Cuando la invasión cumple su séptimo mes, Kiev avanza en el noroeste y Moscú echa mano de reservistas, tratamos de responder a la pregunta. Va 'spoiler': nadie.
Un soldado ucraniano se toma un selfie mientras dispara un sistema de artillería en el frente de la región de Donetsk, el pasado 3 de septiembre.
Un soldado ucraniano se toma un selfie mientras dispara un sistema de artillería en el frente de la región de Donetsk, el pasado 3 de septiembre.
Kostiantyn Liberov via AP

La invasión rusa de Ucrania cumple su séptimo mes y no hay ni vencedores ni vencidos. Ninguna de las dos partes, atacante y atacado, han cumplido con sus objetivos mínimos en la contienda, lo que podría allanar el camino a una hipotética mesa de negociación. Nada más lejos de ese escenario: los avances ucranianos en el noroeste del país, sorprendentemente rápidos y extensos, han llevado a los rusos a tomar decisiones desesperadas, como la movilización de 300.000 reservistas y los refrendos en el Donbás, una farsa para convertirlos unilateralmente en suelo propio. La previsión es de escalada, aunque es cierto que, a día de hoy, las posiciones de los adversarios no son las del fatídico 24 de febrero.

La guerra se alarga, nada que vez con el relámpago que esperaba el Kremlin, y no es sorprendente. “Ni uno va a renunciar a lo conquistado, porque eso sería una derrota, ni el otro va a aceptar ceder territorio, salvo que lo pierda en la batalla. Queda la guerra, con distintas fases, de mayor o menor intensidad, pero cronificada”, explica el teniente coronel en la reserva José García. La capacidad de aguante será clave, dice, para ver dónde nos lleva esa pugna .“Puede haber acuerdos puntuales, como el de los prisioneros de esta semana, o treguas, como ocurrió en Azov, en mitad de la guerra abierta actual.

Sin embargo, no se puede mantener este ritmo por mucho tiempo, ni con ayuda occidental en el caso ucraniano ni con lo que le resta por poner a Rusia, el segundo mayor ejército del mundo”, indica. El conflicto se puede alargar como en Siria, con cercos dramáticos, pero también con un statu quo fronterizo a base de bolsas, con territorios enquistados dentro de un territorio mayor, como pasaba con Crimea, Donetsk y Lugansk desde 2014 -el militar descarta el símil con Palestina, “demasiado tiempo”-, o incluso un conflicto más largo en el tiempo, como el de Corea del Norte y Corea del Sur, a mediados del pasado siglo. “En cualquier caso, es una guerra civil, con todo el daño añadido que eso conlleva”, remarca, y que se suma a los años de choques previos a la “operación militar especial” del Kremlin.

El vuelco de septiembre

Ucrania no es ya el país invadido por seis frentes, que armaba a sus civiles porque no tenía otra, con un presidente exactor, Volodimir Zelenski, de escasa confianza. Hoy es un adversario con menor potencial que Rusia, es evidente, pero con notable ayuda occidental, que está cosechando los mejores éxitos en estos meses y que ha logrado reconquistar en dos semanas lo que a los de Vladimir Putin le costó unos dos meses. Kiev calcula que ha liberado unos 6.000 kilómetros cuadrados en noroeste a principios de septiembre, aunque ese ritmo se ha frenado, toca asegurar lo retomado. Es el avance más significativo desde la retirada de Rusia de los alrededores de Kiev, en abril.

No sólo es que, con armas extranjeras, formación fuera de sus fronteras y moral alta (fallos de enemigo aparte) se estén aplastando tanques o confiscando municiones rusas, que también, sino que es fundamental que el ejército de Ucrania está haciéndose con zonas sensibles. Destacan las ciudades de Kupiansk, un centro logístico crucial, e Izyum, una plataforma de lanzamiento de ataques rusos, además de una treintena de asentamientos cercanos a estas urbes. Rusia ha dejado a su marcha en esta tierra fosas con más de 400 muertos.

Eso, en la zona de Jarkov. Más al sur, en Jerson, siguen los combates intensos, en la que fue la primera gran ciudad tomada por Rusia, clave si se quiere controlar Odesa, la salida principal de Ucrania al Mar Negro e importante porque de ella depende el suministro de agua de Crimea.

“A tenor de estos datos, la balanza se ha inclinado en estos días a favor de Ucrania, pero no podemos olvidar que toda conquista es frágil, lo obtenido puede perderse de nuevo, que los ucranianos también se desgastan, pierden medios y efectivos y sigue siendo muy complicado enfrentarse a Rusia. No puede haber triunfalismo, no es realista”, incide García. Reconoce que hasta Rusia ha tenido que confesar que sí, que se ha retirado de la zona, aunque lo llame “reagrupación estratégica” y ahí están los testimonios de la prensa internacional independiente, como la BBC, mostrando los arsenales y vehículos rusos abandonados en la estampida. Una imagen humillante. “Pese a todo, un quinto del territorio ucraniano sigue en manos rusas”, apuntala.

Durante los últimos meses, Rusia ha estado redistribuyendo fuerzas desde el este al sur, porque ese era el flanco en el que Kiev iba a atacar, o eso decía. La maniobra de despiste ha funcionado. Ahora ambos frentes son vulnerables para Moscú. La ventaja de artillería que tenía la ha perdido desde la llegada de material externo para las Fuerzas Armadas locales, por más que, insiste el analista, “no ha usado aún todos sus recursos” en efectivos o poder de fuego.

A Ucrania le ha llegado, en paralelo, mucho poderío armamentísticos: primero llegaron los misiles antitanque Javelin (de EEUU) y NLAW (de Suecia y Reino Unido), los cohetes Panzerfaust 3 (Alemania) o los misiles antiaéreos Stinger (también de EEUU), que fueron utilizados por la infantería ucraniana contra las columnas blindadas rusas y sus aviones de apoyo. Luego, Occidente proveyó también a Ucrania con avanzados sistemas de artillería autopropulsada, como los cañones Caesar franceses y Panzerhaubitze 2000 alemanes, y los lanzamisiles HIMARS y obuses M777, ambos estadounidenses, que han servido en los duelos de artillería en el este y también para apoyar las ofensivas ucranianas.

EEUU además envió misiles antiradares AGM-88 HARM, para ser lanzados desde cazas ucranianos. Estas armas están diseñadas para rastrear la radiación emitida por radares y destruirlos, por lo cual permitirían anular parcialmente las defensas antiaéreas rusa y en cuanto a drones, Kiev ha recibido ya modelos como los Bayraktar turcos y los Switchblade estadounidenses.

Potente el salto tecnológico y su alcance, y más que está por venir, porque Kiev quiere que los países OTAN del espacio postsoviético le manden medios con los que ellos sí están familiarizados, más tanques, más blindados, pero la Alianza aún insiste en enviar sobre todo material defensivo y no encender más a Purtin.

Aunque la brecha entre los dos ejércitos se ha reducido, no todo esto necesariamente salva de los nuevos riesgos que implica su avance, sobre todo en el sur, donde los combates ahora son en campo abierto, “muy expuestos”, y mantener la tensión requiere de tropas, potencia, tiempo. Y cuanto mayores sean las ganancias, mayor la exposición de las líneas de suministro. De ahí que el propio ministro de Defensa de Ucrania, Oleksii Reznikov, llame a la prudencia.

Lo que quiere cada cual

Con este panorama, os objetivos iniciales de Putin no parecen realizables hoy. Quería la desmilitarización de Ucrania y hoy está gastando, pero recibiendo también armamento moderno de Estados Unidos, Reino Unido o Europa. Quería deponer a Zelenski, pero se ha convertido en un héroe para muchos. Sí es verdad que ha conseguido que Ucrania ni se piense entrar en la OTAN, una bandera de ofensa que enarboló en las primeras horas de la invasión. Ha tenido que ir reduciendo sus planes y ahora se centra en la defensa del Donbás, que citó expresamente en su mensaje televisado del miércoles, cuando anunció la movilización parcial.

Anhela controlar esos territorios como ya lo hace con Crimea y por eso busca más manos para lograrlo, en paralelo a la nueva vía política que se ha sacado de la manga: la celebración de consultas populares sobre su independencia, convocadas unilateralmente por los prorrusos que controlan la mayor parte de la zona (todo Lugansk, parte de Donetsk). Le dará igual lo que el mundo diga, que es ilegal, que no lo reconoce. Putin asumirá que esa tierra es suya y debe defenderla, y lo hará con todo, dice, amenazando hasta con emplear armas nucleares.

Volodimir, un hombre de 66 años herido en el fuego cruzado, limpia su apartamento destrozado en Kramatorsk, Donetsk, el pasado 7 de julio.
Volodimir, un hombre de 66 años herido en el fuego cruzado, limpia su apartamento destrozado en Kramatorsk, Donetsk, el pasado 7 de julio.
Gleb Garanich via Reuters

Ucrania está en un punto fuerte, con la moral alta, y no cede. Ahora sostiene que quiere todo, recuperar lo perdido desde febrero y más, todo el Donbás y Crimea, en guerra desde hace ocho años. En los primeros meses, incluso desde Occidente se le presionaba un poco para que se hiciera a la idea de perder algo de país, por el bien de las negociaciones que apenas empezaron en Bielorrusia y Turquía y en nada quedaron; eso hoy es impensable. Los de Zelenski están avanzando, demostrando a Occidente que sabe usar sus armas y emplear su dinero, y no es momento de echarse atrás. Y, aún así, están los otros costes, los que afectan a todo el globo, de la crisis alimentaria a la energética, que también presionarán para evitar que esta guerra se empantane más, y eso que viene el general invierno y todo lo trastocará.

Por encima de esas consecuencias de todos, las de quienes sufren el conflicto: se cumplen siete meses con 5.916 víctimas civiles confirmadas por la Oficina del Alto Comisionado de las Naciones Unidas para los Derechos Humanos (ACNUR). Hay 12 millones de desplazados, el mayor éxodo europeo desde la Segunda Guerra Mundial. Las cifras, indica este organismo, serán notablemente mayores, pero aún no se han podido verificar de forma independiente. Se calcula que unos 9.000 uniformados ucranianos murieron hasta agosto, según datos de su propio Gobierno, mientras que Rusia, esta misma semana, ha dicho que sus bajas son unas 6.000. Fuentes de Inteligencias occidentales citadas por medios como The New York Times o The Economist elevan la cifra de estos últimos a entre 25.000 y 45.000. La BBC añade que mil de ellos son oficiales, pilotos, expertos en inteligencia y miembros de fuerzas especiales.

El nuevo escenario

El miércoles se introdujo un nuevo factor en esta guerra: la movilización extra ordenada por Putin, tras la convocatoria de los citados referéndum. Poner al día a 300.000 uniformados que hasta ayer eran civiles, por mucha formación militar pasada, lleva tiempo. Es la tercera movilización que decide Rusia desde la Segunda Guerra Mundial, tras las de Afganistán y Chechenia. Al inicio de la contienda, Rusia destinó a 190.000 efectivos a la zona y luego ha anunciado contrataciones masivas e incentivos económicos para atraer a más manos.

Los reportes del instituto para el Estudio de la Guerra (ISW), con sede en EEUU, insisten en que el proceso puede extenderse por “meses”, que puede generar una tremenda “impopularidad” en las calles de Rusia -ya hay manifestaciones y los detenidos superan los mil- y frente a ese paso se topará Rusia con la unidad de acción occidental. Ya en la noche del jueves, la UE anunció que aprobará un octavo paquete de sanciones, que estaba en el aire y ahora ha recibido el empujón definitivo.

Para el ISW, el anuncio de Putin refleja los “muchos problemas que enfrenta Rusia en su vacilante invasión de Ucrania, que es poco probable que Moscú pueda resolver en los próximos meses”. Los nuevos reclutados, augura, “no generarán un poder de combate ruso utilizable significativo durante meses”, aunque “puede ser suficiente para mantener los niveles actuales de mano de obra militar rusa en 2023, compensando las bajas”. No obstante, matiza, ni eso está “claro”. Lo normal es que los nuevos hombres entren en combate de forma paulatina, así que no espera un cambio enorme en el tablero en breve. Puede que haya ataques esporádicos a la zona de la capital, como muestra de fuerza, o lugares cercanos a la frontera con zona UE, como Leópolis, donde ya no se concentra la lucha, añade.

Y otra cosa es si surten efecto las primeras críticas internas de cierto peso que está recibiendo el régimen ruso, sobre todo por la pérdida de poder, o si las protestas de la calle se tornan un clamor nacional. Los expertos sostienen que romper el “aislamiento” que ahora mantenía a la sociedad alejada de la guerra, con poca información, muy tamizada por la propaganda, supone el riesgo de abrir los ojos, de que lleguen quejas. A ello se suman las dudas del documento que da luz verde a la movilización, demasiado impreciso, que puede ser un coladero para reclutamientos mayores.

También hay que ver si los socios de siempre van más allá de los tibios toques de atención dados hasta ahora: de China, de India y de Turquía. Para el ministro de Defensa de Reino Unido, Ben Wallace, el reclutamiento extra forzoso “significa la confesión del fracaso del plan” de Putin y “ninguna amenaza o propaganda puede ocultar la realidad de que Ucrania está ganando la guerra” y que Moscú está quedando como un “marginado global”, en alusión a esos tiros de fuego amigo.

Zelenski, por su parte, pide mucha más mano dura a sus aliados. “Exigimos un castigo duro (...). Rusia debe pagar”, dijo esta semana en la Asamblea General de la ONU. Quiere más sanciones, un bloqueo comercial, que se rompan las relaciones diplomáticas con Moscú, más restricciones de visados, la creación de un tribunal especial sobre crímenes de guerra y la guinda, la retirada del derecho a voto en organismos internacionales, empezando por el Consejo de Seguridad de Naciones Unidas, del que es miembro permanente y con poder de veto. “Podemos devolver la bandera ucraniana a la totalidad de nuestro territorio. Podemos hacerlo con la fuerza de las armas, pero necesitamos tiempo”, dijo el presidente Zelenski en la misma intervención. Tiempo y dinero y medios. Un paquete demasiado ambicioso si hablamos en términos de realpolitik, pero del que algo puede acabar cayendo.

Putin ha amenazado directamente con armas nucleares y una escalada de esa naturaleza asusta al mundo. Él insiste en que no va de “farol” y hay que prestar atención más a sus actos que a su retórica, pero es una posibilidad que no se puede descartar. “No lo haga, no lo haga”, le avisó el presidente de EEUU, Joe Biden, en una entrevista en la CBS. El Kremlin ha dicho reiteradamente que no tiene intención de emplear esta munición salvo caso de amenaza existencial y se teme que use esa causa si entiende que el Donbás, tras los refrendos falsos, es parte de su país, y que por tanto está siendo atacado por otro estado, Ucrania, con ayuda de países de la UE y de la OTAN. Es la internacionalización total del conflicto. “Occidente ve que sus ayuda está sirviendo a Ucrania, pero no es un cheque en blanco. Esta amenaza está ahí y sus Inteligencias estarán muy pendientes. El alza de precios, la contestación popular, el frío por venir... Todo influirá en el devenir de la guerra”, remarca García.

Habrá que ver en qué medida el aviso es para intimidar o para actuar. Con Putin ya nadie sabe, pero antes tiene mucho que preparar en el Donbás, en lo político y lo militar, y la opción nuclear parece lejos de ser inminente. Tiene por delante el reto de convencer a su gente de que echar más leña al fuego es necesario, de que su país depende de ganar esta batalla que pinta contra Occidente, Ucrania mediante, como Occidente tiene el reto de vigilarlo y atender bien las señales.

Esto está lejos de terminar.

Un hombre, llevado a la fuerza por varios policías por manifestarse en Moscú

Detenciones masivas en las manifestaciones contra Putin en Rusia