Aunque se les preparó como si fuera un juego, los niños ya sufren los efectos de la guerra

Miedos, pesadillas, pánico al sonido de las alarmas… Los menores refugiados se ven afectados por el conflicto antes, durante y después de la huida.
Una mujer con una niña, a punto de coger un ferry para cruzar el río Danubio en la frontera de Ucrania con Rumanía, el 25 de marzo.
Una mujer con una niña, a punto de coger un ferry para cruzar el río Danubio en la frontera de Ucrania con Rumanía, el 25 de marzo.
DANIEL MIHAILESCU via AFP via Getty Images

“¿Dónde está papá?” es una de las frases que más ha escuchado Marie Thomas en los últimos días, y que no ha podido responder. Thomas es psicóloga de Médicos Sin Fronteras (MSF), y acaba de volver de una misión en Palanca (Moldavia), en la frontera con Ucrania, donde la organización está asistiendo con consultas de atención primaria y atención en salud mental a los refugiados ucranianos que entran por esta zona.

Marie Thomas no sabría decir una cifra aproximada de las personas que ha atendido estos días en la carpa de MSF, el primer punto para muchos de los refugiados que salen de Ucrania; pero sí puede hacer un breve perfil del grupo: “La mayoría eran mujeres con niños muy, muy pequeños, pero también muchos ancianos, y muchas personas con discapacidad, todo personas muy vulnerables”. También pudo constatar en qué estado cruzaban la frontera: “Las personas llegaban en shock, no podían dejar de llorar. Por primera vez se sienten a salvo, y entonces no paran de llorar”, describe Thomas.

En el último mes, unos 2 millones de niños ucranianos han salido de su país huyendo de la guerra, y otros 3,3 millones son desplazados internos dentro del país, según datos de UNICEF. Esto es: dos de cada tres niños en Ucrania han dejado su casa, y tanto ellos como aquel que todavía permanezca en su hogar se han visto o se verán afectados en mayor o menor medida por el conflicto ruso.

“Los bebés llegan en shock

Las entidades que trabajan sobre el terreno y colaboran en la acogida de refugiados alertan de las condiciones de estos menores: o bien bajo asedio, con hambre y frío; o bien en tránsito, con miedo a ser tiroteados; o bien ya como refugiados, sin comprender bien qué hacen ahí, por qué han tenido que irse de su casa y por qué su padre no va con ellos. En cualquiera de los casos, y más allá de los riesgos evidentes de la guerra, a los expertos les preocupa la salud mental de estos niños, y su futuro.

“Los bebés llegan en shock”, describe Thomas. “En el camino pasan mucho frío, y llegan a un sitio en el que no conocen a nadie, no entienden nada y nos preocupan mucho”, reconoce la psicóloga.

“Con un juguete, al menos durante cinco minutos se sienten de vuelta a la normalidad”

- Marie Thomas, psicóloga de MSF

Las instalaciones y los profesionales que ha desplegado MSF en la frontera moldava funcionan como multiusos para atender a los refugiados. “Les damos lo que llamamos primeros auxilios psicológicos, que consisten básicamente en sentarnos, escucharlos, darles apoyo emocional, darles información, o simplemente ocuparnos de los niños cuando la madre va al baño o llama a su familia”, cuenta. “Muchas veces se trata de darles dignidad”, dice la psicóloga.

MSF también ha puesto en pie una zona donde los niños pueden jugar, “para que al menos durante cinco minutos se sientan de vuelta a su vida normal”, explica Thomas. “A veces les damos juguetes y eso lo cambia todo, es asombroso”, confiesa.

Una bombera rumana coge a una niña ucraniana en el paso de refugiados ucranianos a través del río Danubio, en la frontera rumana.
Una bombera rumana coge a una niña ucraniana en el paso de refugiados ucranianos a través del río Danubio, en la frontera rumana.
DANIEL MIHAILESCU via AFP via Getty Images

Miedos, pesadillas y estrés tóxico

La ONG Aldeas Infantiles lleva veinte años en Ucrania, en colaboración con el Gobierno, dando ayudas a familias muy vulnerables y cuidando a niños que no viven con sus padres y están tutelados por el Estado. Mónica Revilla, portavoz de la organización, expresa su impotencia por lo que está ocurriendo en el país desde que se produjo la invasión rusa. Días antes de que estallara el conflicto, Aldeas Infantiles trató de poner a salvo a unos 2.000 niños que forman parte de su programa, trasladándolos del Este a una zona cercana a Kiev.

“No pudimos trasladar a todos porque hubo personas que prefirieron quedarse”, cuenta Revilla, sin pensar que la invasión era inminente y que sería tan brutal. A las familias que decidieron permanecer en el Este del país se les proporcionó un kit de alimentos para dos semanas y se preparó psicológicamente a los niños por lo que pudiera pasar. Por ejemplo, “se les contó, como si fuera un juego, cuándo debían salir corriendo, para que fueran conscientes en caso de necesidad”, explica Revilla.

“Se les contó, como si fuera un juego, cuándo debían salir corriendo”

- Mónica Revilla, portavoz de Aldeas Infantiles

Esas familias llevan ahora más de un mes sitiadas. “A las dos semanas, ya había problemas de salud mental”, dice Revilla. “Esos niños que estaban en sótanos ya tenían miedos, pesadillas, ya no querían ir a hacer pis si no les acompañaban”, relata. “Cuando estás sometido a una situación de estrés de forma tan continua, es imposible manejarlo”, señala Revilla.

“El infierno dentro del infierno”

Hace unos días, desde Aldeas Infantiles trataron de facilitar su huida por medio de corredores humanitarios informales. “Fue imposible, porque nos tirotearon”, cuenta Mónica Revilla. “Toda Ucrania está llena de sótanos repletos de niños; sótanos heladores donde la temperatura baja a -17ºC por las noches”, describe.

Una de sus compañeras le cuenta que es “el infierno dentro del infierno”, porque “no puedes ni salir ni quedarte” y “te la tienes que jugar de una u otra manera”. “Si te quedas dentro, te mueres de frío y de hambre; si sales, te arriesgas a que te metan un tiro”, ilustra Revilla.

“Ucrania está llena de sótanos repletos de niños, donde la temperatura baja a -17ºC por la noche. Si te quedas dentro, te mueres de frío; si sales, te arriesgas a que te metan un tiro”

Es larga la lista de trastornos que pueden desarrollar esas personas, principalmente esos niños, a raíz de la situación que están viviendo y lo que tienen aún por delante. “Miedos, pesadillas, el sonido de las alarmas… Muchos niños y niñas van a padecer estrés tóxico, una reacción fisiológica adversa que se produce cuando has estado sometido a mucho estrés durante mucho tiempo”, señala Revilla. “Esto se prolonga en el tiempo y puede afectar a nivel neurológico, de crecimiento e inmunológico. Hay que tratarlo como un trauma, porque lo es”, advierte la portavoz de Aldeas Infantiles.

Revilla refiere casos de niños a los que su organización recoge en la frontera, y que pueden pasar “14 horas sin hablar”. “No te dicen nada, ni un hola, por mucho que los recibas con la mejor sonrisa”, cuenta. “Los niños pierden mucho: el sentimiento de identidad, de pertenencia, los sueños”, abunda la portavoz. Dejan de decir: “Cuando sea mayor quiero ser… porque eso ya no lo tienen, dejan de tener confianza en el futuro”, explica.

Una niña ucraniana mira por la ventanilla de un autobús, en la frontera rumano-ucraniana, en Isaccea (Rumanía), el 25 de marzo.
Una niña ucraniana mira por la ventanilla de un autobús, en la frontera rumano-ucraniana, en Isaccea (Rumanía), el 25 de marzo.
DANIEL MIHAILESCU via AFP via Getty Images

Traumas y la “culpa del superviviente”

Principalmente a los que son más mayores también les puede embargar la “culpa del superviviente”, por haber podido escapar de la guerra mientras otros han quedado atrás. Cuenta Mónica Revilla que veinte compañeros de Aldeas Infantiles han podido sacar en los últimos días a 700 niños vulnerables ucranianos y llevarlos a locales de Aldeas Infantiles de países limítrofes.

“Durante la huida, tenían la adrenalina a tope, tenían que reaccionar rápido y salir. Una vez han llegado a Polonia, una vez están seguros, se arrepienten”, dice, y entonces a Revilla se le quiebra la voz. La mujer piensa en el caso de una compañera, que acompañaba a estos niños y además llevaba consigo a dos de sus hijos. “Se fue con dos niños pequeños, dejó a sus padres, a su marido y a otro hijo de 18 años”, explica. Al llegar a Polonia, dijo: “¿Qué pinto yo aquí? Estaba mejor en Ucrania”. La mujer ahora se quiere volver, cuenta su compañera Mónica Revilla.

“La migración arrastra un montón de traumas”, constata la portavoz de Aldeas Infantiles, en contacto permanente con trabajadores de la ONG sobre el terreno. “Dejas atrás todo: tu casa, tu espacio de seguridad, tu familia, tus amigos, tu estatus”, enumera. “Es horrible”.

Vulnerabilidades añadidas

El caso de Ucrania es especialmente delicado, teniendo en cuenta que la zona del Dombás lleva en guerra desde 2014, con lo cual su infancia ha estado estos años “bajo asedio, con más necesidades”. Ucrania tiene, además, una de las tasas más altas de niños que viven en instituciones residenciales, los antiguos orfanatos. “El país tiene prácticamente la misma población que España; mientras que en nuestro sistema de protección hay aproximadamente 52.000 niños tutelados, allí hay 162.000. De ellos, 98.000 están en instituciones residenciales”, ilustra Revilla.

“Es probable que el número real de niños separados que han huido de Ucrania a países vecinos sea mucho mayor que 500”

- Almudena Olaguibel, especialista en Políticas de Infancia de UNICEF

Otro de los aspectos que más preocupan a las organizaciones es el caso de niños que viajan solos. Según datos de UNICEF, más de 500 niños no acompañados fueron identificados cruzando de Ucrania a Rumanía del 24 de febrero al 17 de marzo. “Es probable que el número real de niños separados que han huido de Ucrania a países vecinos sea mucho mayor”, afirma Almudena Olaguibel, especialista en Políticas de Infancia de UNICEF España, que hace hincapié en que estos niños son “especialmente vulnerables al tráfico, la trata y la explotación”.

Este último aspecto preocupa también mucho a Amnistía Internacional (AI). “A hombres que viajan solos con menores de edad no se les está dejando salir de Ucrania, y esos niños se quedan solos, sin ningún tipo de control por parte de las autoridades”, denuncia Virginia Álvarez, experta en refugio y migración de Amnistía. “No hay registros en todos los países, así que esos menores pueden caer en manos de personas no bienintencionadas”, advierte.

“El acogimiento no es fácil”

Si finalmente consiguen llegar a un destino seguro, el proceso y la estancia tampoco serán sencillos. “Los servicios sanitarios, psicológicos y de educación que va a necesitar esta población son importantes, como mínimo, a medio plazo”, destaca Álvarez. “En otras crisis hemos observado que hay una buena respuesta de emergencia, pero en pocos meses estas personas acaban estando totalmente desatendidas, y eso es lo que hay que evitar”, recalca la portavoz de AI.

Por su parte, Mónica Revilla, de Aldeas Infantiles, lamenta el caos en la acogida de familias ucranianas que se produjo los primeros días, antes de que el sistema se formalizara a través del Ministerio de Inclusión y Migraciones.

Revilla teme que las exuberantes muestras de solidaridad del principio acaben en cansancio, decepción o simple encaprichamiento por parte de los particulares que se ofrecieron como casa de acogida. “El acogimiento no es fácil”, advierte Revilla, mientras recuerda la importancia de que los niños permanezcan el mayor tiempo posible con sus madres, ya que sus padres están, en la mayoría de los casos, luchando en el frente. “Al principio, hubo quien fue a recoger gente a la frontera como si fueran lechugas. No se dieron cuenta de que eran personas, y de que necesitan muchas cosas”, concluye Revilla. Entre otras, muy probablemente, “tratamiento psicológico”.

Las imágenes de los refugiados ucranianos en Siret, la frontera de Rumanía