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"El público": ¿Para qué estamos aquí, amor? Para vivir

13/11/2015 07:09 CET | Actualizado 12/11/2016 11:12 CET
Teatro de la Abadía/Ros Rivas

Dice Alex Rigola, el director de esta obra, que se tiene que haber vivido mucho para poder poner en escena El público de Federico García Lorca. Creo que vivido no es la palabra. Se tiene que haber amado mucho, o al menos haber vivido consciente y libremente ese amor, para entender, comprender y representar esta obra encima de un escenario. Y, también, para disfrutarla desde la butaca. En caso contrario, hay que olvidarse de entenderla, y asistir al bello fenómeno cultural de un Lorca producido por el Teatro de la Abadía y el Teatre Nacional de Catalunya, al que ponen una hermosa escenografía Max Glaenzel, y una estupenda iluminación Carlos Marquerie, y voz y presencia actores como el gran Pep Tosar o Irene Escolar, una estrella emergente que llena plateas de gente joven.

Y es que El público es, como el amor, una obra desbordante. Algo que han entendido muy bien en este montaje que ocupa, literalmente, el patio de butacas anulando las dos primeras filas del Teatro de la Abadía en el que se representa. Escenografía que también se expande hacia arriba en forma de un pequeño gran montículo. Y hacia abajo abriendo el foso, algo poco frecuente en este teatro. Un escenario sobre el que se distribuye al numeroso elenco para crear hermosas imágenes. Imágenes que exigen distancia real para ser apreciadas, por lo que lo mejor es comprarse entradas de las últimas filas y esquinadas.

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Foto cedida por el Teatro de la Abadía - Autor: Ros Ribas

Escenario sobre el que se pone una historia de amor poco convencional para su época. El amor entre dos hombres. Aunque lo que realmente subvierte el orden establecido, entonces y ahora, es que se trata de un amor verdadero. Y como tal vivido, lleno de vida. Del que permite disfrutar del teatro de la vida. Todo lo contrario de lo que piden nuestros políticos, empresarios y otros poderosos. Entrañables emperadores, simpáticos matones de barrio, que en la obra aparecen disfrazados de conejitos de peluche ensangrentado, que nos prefieren zombies, muertos vivientes, dependientes de un alquiler, una hipoteca, una subvención, un salario, de alguna droga que dejen pasar a discreción o que promuevan, de algún miedo. Frente a ellos esta obra exige libertad para poder subir la vida, la de su público, a escena. Sino, ni la vida, ni el teatro merecerán la pena.

Una libertad que exige amor, amar, amor, como se dice y se canta por los cuatro costados en esta obra gracias a la música de Nao Albet, cuya interpretación del Solo del Pastor Bobo hace olvidar el que cantaran Morente y Lagartija Nick en Omega, un disco mítico como esta obra. Un amor a los otros que es un amor a nosotros mismos. Un amor desenmascarado. Que no oculte. Un ritual del amor bailado como también se baila y se exorciza en escena, en uno de los momentos más intensos de esta representación. Una obra que señala y pide al espectador que abandone el falso romanticismo del que se ha vestido a Romeo y Julieta, y que viva. Lo que no quiere decir que malgasten su vida. No, en esto la obra es clara, no estamos aquí para pasar y perder el tiempo con drogas recreativas.

Video proporcionado por el Teatro de la Abadía - Autor: Eduardo López

Por eso, aunque hay (pocos) momentos en los que este montaje pierde esa vida que reclama, normalmente relacionados con las actuaciones de los más jóvenes (no por falta de técnica sino de experiencia vital), merece la pena ir a ver esta obra. Recoger su mensaje. Llevárselo a la calle, a casa, al trabajo, al cine, al teatro, al fútbol. Donde haga falta. Con la naturalidad, la verdad y la vida que, por ejemplo, muestran en su actuación Juan Codina o Jesús Barranco. Dueños de su vida en escena. Como deberíamos ser sus espectadores, dueños de nuestras vidas, de nuestros amores, y de los verdaderos papeles que todos los días representamos en nuestros escenarios, los escenarios ordinarios de vidas corrientes y anónimas.

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