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¿Quién (no) vota al PP?

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Muchos tenemos la sensación de que los votantes del PP son una franca minoría. Cuando hablamos con amigos, conocidos de las redes sociales o compañeros de trabajo la indignación contra las injustas medidas tomadas por un Gobierno que funciona de espaldas al pueblo parece ser compartida. En definitiva, es tal el cabreo de la gente que nos rodea que parece imposible que nadie quiera seguir votando al PP. Pero después, y tal y como ha ocurrido este domingo en Galicia, este partido arrasa con mayoría absoluta.

"¿Qué ha pasado?"- nos preguntamos algunos - "¿Quién puede seguir votando al PP con la que está cayendo?". Es evidente que la percepción de que este partido carece de apoyos es hasta cierto punto falsa: hay muchos españoles que aún los apoyan ciegamente. Pero también guarda una parte de verdad: una mayoría cada vez más amplia de los ciudadanos no vota al PP, y ciertamente muchas veces es difícil encontrar a gente en nuestro entorno que apoye a este partido. La abstención y la lenta eclosión de los partidos minoritarios (aún incapaces de llenar el espacio del PSOE) son dos de las claves para explicar esta aparente desconexión que muchos percibimos entre una sociedad fuertemente crítica con el gobierno y las mayorías que sistemáticamente cosecha el PP. La brecha generacional y cultural es en mi opinión otra de las razones que explica esa percepción.

En efecto, el ganador de las elecciones gallegas no ha sido el PP, sino la abstención: un 36,2% del electorado no ha votado (cifra a la que habría que sumarle un considerable 5,24% de votos nulos o en blanco). Mientras tanto, solo el 27,5% del censo ha apoyado al PP. Este partido ha perdido además unos 140.000 votantes desde las últimas elecciones, frente al aumento que ha experimentado la abstención y a la potente aparición de un partido como Alternativa Galega que ha capitalizado gran parte del voto 'indignado'.

Un porcentaje respetable de la abstención corresponde, probablemente, a personas que simplemente "pasan" de la política. Pero sin duda hay una gran proporción de gente progresista y con unas firmes convicciones en la defensa de valores como la justicia, la libertad o la igualdad que ya no encuentra sentido a su participación en un sistema en el que no existen alternativas que ilusionen. Cuando uno no sabe a quién votar con el corazón, el voto en blanco, nulo o la abstención se convierten en una salida legítima.

Así, llegadas las elecciones una creciente mayoría de los ciudadanos o bien votan a partidos minoritarios en auge pero aún incapaces de plantear una verdadera alternativa o bien, renuncian a legitimar este sistema corrompido con su voto. El éxito del PP es, en definitiva, una ilusión óptica.

Este proceso viene sin duda impulsado por los más jóvenes, desencantados y hastiados de un modelo político y económico que ya no colma nuestras expectativas. A medida que las nuevas generaciones han ido llegando, la identificación con el modelo representativo basado en grandes partidos políticos ha ido disminuyendo. Los mayores de 65 años, aquellos que no experimentaron la revolución política y cultural producida a partir de los años 60, son los que más se aferran al modelo actual, y ven el hecho de votar a "su partido" como una obligación ineludible. Por el contrario, aquellas personas más jóvenes, que ya hemos comenzado a funcionar de otra manera, interactuando de forma colaborativa, compartiendo conocimientos y accediendo a una gran cantidad de información alternativa a través de las redes, somos más proclives a ser críticos con el sistema y con el funcionamiento de los partidos mayoritarios, votemos o no. Tú, lector, seguramente seas una persona relativamente joven que se mueve en este nuevo entorno crítico, abierto y colaborativo. Por eso te será más difícil encontrar a tu alrededor gente que apoye al PP.

La conclusión para mí es clara: percibimos que hay mucha gente crítica con el Partido Popular porque realmente la mayoría de la población se abstiene o vota a otros partidos, y porque esa mayoría es todavía más amplia en el entorno de aquellas personas más jóvenes, críticas e informadas en el que muchos nos movemos.

Yo, como gallego y persona menor de 30 años, soy un ejemplo de esta realidad. Quiero un cambio en el actual sistema político y económico que nos lleve a un modelo más justo y democrático. Estoy convencido de que no podemos seguir perpetuando una pseudodemocracia que da la espalda al pueblo y un sistema económico basado en el egoísmo y la competitividad. Por eso cuando se acercan las elecciones mi primer impulso es no votar: cada vez me siento más ajeno a la "fiesta de la democracia" de un sistema que ignora la necesidad de instaurar nuevas vías de participación ciudadana. Sin embargo, llegado el día de las elecciones, mi decisión es acudir a las urnas: aunque busque un cambio de sistema creo que el primer paso para alcanzarlo es "botar" ("echar" en gallego) a aquellos que con su cerrilismo neoliberal están llevando este país a la ruina y permitir que otras alternativas sean oídas en el Parlamento.

En definitiva: el PP no debería frotarse las manos. Con el tiempo, la ilusión óptica de sus mayorías absolutas irá desvaneciéndose gracias al empuje de una población que ya está empezando a darle la espalda a un modelo decadente, anticuado e injusto. Lo importante, sea cual sea la opción elegida (participación crítica, como en mi caso, o abstención crítica) es que llegará un momento en el que los grandes partidos se encuentren frente a frente con una mayoría ciudadana (nada silenciosa) informada, valiente y con ansias de participar más allá de votar cada cuatro años. En ese momento, el cambio llegará por fin. Quizás no esté tan lejos.