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'Cuarto Milenio: La Exposición'

22/09/2015 07:25 CEST | Actualizado 21/09/2016 11:12 CEST

Hasta el 1 de octubre de 2015, entre las columnas de la fachada semicircular del Teatro Coliseum de Barcelona da la bienvenida un hombrecillo de enorme cabeza y ojos almendrados. Con toda la pinta de haber salido de un ovni o de la niebla de un camino apartado, deja claro a los recién llegados que para visitante, él -ojalá esté de paso, que en este planeta no hemos evolucionado mucho con la atención a los refugiados-. Así, recibido por lo extraño y unificado en una humanidad cuyas diferencias quedan reducidas a muy poco ante un ser quién sabe si de otra galaxia u otra dimensión, el público entra mediante turno riguroso a Cuarto Milenio: La Exposición.

El alienígena cabezón se debe al escultor Juan Villa y su estudio Prometeo, el nombre del titán demiurgo que modeló en barro al hombre, y el mismo que Mary Shelley relacionó astutamente con su Víctor Frankenstein. El trabajo de Villa, dedicado tanto a la reproducción de referentes existentes como a la materialización de entes y objetos de los que sólo teníamos descripciones e imágenes mentales, se sitúa en la estela del concienzudo experto en atrezo para los escenarios y las pantallas, grandes o pequeñas, que tiene que convertir los hechos más extremos y las fantasías más delirantes en puestas en escena verosímiles. El primor de Villa acusa, además, la misma atención obsesiva de aquellos cineastas soñadores que, quizá sintiéndose ante un mundo insuficiente y necesitado de transformación como el que recibiera Prometeo, se ven impelidos a crear a sus propios personajes con cartón, madera o plástico -el Centre de Cultura Contemporània de Barcelona (CCCB) les dedicó la maravillosa exposición Metamorfosis: Visiones fantásticas de Starewitch, Švankmajer y los hermanos Quay-.

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Trabajos de Juan Villa y su estudio Prometeo en Barcelona (Cuarto Milenio: La Exposición, 2015), © fotografía del autor.

Las figuras y escenografías que Juan Villa ha hecho posibles y tangibles para el programa de Cuatro Cuarto milenio, a cargo de los populares periodistas Iker Jiménez y Carmen Porter, convierten el Teatro Coliseum en una especie de gabinete de maravillas -una Wunderkammer barroca, por ejemplo- con cientos de desafíos al paradigma de pensamiento racionalista y positivista. Arrancando con una sala dedicada al chamanismo, la sucesión de temas afines a lo raro, lo improbable o, directamente, lo considerado imposible enfrenta el visitante a las momias, los extraterrestres, la arqueología extraña, los animales monstruosos, los instrumentos de tortura, las muñecas malditas, los inventos y las muchas criaturas misteriosos que se han ido viendo en el plató de Cuarto milenio a lo largo de las once temporadas que lleva en antena gracias al cariño e interés del público.

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Las impactantes figuras de Juan Villa en los opulentos interiores del Teatro Coliseum de Barcelona (Cuarto Milenio: La Exposición, 2015), © fotografías del autor.

Por supuesto, una exposición como esta sólo puede llevarse a cabo mediante el artificio. Del mismo modo que no resultaría moralmente aceptable un freak show de extraterrestres, tampoco gustaría ver a un yeti real en una exposición, como a ningún otro espécimen criptozoológico -al menos, no vivo, ese es el respeto que legó Félix Rodríguez de la Fuente, el naturalista y comunicador que, por cierto, Iker Jiménez reivindica a menudo-. Por otro lado, y ahí está el quid de la cuestión, muchos de los elementos recreados por Villa para los temas de Jiménez, Porter y sus colaboradores, pertenecen al lado secreto, marginal y más escurridizo, si no invisible, de la realidad. De ahí que, dejando de lado los posibles motivos de infraestructura, organización o montaje que hayan determinado la elección de las distintas sedes de la exposición, resulte interesante, adecuado e incluso simbólico que se haya presentado en el Palacio de Linares -la casa encantada más famosa de Madrid-, en el Palacio Revillagigedo -uno de los enclaves históricos de Gijón-, y ahora en el Teatro Coliseum -un lujoso edificio levantado en la Barcelona de los años veinte para dar cabida a las fantasmagorías del cine-: misterio, historia y espectáculo unidos en pro de una visión distinta de lo que nos rodea. Iker Jiménez recuperó el radioteatro en su programa Milenio 3 de la Cadena Ser, todo un hito de la comunicación contemporánea, y, en la misma línea, hace de las reconstrucciones dramatizadas una pieza narrativa esencial de su hermano televisivo Cuarto milenio. Ahora, al proporcionar autonomía al atrezo creado por Juan Villa mediante una exposición, da un paso más en una cierta manera de entender el entretenimiento ligado a la reflexión a contracorriente.

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A la izquierda, un cruceiro de Juan Villa asoma en el Teatro Coliseum de Barcelona, y a la derecha, detalle de las piezas, convenientemente identificadas (Cuarto Milenio: La Exposición, 2015), © fotografías del autor.

Hace tiempo que superamos la idea de que la exposición o el museo, entendidos como artilugios culturales, deben mostrar tan sólo piezas originales, porque su cometido no es el de actuar como meros contenedores de joyas, sino sobre todo como constructores de ideas y, en última instancia, de realidad. Por eso, en Cuarto Milenio: La Exposición, al final no se trata de si la Dama de Baza es la auténtica o una copia, como tampoco de que el alienígena de tal o cual encuentro en la tercera fase sea algo así como un retrato robot en tres dimensiones, sino de acercar el público a la Realidad daimónica que da título al sugerente libro de 1995 de Patrick Harpur, la realidad que no puede negar, pese al silencio o la chanza, que no todo lo que sucede tiene una explicación plausible.

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Reproducción de la misteriosa cocina de las caras de Bélmez, realizada por el estudio Prometeo (Cuarto Milenio: La Exposición, 2015), © fotografía del autor.

Iker Jiménez ha cancelado recientemente Milenio 3 por propia decisión para, en un gesto de infrecuente honestidad, «llenar el zurrón» de nuevas experiencias. Tras catorce temporadas y un éxito histórico que contradice libros de estilo y todo pronóstico, de momento no se oirán las ya icónicas "buenas madrugadas" de Carmen Porter. Sin embargo, los porcentajes de audiencia de Cuarto milenio, como la afluencia de público a la exposición que ahora mismo recala en Barcelona hablan por sí mismos: digan lo que digan, nos gusta sentir que queda mucho a nuestro alrededor capaz de seguir asombrándonos -algo que, sin duda, Juan Villa entiende muy bien-. Necesitamos soñar. Y que nos dejen con la boca abierta, en un gesto, de hecho, muy de Iker Jiménez y que casi siempre se interpreta mal, porque tiene poco que ver con la ingenuidad o la pose que maliciosamente se le atribuye, y mucho con el pasmo sagrado del niño que mira al cielo en la pintura del romántico Philipp Otto Runge, La gran mañana (1809-1810).

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Philipp Otto Runge, La gran mañana (fragmento, 1809-1810), © Hamburger Kunsthalle.

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