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¿Politizar el hecho religioso? Una mirada desde la fe

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Foto: EFE

Este artículo ha sido escrito conjuntamente con Daniel Izuzquiza S.J., jesuita y director de la revista 'Razón y Fe'

Mañana jueves comienza el juicio contra Rita Maestre por su irrupción, junto con otros jóvenes, en una capilla de la Universidad Complutense de Madrid. Como personas creyentes -y aunque no lo fuéramos- consideramos que actuaciones de este tipo son una falta de respeto y resultan inaceptables. Afectan a un derecho básico y fundamental, como es la libertad religiosa y de conciencia. Sabemos que, frente a regímenes opresores y ante poderes que ejercen la violencia y la represión extrema, la protesta contundente y perturbadora de una reunión o actividad, como un oficio religioso, puede ser en ocasiones la única opción pacífica. Pero no es el caso en España y no es el caso con la Iglesia. Aunque no nos sintamos ofendidos en nuestro sentir religioso, que es muy hondo como para verse afectado por un hecho menor de este tipo, desde luego éste no ayuda ni a un debate serio sobre la separación entre Iglesia y Estado, ni a la convivencia sana entre creyentes y no creyentes.

Dicho esto, merece la pena ofrecer algunas reflexiones que permitan entender el caso concreto e ir más allá del mismo. Primero, destacamos un hecho importante. El Arzobispado de Madrid no denunció en su momento la irrupción en la capilla y considera que sería bueno "pasar página", tras una reunión entre el arzobispo Monseñor Osoro y Rita Maestre, en la que ésta se disculpó.

En principio y en todo caso, debería ser la máxima jerarquía católica en Madrid la que estuviera detrás de la acusación, impulsando el proceso judicial de la denuncia. Pero no es así. Lo han hecho dos entidades alejadas del núcleo de la Iglesia y de sus comunidades. Que la Fiscalía persista en la acusación y en mantener el juicio, pidiendo penas de prisión, de un hecho ocurrido hace cinco años y que no es denunciado por la institución de referencia afectada, refleja el afán de politizar el debate religioso a través de lo judicial y llevar la fe a la refriega partidista, asfixiante y sin mesura, en la que nos encontramos.

Lo más esperanzador de esta historia es ver cómo una persona reconoce que se ha equivocado y se acerca a quien representa a los ofendidos.

Y esto es malo. A veces se realizan críticas a la Iglesia o al hecho religioso que confunden todo y que, para abordar un asunto de la vida pública de la Iglesia, penetran sin cuidado en sentires y emociones íntimas, que se encuentran en lo más hondo de la vida de muchas personas que seguimos a Jesús de Nazaret. Los debates sobre la religión en las escuelas, el patrimonio y tratamiento fiscal de la Iglesia o la presencia de lo confesional en el espacio público, deben ser abiertos a un diálogo razonado por parte de toda la sociedad. Sin embargo, atacar las creencias religiosas para defender una posición en uno de estos temas solo conduce a una polarización inútil y a la defensa cerrada por parte de los cristianos que nos sentimos atacados en lo más hondo de la fe, incluso aunque podamos compartir algunas posiciones de los no creyentes sobre asuntos como los mencionados.

De la misma manera, utilizar la fe por la vía judicial y la comunicación amarillista para afianzar una posición partidista en medio de esta refriega sin piedad que nos aqueja, supone la misma falta de respeto por las convicciones y emociones que la fe conlleva. No es una forma de defender la práctica religiosa y, además, se aleja del mensaje de misericordia de Jesús. La consecuencia de hacerlo así es, precisamente, lo que se debería evitar a cualquier precio: un frentismo en el cual la fe se convierte en un arma arrojadiza en manos de los bandos. Nada más alejado de lo que sentimos muchos católicos, que experimentamos cómo la fe nos empuja al compromiso socio-político y, al mismo tiempo, nos aleja de la confrontación. Un juicio de este tipo, traído al centro de la lucha partidista, contribuirá más a esa polarización en la que la agresión parece recurrente. La experiencia histórica y en el mundo de hoy, nos dice que lo religioso puede ser un factor de conflicto y desencuentro. Aunque también puede serlo de paz, solidaridad y cohesión.

Lo más esperanzador de esta historia es ver cómo una persona reconoce que se ha equivocado y se acerca a quien representa a los ofendidos. Y ver cómo este representante, el arzobispo, perdona y responde a esa cercanía. ¿Supone esto que ambos coinciden en sus posiciones sobre temas de la actualidad política y social? No somos ingenuos, seguro que éste no es el caso, aunque intuimos que hay sintonía en algunas causas sociales. Lo que seguro sí supone es una comprensión más honda de lo que cada uno siente, aquello por lo que el corazón se emociona y el alma se esponja. El mejor camino hacia el respeto que tanto necesita una sociedad pluralista como la nuestra.