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25 años de la muerte del influyente e innovador Miles Davis

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Foto: GETTYIMAGES

El 28 de septiembre de hace veinticinco años murió, de forma extraña, Miles Davis. Entró en un hospital de Santa Mónica en Los Ángeles con una neumonía, y falleció de un infarto. Enfadado y furioso. Es un músico al que todo el mundo conoce. Muchos no saben que lo han escuchado; otros lo han escuchado pero no recuerdan ni cómo suena. Y, como suele pasar con todo, tiene detractores y seguidores que lo consideran un genio o, simplemente, un ruido insoportable.

Un tipo extraño. Entre macarra hipster y pijo inmaculado. Siempre atormentado. Su propia definición en su autobiográfica: "Rebelde y negro, inconformista, frío y con estilo, airado, sofisticado, añade el rasgo que quieras: yo era todas esas cosas y más". Me lo imagino en la puerta del Hotel Plaza de Nueva York, con su impecable Ferrari, discutiendo con la policía con un turbante, pantalones de serpiente y abrigo de piel de oveja en compañía de una mujer atractiva. "Miles was always the hippest guy around", dijo de él Herbie Hancock.

El "príncipe de las tinieblas" o "el brujo" eran algunos de sus apodos, nacidos de su mal carácter y de su prolija capacidad de innovación. Nació en una familia rica del medio oeste que pudo permitirse enviarle a estudiar a una gran escuela de la Gran Manzana para cumplir su sueño. Otro ejemplo de fracaso escolar que termina en genio. Tuvo una familia normal, aunque su padre dentista rompió, de un puñetazo, dos dientes a su madre.

Aficionado al boxeo, frágil físicamente, presumía de sus golpes. Fue padre prematuro, y apenas tuvo relación con sus hijos. Desde joven aficionado a los trajes de Brooks Brothers, más tarde al elegante proceso de vivir dentro de trajes a medida italianos. Parecía un recién graduado de la Ivy Leage. Más tarde, al igual que su música, su atuendo fue más rupturista y estrafalario: kimonos, turbantes, psicodelia, pieles de serpiente, gafas gigantes de Gucci, etc. Esa estética está muy conseguida en el reciente biopic Miles Ahead, la película de Don Cheadle. Su armario iba por delante de la moda y el arte, e indicaba los cambios de su música. "Sastrería disfuncional" fue la manera de definirlo por parte del sastre de los Rolling Stones.

Gran fumador, incluso mientras tocaba en aquellas inolvidables sesiones de los años cincuenta y sesenta. Mujeriego, misógino y cruel con las mujeres, era un antisocial que nunca se permitió grandes amigos ni entre sus grandes admiradores. Aficionado al bourbon y a las veladas de boxeo. Adicto a los analgésicos. Mal alimentado. Vivió con serios problemas de garganta, de estómago y con dolor en una cadera. Pisó la cárcel por no pagar la pensión de su hijo. Iba con Ferrari y pistola por Manhattan. Y en un ambiente perverso, entre malas compañías, cayó en la heroína y, más tarde, en la cocaína. Encontraba la tranquilidad en las drogas y en el sexo. Más personaje que persona. Tenebroso y brillante. Neurótico y tierno a la vez.

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Miles Davis tocando la trompeta junto a la actriz francesa Jeanne Moreau/GETTYIMAGES

No era un gran trompetista (vaya atrevimiento por mi parte, pido disculpas), pero sonaba de forma rara, única y característica. Metálica gracias a una sordina Harmon, pero con un tono meloso y seductor. Tierna quizá. Nunca estuvo a la altura de los virtuosos de este instrumento: Louis Amstrong, Dizzy Gillespie, Fats Navarro, Wynton Marsalis, Clifford Brown, Freddie Hubbard o Donald Byrd. Ni tampoco fue un gran director de orquesta como Duke Ellington o Benny Goodman. Pero nada de esto pareció importarle.

Fue un mediocre beboper (disculpas de nuevo). Lo suyo no eran las Bing Band. Era un músico "errático e inexperto", según señalaba la crítica de la revista DownBeat en la década de los cincuenta. Basta con escuchar alguna grabación de él con Bird, Coltrane o Dizzy para entender la dificultad de tocar un instrumento. Nunca superó la música de trance y airada de Coltrane, la tristeza de Chet Baker, la habilidad de Dizzy, la suavidad y generosidad de Hawkins o el loco lirismo de Bird. Lo suyo era un sonido "frágil y puntiagudo" como dijo Ben Ratliff, crítico de jazz del New York Times.

Desde esa perspectiva cabe preguntarse: ¿cómo terminó siendo un personaje epítome del cool y un icono del jazz que cambió la historia del género? Tuvo tres golpes de suerte fruto de su tenacidad. Acercarse a Bird cuando llegó a Nueva York a estudiar música a la Juilliard School of Music, que abandonaría muy pronto al no estar preparado para la enseñanza canónica, siendo solo capaz de tocar con libertad. A éste lo conoció siendo muy joven en St. Louis en una de sus giras. Bird era un genio que tocaba para pagar sus vicios en una espiral autodestructiva alocada de alcohol, heroína, cocaína y pollo frito. Miles llegó a darle dinero e incluso hospitalidad en Manhattan. Fue su oportunidad. Y a la sombra del pájaro, en los albores del bebop, tocó el solo de Now's the Time de forma magistral. Su sonido era raro y sincrético con ciertas reminiscencias africanas. Su segundo golpe de suerte fue firmar con Columbia Records a partir de una gran actuación en Newport Jazz Festival de 1955, tras las recomendaciones de Gil Evans, compositor que le consideraba su amigo. Evans le enseñó los arreglos y los secretos de la composición y del estudio. Accedió a un sello importante que conocía las recetas del marketing en el creciente mercado de la música. Y un tercer golpe le permitió alcanzar velocidad de escape hacia la estratosfera: fue su suprema intervención en televisión interpretando So What en el programa de referencia de vanguardias artísticas de la CBS, dirigido por Robert Herridge

En 1959 llegó su álbum seminal Kind of the Blue. Una obra maestra que cambio la historia del género según la crítica especializada. Obra cumbre del jazz modal. Un icono. El mejor disco para hacer el amor en palabras de Herbie Hancock. Ha sido el más vendido de la historia del jazz. Un sexteto legendario que cambió el jazz para siempre, siendo capaces de mantener su influencia en el resto de los músicos del género e incluso de otros géneros durante décadas: Bill Evans-Wynton Kelly, Paul Chambers, Jimmy Cobb, Julian "Cannonball" Adderley, John Coltrane y el propio Miles Davis.

Su genialidad se basaba en la improvisación y en la innovación permanente que se transformaba en esa innata capacidad de formar quintetos y de liderarlos con mano de hierro. Erudito e inconformista. Perfeccionista obsesivo. Siempre cambiando de carril. Provocador. Únicamente a través de su música se puede entender la naturaleza y la belleza del remix. "Un gran agitador" como diría Diego Manrique o el "sonido del dolor" para Nando Saldà. "El ayer está muerto" o "La vida debe vivirse hacia delante, pero solo puede entenderse hacia atrás" son dos frases clave que delatan su compleja personalidad, y reflejan los caminos que siguió su música. No sólo cambió el jazz pues influyó en todos los estilos y géneros. James Brown escuchaba sus discos obsesivamente cuando pasaba por etapas de inactividad creativa. Pink Floyd se inspiró en muchos de sus temas. Sentó las bases del hip-hop, influyó en el funky y, por supuesto, contribuyó a la mezcla de estilos con grandes coloridos y matices. Se acercó al flamenco, a la bossa y a las músicas árabes e hindú. Permanentemente descubriéndose entre chute y chute. La maldición de la renovación permanente.

De su primera etapa aprendió casi todo. Al lado de Charlie Parker, Dizzy Gillespie, Thelonious Monk, Coltrane, Hawkins. Una época donde los blancos pagaban por ver a los negros tocar de forma virtuosa y muy rápida, al modo de Charlie Parker. Pero él era el bepop. Representaba el triunfo de la música de los desfavorecidos que habían aprendido a tocar libremente sin ningún canon. Sin partitura. Era la evolución del góspel y del blues, de los ritmos del alma negra africana. La propia esencia de la improvisación. Y, por supuesto, el espíritu bohemio de la Swing Street (52st West).

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Miles Davis grabando en un estudio en 1959/GETTYIMAGES

Luego empezó a experimentar con un modo más orquestado y arreglado al lado del compositor Gil Evans. Era el cool jazz. Su disco Walkin', de 1957, en Prestige Records, anunciaba la llegada del hard bop con acordes ampliados del bebop. A su lado de nuevo músicos increíbles: pianistas como Monk y Horace Silver, y el saxofonista Sonny Rollins.

Con un nuevo quinteto (John Coltrane en el saxofón tenor, Red Garland al piano, Paul Chambers al bajo y Philly Joe Jones en la batería), hizo una aparición triunfal en el Festival de Jazz de Newport de 1958 que le dio fama y prestigio. De esa época, finales de los cincuenta, trabajando con nuevos músicos en su grupo, con una garganta ronca y con un sonido de trompeta más débil, llegaron discos memorables: Miles Ahead (1957), Porgy and Bess (1958), Sketches of Spain (1960) y la banda sonora de la película de Louis Malle, Ascenseur Pour l'Echafaud.

Las escalas modales (en lugar de acordes) y su nuevo fichaje al frente del piano, Bill Evans, dieron lugar al comentado mejor disco de jazz de todos los tiempos King of the Blue (1959). Era el modal jazz. Estado de ánimo y tensión melódica. Un nuevo estilo en los sesenta. Pero con nuevos músicos. Nunca perdió esa gran habilidad de rodearse de los mejores. Esta vez Wayne Shorter, Herbie Hancock, Ron Carter y Tony Williams. Sus discos iban a su aire: E.S.P., Miles Smiles, The Sorcerer y Nefertiti. Era el free jazz.

Pero el jazz comenzaba a convertirse en objeto de nostalgia. Ya era objeto de estudio de los académicos, y había entrado por la puerta grande al Carnegie Hall y al Lincoln Center. Había encontrado su legitimidad. Miles ya no quería oír "lo del jazz", él prefería hablar de música social.

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Miles Davis llegando a Londres en 1973/GETTYIMAGES

Los años dorados del rock desplazaron al jazz y Miles Davis giró de nuevo a finales de los sesenta: incorporó teclados y guitarras eléctricas. El Miles eléctrico. Era el jazz fusion. Discos rupturistas y extraños: In a Silent Way y Bitches Brew (1969). Nuevos discos con nuevos músicos de los setenta, junto con la decadencia física y los efectos de las drogas, le llevan a una época de silencio (1975-1980). Vivió en una mazmorra (en sus propias palabras) en una casa sucia. Se inyectaba heroína y cocaína en la pierna (speedball). Y avanzaba su degeneración física con la incorporación de nuevas adicciones: a las píldoras, como el Percodan y el Seconal, a la Heineken y al coñac.

Volvió en los ochenta reinventándose una vez más con nuevos discos: The Man With the Horn (1981), Decoy (1984), You're Under Arrest (1985), Tutu (1986), Music From Siesta, Amandla (1988), etc. Y logró el reconocimiento internacional. Ya había dejado los trajes impecables. Era más ecléctico. Adicto al popelín. Había llegado el desestructuralismo. Y apadrinaba (o se nutría) de una nueva amalgama de grandes músicos como Dave Holland, Keith Jarrett, Chick Corea, Jack DeJohnette, Joe Zawinul, Dave Liebman, Gary Bartz, Bennie Maupin, Sonny Fortune, John McLaughlin, Kenny Garret, John Scofield, Adam Holzman, Robert Irving, Marcus Miller, Marylin Mazur, Mino Cinelu o Al Foster. Las nuevas promesas también hablan se su influencia ante el perro guardián de la ortodoxia del swing, Wynton Marsalis.

Brujo, tenebroso, bronco, irascible, genial y estrafalario. Él mismo dijo en una ocasión sin modestia en una recepción en la Casa Blanca que "había cambiado el destino de la música cinco o seis veces". Pensaba que la música que no avanza está muerta. Y acabó tocando el silencio. Pero en el fondo era un sonido de dolor, un pozo melancólico de su alma enferma. Era el jazz en toda su extensión.