólogos", expertos en dictar sentencias de divorcio y en decidir quién se queda con la custodia de una hija necesitada de un padre que apenas la había atendido hasta la separación. En todos estos casos, las mujeres (víboras, súcubos, siempre algo monstruoso que amenaza con la castración) destrozan la vida a hombres desvalidos cuyo único pecado fue enamorarse.

Los machistas de tercera generación, como los de segunda y los de primera, no se ven a sí mismos como machistas, y consideran inapropiados los insultos frívolos como "machonazi" o "machirulo". Ellos creen que el feminismo es una nueva "limpieza de sangre" ideológica, un nuevo puritanismo. Piensan que un hombre cabal solo defiende a las feministas para follar más. El machismo de tercera generación es el gesto infantil e impertinente de quien coge una última ola a destiempo y maldice a las bañistas porque cree que toda la playa le pertenece.

La resaca

Si parte de este texto te ha parecido injusto y una desfachatez feminista porque simplifica en exceso o porque cuenta verdades a medias, recuerda que el machista contagia su semántica de combate. Además, vosotros habéis tenido tiempo de sobra para aprender a usar ese arma.

Nosotras no.

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