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'Los vecinos de arriba', vuelve la comedia burguesa de salón

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Foto de Los vecinos de arriba, cedida por Pentación Espectáculos.

¿Está buscando una comedia intranscendente y divertida? ¿Con buenos actores? ¿Bien dirigida? ¿Está buscando pasar el rato de la mejor manera posible? Si ése es su caso, su comedia es Los vecinos de arriba, del goyizado Cesc Gay (el director de Truman), en el Teatro de la Latina.

Se podría decir que es una comedia burguesa. De salón. Siguiendo la pauta marcada por las populares comedias de Yasmina Reza, sobre todo de Un dios salvaje, trata de dos parejas de vecinos que quedan en casa de una de ellas para hacer un pica-pica, forma común de decir picoteo en Cataluña.

Todo es amable, dentro de la amabilidad que se pueden mostrar unos vecinos. Piense en usted mismo y sus queridísimos vecinos, por poco que haga que los conoce. Incluso es amable la manera en la que una de las parejas hace una propuesta que descoloca a la otra y hace reír al respetable con sus reacciones, en cierto modo adolescentes.

Propuesta que pone en solfa las convicciones y, lo que es peor, las costumbres de la pareja protagonista. La más arquetípicamente burguesa. Ella tiene una tienda y cuida a la niña. Él, marido cascarrabias y gruñón, interprete o compositor musical frustrado, se gana el sueldo como profesor de conservatorio. Perfecta excusa para poner una nota cultural, hablando, por ejemplo, de Beethoven.


Vídeo de Los vecinos de arriba, cedido por Pentación Espectáculos.

Pareja igual de arquetípica que la escenografía. Trasunto de casas de estilo Ikea con toques de Habitat. Lugares en los que pasa la vida, nuestras vidas, las de verdad. Verdad que consiguen los cuatro actores gracias al cariño y la profesionalidad con los que defienden a sus personajes.

El mejor ejemplo es Candela Peña, que de ser cierta la imagen pública que se tiene de ella, interpreta a un personaje que le pilla lejos, por actitud y carácter. Y lo hace de tal manera que uno se olvida de la actriz y sólo ve al personaje que interpreta. Capacidad que también tienen sus compañeros pero que es menos evidente al ser menos conocidos.

Así, entre frustraciones y liberaciones, la clase media de cierto nivel y cierta cultura se ríe de sí misma. Con complicidad y sin ánimo de cambiar un ápice. ¿Para qué? ¿Con lo bien que le salen los chistes?

Y el espectador, independientemente de su clase social, ríe. Y las risas traen los aplausos de agradecimiento. Y los aplausos, la cara de felices y contentos. Y con todo lo anterior, la recomendación boca-oreja responsable de que la taquilla no les vaya nada mal y de que, poco a poco, les vaya yendo bien o muy bien. Que si ya hacer reír es difícil, no se hable de hacer caja en el teatro.