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El mundo es de las mujeres, ¿o tal vez no?

04/11/2013 07:16 CET | Actualizado 03/01/2014 11:12 CET

No hace mucho cayó en mis manos un folleto virtual que pretendía recoger los hitos de la política exterior española en 2012. Se trataba en realidad de una loa gráfica al ministro García Margallo, un compendio de fotografías con él en prácticamente todas en un recorrido por varias de sus múltiples visitas y reuniones a lo largo del año. Como cualquiera que sepa algo de comunicación puede confirmar, lo de sacar al jefe en cada foto no solo ya no se lleva, sino que además es contraproducente. Pero al margen de eso, lo que más me llamó la atención fue la escasísima presencia en esas imágenes, y casi de un modo anecdótico cuando la había, de mujeres.

En realidad, no debería sorprenderme. En cualquier debate, seminario, mesa redonda, congreso... en cualquier reunión sobre temas internacionales con una mezcla de académicos, expertos, militares, diplomáticos y periodistas, lo habitual es encontrarse un paisaje de traje oscuro y corbata. Hay excepciones, claro, la nota de color, pero de un primer vistazo uno puede deducir que la acción y el pensamiento exterior en España son cosa de hombres.

Como en tantos otros campos profesionales, sí hay mujeres, muchas y muy válidas, pero son escasamente visibles y rara vez llegan a lo más alto en sus respectivas jerarquías. Es algo tangible en las propias estructuras de las instituciones. En el Ministerio de Asuntos Exteriores, por ejemplo, solo dos de los nueve cargos que dependen directamente del ministro están ocupados por mujeres; solo una de las "casas" (las herramientas de diplomacia pública que fomentan el intercambio y conocimiento con otras regiones) está dirigida por una mujer; no hay ninguna en la presidencia o en la dirección general de los principales think tanks en este terreno, aunque sí varias en los puestos que van justo a continuación.

Las que más difícil lo han tenido tradicionalmente son las diplomáticas; si ya ha sido complicado para la mujer abrirse camino en el mundo laboral, cuánto más en una profesión que te obliga a ir, y a arrastrar a los tuyos, allá donde te envíen. Margarita Salaverría fue la primera mujer que entró en el cuerpo diplomático español, en 1933; luego el franquismo prohibió la presencia femenina en la carrera exterior. El veto no fue levantado hasta 1964, aunque debieron pasar todavía algunos años hasta que, a principios de los 70, María Rosa Boceta Ostos se atrevió a desafiar la práctica establecida y sacó las oposiciones.

Desde entonces la situación ha cambiado considerablemente: en la actualidad cerca de una cuarta parte de los diplomáticos españoles son mujeres aunque, como es habitual, la proporción va disminuyendo a medida que se avanza en el escalafón. El número de embajadoras no llega al 14 por ciento, mientras que casi un 16 por ciento de las representaciones españolas en organismos internacionales es femenino. En su historia reciente, España ha tenido dos ministras de Asuntos Exteriores, Ana Palacio y Trinidad Jiménez; la primera, por cierto, es una de las personas que más apoyan en este país el desarrollo de todo tipo de iniciativas de la sociedad civil en el entorno de las relaciones internacionales.

En un terreno paralelo, el del Ejército, antes coto de hombres, España cuenta ya con un 12,3 por ciento de mujeres -el segundo mayor porcentaje dentro de la Unión Europea, detrás de Francia-. Sin embargo, la proporción desciende notablemente cuando se trata de participación en misiones en el exterior: sólo 81 mujeres (un 4,74 por ciento) el pasado año.

Es cierto que sí hay una mayor presencia en el ámbito académico. Solo un 18% de los catedráticos en el ámbito de las ciencias sociales y jurídicas (el área de conocimiento de procedencia para buena parte de los profesionales en esta disciplina) son mujeres. La cifra asciende a un 46% de los profesores titulares y hasta el 50% o más en el resto de categorías de la enseñanza universitaria (asociados, contratados, visitantes, etcétera). Y aún más entre los alumnos: casi un 67% de los que terminaron en 2011 sus estudios en este campo eran mujeres. Ahora que existe una amplia oferta de postgrados en las diferentes áreas de las relaciones internacionales y, desde 2010, también programas de grado, no hay más que asomarse por cualquier clase para ver que está llena de chicas. Aún así su proyección fuera del terreno universitario, sigue siendo limitada.

Dicha falta de proyección tiene uno de sus reflejos en la capacidad de generar opinión. Un artículo reciente recogía los resultados de un estudio sobre la creación de opinión en la prensa española: la representatividad femenina en prensa escrita, radio y televisión apenas alcanza un 25% de media, mientras que la población está dividida más o menos a la mitad. Dense un paseo por las páginas internacionales de los medios impresos, por Internet, o por los espacios correspondientes en los medios audiovisuales y la proporción a la hora de ofrecer análisis es aún inferior.

Hace unos días la periodista Ana Carbajosa se hacía eco de una pregunta que circulaba por la Red: ¿por qué no hay más mujeres opinando sobre Siria? Mientras son muchas las colegas que se están jugando la vida para informar del conflicto en aquel país, los que "sientan cátedra" en think tanks y medios de comunicación son mayoritariamente hombres. Y aunque el debate tenía lugar sobre todo en Estados Unidos, es aplicable también a España.

Pero no se trata únicamente de una cuestión de números. Se trata, por un lado, de lograr una mayor presencia femenina frente a la práctica y la inercia que han dominado siempre determinados espacios. Ahora que ya no existe traba legal alguna, se impone seguir combatiendo las rutinas. Y se trata también de incorporar a la política exterior aquellas facetas para las que las mujeres suelen estar naturalmente mejor dotadas, como fomentar las relaciones y la cooperación, o utilizar la persuasión sobre la coerción como herramienta de negociación. Para un Estado que basa su acción exterior, necesariamente, en el poder blando, este tipo de cualidades no deberían ser desdeñadas.

Se trata, por último, del eterno debate sobre si las mujeres no son más visibles en este campo, como en otros, y no llegan más arriba porque no quieren o porque no las dejan. Un debate que se ha reavivado a lo largo del último año por la aparición en el mundo anglosajón de diversos libros que abren nuevas vías a las reflexiones sobre el feminismo y sobre el liderazgo femenino, y que ponen en primer plano desde los impedimentos puramente personales a la permanencia de los institucionales.

Está claro que España cuenta ya con un nutrido número de mujeres formadas y con capacidad para pensar sobre las cuestiones del mundo, así como para participar en nuestra acción exterior, ya sea desde el Estado o desde la iniciativa privada. Un país moderno no puede permitirse no aprovechar del mejor modo todo ese capital humano.

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