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El patriarcado del mundo de la ciencia y las tecnologías

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¿Por qué hay tan pocas mujeres científicas, ingenieras, expertas o líderes en las tecnologías de la información, cuando al mismo tiempo tenemos más mujeres que hombres con estudios universitarios? Vivimos en la sociedad del conocimiento y la información, en la que lo importante no es el músculo, sino el cerebro; en la que el conocimiento y la información acumulados en plan enciclopédico, solamente nos sirven si somos capaces de averiguar lo que necesitan las personas, las empresas, los países y de utilizar estos conocimientos y tecnologías para superar las desigualdades.

Es cada vez mayor la evidencia científica sobre las ventajas de los equipos que integran a mujeres y hombres: tienen más inteligencia creativa y esto favorece la capacidad innovadora y la obtención de mejores soluciones. Una investigación de Woolley et al. (2010) en Science demuestra que la inteligencia colectiva de los equipos no depende de la inteligencia individual de cada uno de sus miembros, sino que está directamente relacionada con la calidad de los procesos de interacción social dentro del grupo, que a su vez está correlacionada con la proporción de mujeres en el mismo.

La gran paradoja es que existe una enorme reserva de mujeres científica y técnicamente preparadas para abordar los retos a los que se enfrentan nuestras sociedades, pero el mundo de la ciencia y la innovación es todavía muy masculino.

Al igual que el capitalismo se reinventa constantemente con nuevas fórmulas para hacer frente a los avances y desmontar los derechos conseguidos por la clase trabajadora, el patriarcado también se reinventa y cuando creemos que las mujeres ya estamos en todas partes en pie de igualdad con los hombres, porque las leyes así lo establecen, la realidad no avanza.

Predominan prejuicios y estereotipos, culturas y estructuras de poder y dominación, que son aparentemente neutrales ya que se legitiman en la búsqueda de la excelencia -queremos a los mejores- y el talento - el que vale llega-. Sin embargo la propia definición del talento y la excelencia la llevan a cabo pequeñas élites masculinas, que aplican códigos de conducta masculinos que dificultan el acceso de las mujeres a los ámbitos desde los que se está diseñando el futuro de la humanidad.

Este desequilibrio no es un fenómeno aislado, sino extendido a nivel europeo e internacional, por lo que podemos considerarlo como un rasgo estructural de la desigualdad de género.

La sociedad en general no percibe que esta situación sea un problema y se suele interpretar que si no hay más mujeres en la ciencia y la tecnología es porque no les interesa, porque no se esfuerzan tanto como los hombres o porque es incompatible llevar adelante una carrera científica, o ejercer un puesto de responsabilidad de alto nivel en la investigación, si al mismo tiempo hay que cuidar a hijos pequeños, enfermos o personas mayores.

Es necesario reflexionar sobre algunas cuestiones candentes.

¿Por qué en la adolescencia las chicas se sienten más atraídas por las humanidades, las ciencias sociales y ciertas profesiones sanitarias, mientras que los chicos prefieren las tecnologías, y por qué tanto a ellas como a ellos les resulta tan difícil sacar los pies del tiesto?

Si en algunas empresas TIC más innovadoras predomina una cultura que valora la diversidad de género y aplican medidas de igualdad y de conciliación, por qué en las empresas más tradicionales, por el contrario, basta con la igualdad de oportunidades -el que vale, llega-. Las mujeres confiesan que no llegan porque es muy difícil superar los problemas de conciliación trabajo/familia, los estereotipos de género, la cultura masculina de dedicación full time -24 horas/7 días a la semana- auténticas barreras a su permanencia y promoción en estas empresas.

Una barrera clave para la igualdad de género, pero también una rémora para la competitividad, es la concepción excesivamente masculina y tecnológica de la innovación, centrada en el progreso de la alta tecnología, mientras toda innovación femenina, social y compartida queda relegada a un segundo puesto. Por ejemplo, la introducción del ordenador portátil en la escuela primaria no sería posible sin el esfuerzo innovador de las maestras, que con su creatividad están supliendo las carencias de proyectos diseñados exclusivamente desde la perspectiva de los artefactos y redes tecnológicos, sin tener en cuenta los costes invisibles y olvidados de la innovación tecnológica.

Pero las mujeres desarrollan sus propios mecanismos de inclusión para participar e incluso cambiar las TIC, haciendo y deshaciendo género a la vez que hacen y deshacen TIC.

En el entorno acelerado e imprevisible de las TIC, donde se desdibujan las fronteras entre el usuario, el innovador y el productor, las mujeres desempeñarán un papel cada vez más fundamental. No olvidemos que las TIC no son solo codificación, sino redes y creatividad; no solo juegos competitivos y ganar, sino innovación, intercambio y aprendizaje. La diversidad de género -más mujeres- y la incorporación de la perspectiva de género, harán más eficiente y más equitativa la ciencia y permitirán devolver a las TIC la mitad de la pasión, la pasión femenina: la intuición, la creatividad, junto con la preparación técnica y la excelencia para liderar junto con los hombres las TIC y la sociedad del conocimiento y la información.

Cecilia Castaño acaba de publicar junto a Juliet Webster, Género, ciencia y tecnologías de la información en la editorial Aresta.

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