INTERNACIONAL
01/07/2019 18:11 CEST

Carola Rackete, la capitana que planta cara a Matteo Salvini

La joven alemana se enfrenta hasta a 15 años de prisión por entrar en aguas italianas con el buque de su ONG, con 42 migrantes "al límite" a bordo.

Agencia EFE / Till M. Egen / Foto cedida por Sea-Watch
La capitana Carola Rackete, en su barco, poco antes de ser arrestada.

“Nací rica, soy blanca, alemana, tengo el pasaporte adecuado y he podido frecuentar tres universidades. Me siento en el deber de ayudar a la gente que está en una situación peor que la mía. Los europeos hemos permitido a nuestros gobiernos construir un muro en el mar. Hay una sociedad civil que lucha contra eso y yo formo parte de ella”. Las palabras de Carola Rackete son tan sencillas como demoledoras: una joven europea que sabe que nació en la cara buena del mundo, que ha visto lo que sufren los que nacen en la cara mala y que, por eso, no se plantea otra cosa que ayudar. Como sea. Incluso jugándose la libertad. 

Rackete es la capitana del barco de la ONG germana Sea Watch y, contra su voluntad, se ha convertido en el rostro visible de la lucha contra el bloqueo que el ministro del Interior italiano, Matteo Salvini, ha impuesto a los rescatadores de migrantes en el Mediterráneo central.

El líder de la ultraderechista Liga Norte, apodado El Capitán, ha impulsado una ley por la que cualquier organización que entre en aguas territoriales italianas sin la autorización correspondiente se expone a una multa de 50.000 euros y hasta a 15 años de cárcel para sus responsables. Pero Rackete, que ahora es La Capitana, con mayúsculas, ha obviado el papel, los límites y la amenaza de prisión para poner a salvo a las 42 personas que llevaba en su buque, rescatadas dos semanas atrás, y que se encontraban “al límite”. 

“¿Me recibís? Voy a entrar en aguas territoriales”, dijo, tras días de ruegos para intentar abrir el cerco. Nadie la oyó y ella apostó. Entró en Lampedusa, puso a su gente a salvo y ahora aguarda en un arresto domiciliario a que hoy se conozca su destino judicial. 

Los acólitos de Salvini la llaman “niña de papá” y le dicen que se vaya a su país a hacer de buena. Sus seguidores ultras la recibieron en el puerto, ya arrestada, con gritos como: “Te gustan las pollas negras” o “Espero que te violen”. Frente a ellos, los aplausos de los italianos que no comulgan con dicha cerrazón y una oleada internacional de solidaridad de esas que provocan calor, un extraño picor en los ojos y un escalofrío en todo el cuerpo.

Las redes sociales se han llenado de dibujos en honor de Rackete, lleva días siendo tendencia mundial (#FreeCarola), en Alemania ya se ha recaudado más de medio millón de euros para ayudarla en su pelea y en España, por ejemplo, se ha iniciado una campaña en Change.org reclamando su puesta en libertad sin cargos. En su país, se ha convertido en un fenómeno: hasta el presidente alemán, Frank-Walter Steinmeier, se ha sumado a las críticas a su detención, una postura generalizada en gran parte de la sociedad y los líderes políticos locales.

“Inepta rastafari de mierda” es otra de las lindezas que la capitana ha tenido que escuchar estos días. Rastas lleva, pero sobre una cabeza muy bien amueblada. Rackete -nacida en Kiel hace 31 años y criada en Hambühren, en la baja Sajonia- estudió la carrera de Ciencias Naturales y Protección del Medio Ambiente, se licenció por la Universidad de Ciencias Aplicadas de Jade y, una vez graduada, se marchó a estudiar al Reino Unido y cursó un máster de conservación del medio ambiente con una tesis sobre los albatros en la costa de Georgia. Habla cinco idiomas, además. 

La primera capitana conocida de una nave humanitaria en el Mediterráneo lleva ochos navegando. No es ninguna “becaria”, como también la llaman. En su primer viaje al extranjero, recién superada la veintena, se topó con la injusticia, en América Latina, y lo tuvo claro: “Debía hacer algo para quien no tiene voz y no tiene fuerza”, ha declarado al diario La Repubblica.

Con 23 años, comenzó su carrera profesional en el Ártico, tras lograr el certificado de primer oficial de cubierta por la Oficina Federal de Navegación e Hidrografía de Alemania. Al Polo Norte se fue con uno de los grandes institutos oceanográficos de Europa, el Alfred Wegener, con el que trabajó hasta 2013. Luego fue segunda de a bordo del Arctic Sunrise, buque de la asociación ecologista Greenpeace, hasta 2016, cuando se enroló con la ONG Sea Watch, con la que trabajaba estos días. Primero fue coordinadora del equipo de avistamiento del Moonbird y el Colibri, los aviones de la organización que patrullan las aguas para ver posibles naufragios. Luego ascendió a capitana. Con voz y mando, como bien se ha visto. 

Mucho ha cambiado la cosa desde su primera misión, hace tres años. Entonces, encontraban el apoyo de los gobiernos costeros -Italia, Malta, Grecia- para asistir a los migrantes en alta mar. Había coordinación y un notable respeto. Hoy casi no hay barcos de rescate en el Mediterráneo y los que se atreven a seguir ayudando, como el de esta ONG alemana o la española Proactiva Open Arms, se lo juegan todo.

“Es la ley del mar: llevar a la gente que lo necesita a lugar seguro. No importa cómo”, resume Rackete. Es la idea que la ha llevado a comportarse como lo ha hecho. No obstante, conocedora de las reglas y de los riesgos de sobrepasarlas, la cooperante ha intentado de todo antes de dar el paso final: peticiones de auxilio a las autoridades italianas que sirvieron para que diez de los 52 inicialmente rescatados pudieran ser desembarcados por razones de salud o un recurso al Tribunal Europeo de Derechos Humanos para que le diera permiso para tomar tierra: Europa se puso de perfil y no obligó a Italia a abrir sus puertos. Como nada le sirvió, dijo: “Adelante, a Lampedusa”. 

En sus escasísimas declaraciones a los medios -a los que parece más bien alérgica-, defiende que su compromiso es firme porque ha visto, porque sabe. Habla de la atención que dio a un niño que había perdido a su padre, ahogado, y de cómo ese abrazo fue un catalizador imparable. Recuerda el horror que relatan los que vienen de Libia, a los que se “niega” a devolver a ese infierno.

Se trata de una cuestión de principios: “No importa cómo te has metido en una situación de peligro. A los bomberos eso no les importa, en los hospitales tampoco. Para la ley marítima tampoco eso importa. Si se necesita rescatar a alguien en el mar, tienes el deber de rescatarlo (...). La ayuda termina cuando dejas a la gente en un lugar seguro”, sostiene.

A las críticas de Salvini responde con elegancia: “Estoy muy ocupada atendiendo a estas personas, no he tenido tiempo de leerlo”, dice. Por mucho que la llame “fanfarrona”, Carola responde: “Estoy dispuesta a ir a la cárcel y voy a defenderme en la Corte si es necesario porque lo que estamos haciendo es correcto”. Lo afirma a la vez que confiesa que tiene miedo, que no duerme. No es “de otro planeta”, como titula de forma épica la prensa alemana. Es humana, tremendamente humana, demasiado humana para lo que fijan algunos gobiernos. 

Como informa AFP, el senador Gregorio De Falco, exoficial de los guardacostas italianos, muy conocido por haber intervenido para resolver el desastre del Costa Concordia en 2012, ha dicho de la capitana que es “una persona de alta dignidad moral, que ha dado muestras de una fuerza considerable y de coherencia frente a sus responsabilidades”. Sus compañeros la definen como un mástil firme en mitad de la tormenta. Y viene fea. 

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