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Sabias y heroínas

25/06/2012 10:24 CEST | Actualizado 24/08/2012 11:12 CEST

El penúltimo presidente del National Economic Council del Gobierno norteamericano, Lawrence Henry Summers, en un discurso pronunciado en 2005 en la universidad de Harvard, que entonces presidía, afirmó con mucha convicción que la escasa representación de las mujeres en la ciencia se debía a causas biológicas.

Se organizó un notable revuelo, que traería como consecuencia su dimisión de la presidencia de esta prestigiosa universidad y su vuelta a actividades más lucrativas en Wall Street, desde donde sería repescado por el presidente Barack Obama.

El editor de la revista cientifíca The Journal of Clinical Investigation comentaba entonces esta tesis del señor Summers en estos términos: "Quizá el Dr. Summers piensa que pueda haber un gen en el cromosoma Y que se activa en el proceso de transición de profesor titular a catedrático".

La afirmación de L. Summers se produjo en un acto académico de una de las mejores universidades del mundo, en el país que cuenta quizá con el movimiento feminista más activo y organizado y, además, en este siglo XXI, que consideramos como el fin de la historia, de puro ilustrado y paritario.

No estamos hablando, pues, de viejas injusticias históricas, sino de una opinión todavía dominante, que trae como consecuencia el ninguneo de la mitad de la población por parte de la otra mitad, lo que tiene también su correlato en la ciencia.

Estas injusticias no son de ahora. El Comité Nobel se había dirigido a Henry Becquerel y a Pierre Curie para anunciarles la concesión del premio y Pierre Curie dijo que su mujer Marie lo merecía, como mínimo, tanto como él, y así obtuvieron los tres el premio Nobel de Física en 1903. Con los 15.000 dólares del premio, los esposos Curie hicieron un poco de todo, pero la decisión probablemente más útil, fue la de instalar una bañera para la familia.

Pierre Curie murió atropellado en 1906 y Marie Curie que le sucedió en la cátedra, siguió adelante con sus investigaciones y la crianza de sus hijas y en 1910 obtendría su segundo Premio Nobel, esta vez de Química, ya sin la sombra tutelar de su marido. Por cierto, su hija Irene también acabaría obteniendo el premio Nobel.

No es este el único ejemplo de que las mujeres resulten trasparentes en la ciencia: Rosalind Elsie Franklin ha sido quizás una de las grandes biólogas moleculares del siglo pasado y si no se hubiese muerto prematuramente de cáncer de ovarios, podría haber aportado otros descubrimientos importantes a la ciencia.

Su padre estaba empeñado en que no estudiase ciencias, porque le parecía impropio de una señorita, e hizo todo lo que pudo para disuadirla; sus colegas la ignorarían hasta el desprecio: cuando Wilkins regresó de un viaje y se la encontró en el laboratorio como investigadora principal de un proyecto, la trató como una simple technician, lo cual no es extraño, porque en la universidad de Cambridge los comedores eran utilizados solo por hombres y también eran solo hombres los que se reunían por la tarde a tomar unas pintas de cerveza en el pub, y a comentar cómo iban sus cosas. Excluida de todos estos foros, no es nada raro que Rosalind resultase una desconocida para Wilkins, a pesar de que sus fotografías de la molécula de ADN (la célebre fotografía 51, obtenida por difracción de rayos X) sirvió a Watson como determinante para dilucidar la estructura doble helicoidal de la molécula de ADN de Watson y Cricks.

Curiosamente en el mismo número de Nature en el que Watson ofrece la primicia sobre la molécula de ADN, aparece otro artículo de R. Franklin, pero como simple "supporting article", o sea, que por fin habían conseguido sus colegas ponerla en su sitio, a saber, por debajo de la contribución y el reconocimiento de la aportacion de los hombres.

R.E. Franklin murió de cáncer en 1958. Cuatro años después, en 1962, Watson, Cricks y Wilkins obtuvieron el premio Nobel por su revolucionario descubrimiento. Nadie recordó a R. Franklin.

No murió prematuramente, para bien de todos, Rita Levi Montalcini, que ha superado la barrera de los cien años y sigue dando guerra como senadora vitalicia en Italia, en su papel de vox clamantis in deserto, "la voz que clama en el desierto".

Turinesa de familia sefardí, su padre se empeñó también, como el de R. Franklin, en que no estudiara, para que fuese en el futuro una buena esposa y una buena madre. Rita, viendo precisamente el contraejemplo de su esclavizada madre, decidió permanecer soltera toda su vida y dedicarse a la investigación científica.

Ya doctora en medicina, ocurrió que el Manifesto della razza de Musolini prohibía trabajar a los judíos y ella se montó primero un laboratorio en su propia casa y posteriormente consiguió emigrar a Estados Unidos, donde pasaría gran parte de su vida activa. En 1986 obtuvo el premio Nobel de medicina y cuando volvió a Italia, fundó un European Brain Research Institute en el que, por cierto, trabajan sobre todo mujeres.

Soltera vocacional, feminista militante e izquierdista por puro raciocinio porque, según ella, la culpa de las grandes desgracias del ser humano la tiene el hemisferio derecho del cerebro: "es la parte instintiva (...), la menos desarrollada y es la zona a la que apelan los dictadores para que las masas les sigan". Quizá deberíamos creerla, porque entiende mucho de las dos cosas, del cerebro y de dictadores.

Hace unos años la Unión Europea publicó un informe sobre la discriminación de las mujeres en la ciencia, basado en un estudio llevado a cabo en treinta países por parte del Helsinki Group on Women and Science. El informe es demoledor y utiliza un símil muy logrado: el flujo del conocimiento podría tener mucha más intensidad, pero es como una "leaky pipeline", una tubería agujereada: las mujeres se van perdiendo por el camino, al abandonar la carrera científica por múltiples causas, y el flujo final llega disminuido.

Excluir o dificultar a las mujeres del cultivo de la ciencia no es, pues, solo una cuestión de injusticia, sino de falta de inteligencia. Quizás haya llegado el momento no solo de reparar el "leaky pipeline", sino de sustituirlo por otro más acorde con los nuevos tiempos.

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