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El populismo heteropatriarcal

21/01/2015 07:24 CET | Actualizado 22/03/2015 10:12 CET

Hace unos días saltaba la alarma: Alexis Tsipras, líder de la Coalición de la Izquierda Radical griega (comúnmente conocida como Syriza, su abreviatura) y candidato de este mismo partido a las elecciones generales anticipadas del próximo 25 de enero, negaba su apoyo a la legalización de la adopción por parejas homosexuales. "Es un asunto complicado que requiere diálogo. Hay contradicciones dentro de la comunidad científica sobre esto y no lo incluiremos en nuestro programa", respondió en una sesión de preguntas vía Twitter el pasado miércoles 14 de enero.

El controvertido político heleno renunciaba así a defender una de las reivindicaciones clave de la comunidad gay de este país mediterráneo, donde ni el matrimonio igualitario es legal ni la unión civil ha terminado de consolidarse en la agenda política, entre otras cosas por la presión constante de la Iglesia ortodoxa, predominante en el país. Grecia es un país que no puede comprenderse en clave, por ejemplo, española: se trata de un país socialmente mucho más conservador, donde la homosexualidad no tiene la aceptación que tiene en países como España o Alemania (este último, a pesar de no haber legalizado aún el matrimonio entre personas del mismo sexo, es el segundo país del mundo en cuanto a tolerancia se refiere, según el Pew Research Center). El paladín de una Europa alternativa, cuya previsible victoria en las elecciones del domingo que viene ha levantado vientos de esperanza dentro y fuera de las fronteras nacionales griegas, ha decidido dar la espalda a esta lucha. Si en 2012 se erigió como un firme defensor tanto de la legalización del matrimonio homosexual como de a adopción por parejas homoparentales, ahora en 2015 parece no tenerlo tan claro. "Contradicciones dentro de la comunidad científica", alega.

Es más que probable que Alexis Tsipras no se haya dejado convencer por los sermones de los jerarcas religiosos griegos cuando asistió a la ceremonia de la Epifanía ortodoxa el pasado 6 de enero, polémico gesto criticado desde ambos hemisferios del abanico electoral. El populista Tsipras sabe lo que hace: sus idas y venidas responden a una estrategia electoral más que definida, una paulatina mudanza hacia el centro del espectro político, no necesariamente en cuanto a sus principios y objetivos, pero sí en lo relativo a la captación de poteciales votantes de centro y centro-derecha que a priori comulgan poco con los postulados de una formación que se define como representante de la "izquierda radical".

Populismo, ya salió la palabra mágica. No confundan interpretaciones: no era mi intención emplearlo como descalificativo. En términos analíticos, el populismo no es más que una forma más de hacer política. El populismo construye una frontera entre el ellos y el nosotros y, al hacerlo, destruye las divisiones internas del nosotros, el pueblo. Dice Francisco Panizza, reputado politólogo de la London School of Economics and Political Science (LSE) y coautor de El populismo como espejo de la democracia (FCE, Buenos Aires, 2009), que la guerra contra el terror de Bush también podría ser un ejemplo claro de populismo: la construcción discursiva de la nación estadounidense contra el enemigo terrorista, sin importar las diferencias dentro del pueblo de los Estados Unidos, ni la definición de quién era aquel enemigo opresor y malvado. Nuestro Partido Popular y su "todo es ETA" bien podrían ilustrar el mismo concepto.

Pero estas definiciones groseras no son solo definiciones, también tienen consecuencias. La populista guerra contra el terror llevó a la Patriot Act (como a muchas otras crueles e inhumanas desmesuras), así como el populista "todo es ETA" llevó a una desproporcionada política antiterrorista cuyas entrañas permanecen todavía arraigadas en nuestras instituciones y nuestra democracia. Definiciones vacías, necesariamente incompletas, sospechosamente inocentes.

Volvamos a Tsipras y a la campaña electoral de Syriza. ¿Qué significa este abandono de la lucha por los derechos LGTBI? Grosso modo, parecería correcto diagnosticar esto como síntoma de un (relativo) abandono de algunos de los principios políticos y sociales que han caracterizado a la izquierda europea en los últimos años. En términos laclaunianos, la campaña humanitaria y la recuperación de la soberanía política y económica, encomiables banderas políticas de Syriza, se han tornado en el significante vacío en el cual se inscribe la cadena de equivalencias de las diferentes demandas populares. Demandas (reivindicaciones) heterogéneas, algunas fruto de la crisis económica, política y social; otras, no obstante, propias de la ideología en la que hasta hace poco se enmarcaba este partido, parecen dejarse un lado. Con la llegada del populismo, la lógica tradicional (política, pero también social) de la izquierda y la derecha comienza a desmoronarse, y con ella también el compromiso de ciertos actores situados en la izquierda con las luchas que esta históricamente ha liderado.

La cuestión de la diversidad sexual y de género, la defensa de los derechos LGTBIQ+, se sitúa en medio de este forcejeo político. Por supuesto, no es la única: valga como ejemplo la crítica de ciertos sectores de la izquierda española al abandono por parte de Podemos, la formación política española liderada por Pablo Iglesias, de principios feministas y republicanos. Justa o no, la crítica viene a poner de manifiesto lo que la teoría de Laclau, Panizza y otros ya adelantaba: el populismo como máxima política, en tanto que punta de lanza del mayor de los conflictos (el del pueblo contra su enemigo, sea este la casta, el opresor o cualquier otra construcción discursiva posible), contiene también una vertiente antipolítica, en tanto que minimiza los conflictos ya existentes: las desigualdades de clase, raza o sexo, dentro de una larga lista. Y también el heteropatriarcado.

¿Es el populismo heteropatriarcal? En principio, no tendría por qué serlo. De nuevo, insistamos en que este no es esencialmente perverso ni dañino. Y ello sin entrar en el debate sobre si existe acaso como esencia o como una forma de hacer las cosas en política. Pero lo que es evidente es que el populismo, en cuanto que promesa vacía, no cuestiona el sistema. Si Podemos ha abandonado los planteamientos decrecentistas, dejando de lado por tanto el cuestionamiento de nuestro sistema económico-ecológico, ¿significa esto que también puede subordinar la rebelión contra las instituciones del binarismo y la heteronormatividad a ese gran combate que se libra en la arena política, el del pueblo contra su enemigo?

A pesar de estas reflexiones, no hay motivos para abandonarse a la histeria. La traición de Tsipras a la comunidad no heteronormativa no tiene por qué llevarnos a concluir que el camino escogido por Iglesias y los suyos vaya a ser el mismo. Al fin y al cabo, tal y como ilustraba El Periódico de Catalunya este domingo, Podemos y Syriza no son lo mismo. Como diferencias relevantes, podríamos señalar que la coalición griega se considera de izquierda radical y mantiene importantes relaciones con los sindicatos. Syriza debería tener asumidos unos principios ideológicos que Podemos ha subordinado una nueva frontera, la del pueblo. ¿Le ha supuesto esto al primero un obstáculo para mantener su compromiso con los derechos LGTBI? Lamentablemente, no.

¿Qué pasará con Podemos, que rechaza los esquemas izquierda-derecha a los que tanto nos hemos malacostumbrado? Todavía no sabemos si la cuestión de la diversidad sexual y de género tendrá cabida en su proyecto. Parece que sí la tuvo en la renombrada Asamblea Ciudadana de octubre celebrada en el Palacio de Vistalegre, donde se votó una resolución a favor de la despatologización de todas las opciones sexuales e identidades de género no normativas. Desde entonces, el líder de la formación y europarlamentario ha optado por un perfil más bien bajo en esta cuestión, llegando a considerar al papa, en su visita al Parlamento Europeo, un "defensor de los derechos humanos". Postura contraria, por ejemplo, a la de sus compañeros Tania Rodríguez y Pablo Echenique, quienes coincidieron en que el programa económico de Jorge Mario Bergoglio era el de Podemos, pero el de derecho de las mujeres y LGTBI, no. El pasado viernes 16 de enero el jerarca volvió a atacar a la comunidad homosexual: a su juicio, el matrimonio igualitario es una "colonización ideológica de la familia [...] con la que debemos tener cuidado porque intenta destruir a la familia", instando a las naciones donde el matrimonio entre personas del mismo sexo sigue siendo ilegal a "resistir" esta amenaza que viene de "afuera". Curioso defensor de los derechos humanos, cuanto menos.

¿Qué tiene que decir Podemos sobre el sistema heteropatriarcal? Aun considerando la timidez de Tsipras e Iglesias en estas cuestiones como estrategias para captar los votos menos comprometidos con el reconocimiento de los derechos LGTBI, ¿qué harán cuando lleguen a sus respectivos Gobiernos? ¿Responderá Tsipras a los principios de la izquierda o será fiel a las opiniones de sus votantes más conservadores? Cuando se disipe el polvo de la contienda en el plano económico, que ahora parece monopolizar el debate, ¿gobernará Iglesias con una agenda feminista y LGTBIQ+? Estas y otras cuestiones son las que se arremolinan en la mente del votante confuso, que camina indeciso entre augures y moribundos, desorientado ante un futuro en el que aparentemente solo habrá economía.

Todo ello si acaso lograsen salir victoriosos de esta incierta trifulca. La última pregunta que queda por hacernos es quizás demasiado incómoda: ¿acaso hay una alternativa mejor? ¿Acaso nos han propuesto o demostrado las otras fuerzas políticas con posibilidades de gobierno una verdadera política queer?

"Y, en medio de todo ello, una sola evidencia: no hay salida." ¿Tenía razón Kafka? ¿Hay alguna opción que nos ofrezca una vía de escape de las férreas tenazas del heteropatriarcado?