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En la muerte de un ciclista

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Hace muy pocos días fallecía en un trágico accidente de tráfico el ciclista profesional del equipo Euskaltel, Victor Cabedo. El accidente se produjo mientras entrenaba, en una carretera abierta al tráfico. Bajando un puerto, en la provincia de Castellón, al chocar contra un coche que subía y posteriormente caer por un barranco de más de 90 metros, según los datos proporcionados por la propia Guardia Civil.

Todos los años fallecen en nuestras carreteras alrededor de 60 ciclistas; otros 2.500 sufren heridas que necesitan hospitalización. Una cifra que ha disminuido ligeramente desde el año 2001 en que fallecieron más de 100 ciclistas, pero que sigue siendo atrozmente dramática.

La bicicleta es un medio de transporte que al igual que otros medios de transporte también se puede practicar como deporte: los patines, los caballos, las motocicletas o los automóviles. Lo que es una temeridad es la utilización de espacios públicos abiertos al tráfico para practicar deporte. A nadie se le ocurre jugar al fútbol en la calle, correr un rallye en una carretera sin cerrar o saltar a caballo los setos de los bulevares.

Desde 1967 en que se inauguró el Circuito del Jarama, la práctica del automovilismo y motociclismo en España se limita a los circuitos (y rallyes en carreteras cerradas al tránsito).

Hay ya en nuestro país más de dos docenas de circuitos de todo tipo, en los que quienes lo deseen pueden ejercitarse en su deporte favorito. Instalaciones mayoritariamente privadas, pero también algunas de ellas, como el Circuito de Montmeló o de Jerez, construidos con ayudas públicas. Circuitos que han necesitado de inversiones elevadísimas, para que un par de miles de practicantes las utilicen de vez en cuando.

Los ciclistas en España se cuentan por millones. Aficionados y profesionales. Usuarios que utilizan la bicicleta para desplazarse y deportistas que la utilizan para mantenerse en forma, entrenarse o practicar el deporte que quieren.

Lo que ha demostrado el accidente de Cabedo es la imperiosa necesidad de que los ciclistas exijan "a quien corresponda" la adecuación de espacios para utilizar la bici como instrumento deportivo. Y no me refiero a velódromos, sino a carreteras en las que subir o bajar un puerto no suponga más riesgo que la lesión deportiva.

Hay decenas de carreteras que pueden destinarse total o temporalmente para el ciclismo o si fuera necesario, construir vías específicas para este deporte, como en su día se han construido circuitos para automóviles y motos, canales para los piragüistas o pistas de bobsleigh; todos ellos deportes con apenas un puñado de practicantes frente a los centenares de miles de ciclistas. Es una exigencia urgente y justa.

Con todo el dolor de mi corazón debo de decir que no puedo estar de acuerdo con González de Galdeano al decir (a propósito del accidente de Cabedo) que "la carretera la tenemos que compartir entre todos". De ninguna manera: la carretera es para los medios de transporte, bicicletas incluidas, con las limitaciones que establezca el Reglamento de Circulación, pero de ninguna manera es el lugar para practicar o entrenar un deporte. Y tampoco puedo estar de acuerdo con Abraham Olano que, por el mismo trágico motivo, declaró que "desgracias como las de Cabedo son complicadas de evitar". Son complicadas si los que dirigen este hermoso deporte no se ocupan en exigir las instalaciones adecuadas y se empeñan en seguir utilizando las carreteras para lo que no han sido concebidas.

Hace algunos años también se utilizaban las carreteras para entrenar los rallyes, hasta que un mortal accidente prohibió aquellos "reconocimientos" con carreteras abiertas al tráfico. Cada deporte necesita de instalaciones apropiadas: el lanzamiento de jabalina, los bolos o el ciclismo no son para la carretera. Ojalá Víctor Cabedo haya sido el último y que su accidente haya servido para la concienciación de todos los que amamos este deporte.