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Valle Inclán inventó a Donald Trump

16/02/2017 07:19 CET | Actualizado 16/02/2017 07:19 CET

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Foto: Getty Images.

La fulgurante ascensión y posterior nombramiento de Donald Trump como presidente de los Estados Unidos de Norteamérica, ha puesto muy nerviosas a muchas personas y está haciendo ganar mucho dinero a otras; por ejemplo, a los medios de comunicación que ven con satisfacción cómo aumentan sus beneficios por publicidad con las noticias más escandalosas sobre el personaje.

Trump se ha convertido en un fenómeno mediático que él mismo ha contribuido a crear, demostrando una gran habilidad para escandalizar a determinados sectores de la opinión pública y para conseguir que los medios atraigan la atención sobre su persona. Resumiendo: Donald Trump, vende. ¿Cómo lo consigue?

Por una parte, algunos de sus mensajes tienen razón. Una razón populista, reaccionaria o simplemente fascista, pero razón al fin y al cabo, sobre todo cuando se refieren a determinados vicios del sistema como la ineficacia, la corrupción, la burocracia, la hipocresía y al uso del lenguaje políticamente correcto y profundamente mentiroso que emplean los políticos convencionales, del que la mayoría está más que harta. Es de suponer que denunciarlos "en el lenguaje de la calle" le ha proporcionado un plus de apoyos y votos.

Por otra, Trump no es francés, como Le Pen, ni austriaco, como Hofer, Trump es un capitalista salvaje. La fantasía que proyecta no está basada en la grandeur de la France ni en el pangermanismo, sino en la nostalgia del Medio Oeste en el que los colonos, rifle en mano, construyeron "la tierra de las oportunidades", lo que explica la adhesión de Clint Eastwood a la causa. Aunque a mi modo de ver, a lo que se parece de verdad es a un líder bolivariano. Es verdad que el color de su piel y de su pelo suponen un inconveniente, pero si le pusiéramos un chándal o un poncho, tiznáramos su rostro y tiñéramos su pelo, solo habría que soltarlo en medio de la Pampa o de la selva colombiana para que se obrara la transformación.

El personaje también encaja en la teoría teatral del esperpento desarrollada por Valle Inclán, que consistía, entre otras cosas, en someter la realidad a la distorsión que provocan los espejos cóncavos y convexos con la intención de devolvernos una imagen satírica de nosotros mismos. La irreverencia, la desmesura y la estética feísta de Trump lo hacen acreedor de ese título. D. Ramón pensaba que España era demasiado grotesca para ser trágica -por eso inventó el género-, con la misma lógica, Trump no puede ser un héroe, ni siquiera un monstruo en el sentido clásico, ha de conformarse con ser un esperpento.

Pero no deberíamos olvidar la lección oculta de Valle Inclán: la exageración de la realidad a través del espejo deformado cumple la misma función crítica que la caricatura; somos nosotros mismos quienes nos asomamos al espejo y nos vemos reflejados. En ese sentido, Trump solo es una exageración, un esperpento de la cultura que representa. Aparentemente, Trump se muestra crítico con el sistema, pero en el fondo es su más ardiente defensor. Trump representa la cara más fea del capitalismo, pero él es capitalista hasta la médula, solo que le gusta exagerar, escandalizar y el poder en estado puro.

Trump representa una magnífica oportunidad para que los socialdemócratas acomodados, las feministas de salón y hasta los demócratas liberales, recuperen la capacidad de indignarse.

¿De verdad que hasta su llegada no sabíamos nada de la falta de respeto por los derechos de las mujeres, de los inmigrantes y refugiados? ¿Nada sobre la cruel política de fronteras (como las de Melilla o Gaza, por otra parte)? ¿Nada sobre los kilómetros de muro que ya separaban EEUU de México? ¿No sabíamos nada sobre Guantámano y la tortura? ¿No había actuaciones racistas por parte de la policía? ¿O lo que resulta realmente insoportable es que un tipo como él defienda esas cosas gritándonoslas a la cara?

Trump representa una magnífica oportunidad para que los socialdemócratas acomodados, las feministas de salón y hasta los demócratas liberales, recuperen la capacidad de indignarse. Una indignación que habían tenido que relegar a los recuerdos de juventud, porque los desgreñados antisistema se habían adueñado de ella, pero ahora pueden recuperarla, pueden invocarla en sus declaraciones y hasta en sus conversaciones privadas (menos, quizá, Rajoy, que pertenece a una especie aún por clasificar).

Y ya embarcados en la dura tarea de buscar aspectos positivos a un fenómeno tan lamentable, podemos imaginar que su ignorancia y vulgaridad sean capaces de concitar una coalición de antagonistas heterogéneos que compartan cierta repugnancia por los extremos más desagradables del capitalismo, cierto deseo de ponerles un límite. Según parece, hasta las "grandes fortunas de toda la vida" desaprueban sus modos y maneras.

Algunos ya han empezado a notar los síntomas de esa unidad en las celebraciones familiares. Por fin pueden comer gambas con guacamole con sus suegras, cuñados y hermanos más recalcitrantes sin que terminen peleados por causa de la política. Trump les ofrece un enemigo común a quien atacar. En el fondo se trata un personaje muy conveniente que nos permite reconciliarnos con nosotros mismos. Con un poco de suerte, y muy a su pesar, puede convertirse en el aglutinante de una posición similar a la que dio lugar al famoso Estado del bienestar. Claro que lo ideal sería que su ignorancia y zafiedad fueran suficientes para aglutinarnos en su contra, sin necesidad de meternos en otra guerra.

Si lo hace, si nos mete en un lío, me aventuro a pronosticar que no será con Putin, al que le unen demasiadas cosas como el gusto por los dorados y la lógica de la mafia, sino interviniendo en un conflicto que no entienda, como los de India y Paquistán u Oriente Medio, o en un país cuyo gobernante lo iguale en soberbia y empecinamiento, como Corea. En tal caso, ¡Dios nos coja confesados!