Eulàlia Lledó Cunill

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Buenas noticias

Publicado: 05/11/2013 07:34

Este artículo también está disponible en catalán.


«Yo estaba cansada de haber conducido todo el camino hasta Dalgleish para ir a recogerle, y de vuelta a Toronto desde el mediodía, preocupada por devolver el coche de alquiler a tiempo, e irritada por un artículo que había estado leyendo en una revista en una sala de espera. Era sobre otra escritora, una mujer más joven, más guapa y probablemente con más talento que yo».


Cuando leí este fragmento del cuento Las lunas de Júpiter de la última premio Nobel, Alice Munro (1931), quise ver un homenaje a Margaret Atwood (1939). Un reconocimiento inspirado en la ironía y en el buen hacer de otra escritora coetánea y, a su vez, Nobel, Wisława Szymborska (1923- 2012).

Aunque esto no empaña ni un ápice la alegría, el júbilo y la euforia, que Munro haya ganado el Nobel probablemente no tendrá como consecuencia que este acto de estricta justicia y buen gusto produzca otro: que lo consiga Atwood el año que viene o el año que sea (la justicia humana suele ser escasa e intermitente). Suerte que la magnífica, sarcástica, inteligente, rebelde y poliédrica obra de Atwood que tanto abarca novela, como cuento, ciencia ficción, ensayo, poesía..., desde el Cuento de la criada a El asesino ciego, de Alias Grace a La novia ladrona, de Ojo de gato a Pagar (con la misma moneda) está bastante traducida y es relativamente asequible. La lectura o relectura de La vista desde Castle Rock y de Asesinato en la oscuridad podría ser una buena manera de disfrutar y de celebrar a ambas autoras.

No se trata de dos canadienses excepciones que confirman que la norma es una empobrecida sarta constituida sólo de escritores. Un poco mayor que ellas, sobresale la obra y la maestría de Margaret Laurence (1926-1987). Otra prolífica autora, creadora de un mundo entero, completo y acabado, que se puede recorrer en los libros que componen la serie de Manawaka. Traducida por Muchnik: Una burla de Dios, Los habitantes del fuego..., hoy seguramente sus libros están descatalogados. Quizás se tendría que recordar que escribió la portentosa Raquel, Raquel, interpretada en la pantalla por la gran Jeanne Woodward en una película dirigida por su marido, por Paul Newman. Carmen Martín Gaite dijo de Laurence: «Provinciana universal, supo habitar el fuego. En los visillos que apartó para mirar el mundo, reconozco los de mi casa de Salamanca». Además de hablar de Salamanca, en sus libros no sólo se rinde homenaje a la genealogía literaria femenina sino que también alcanza a otras artes. En El ángel de piedra, por ejemplo, cita uno de los cuadros emblemáticos de Rose Bonheur conocido como La feria de los caballos.

Cuatro años antes, en 1922, nació Mavis Gallant, otro eslabón de esta rica cadena de ininterrumpida tradición literaria (centrada en este artículo en Canadá). En 2009, tuvimos la suerte, dentro de la errática política editorial de traducciones seguida en este país, de que se versionaran al castellano todos sus extraordinarios cuentos, en un volumen titulado justamente así: Los cuentos. Citar un pequeñísimo fragmento de su espléndido prólogo, puede dar alguna noticia de su obra:

«La distinción entre periodismo y ficción es la diferencia que existe entre contar con algo y no contar con ello. El periodismo recuenta, tan exacta y económicamente como sea posible, el tiempo que hace en la calle; la ficción no considera ese tiempo en particular, sino que da vida a una destilación de todos los tiempos, el clima de la mente. Lo cual no quiere decir que no tenga que ser exacto y económico: se trata de una precisión de distinto cariz».

El Nobel a Munro ha coincidido con otras gestas. Con los nombramientos de Janet Yellen y de Karnit Flug como respectivas presidentas de la Reserva Federal yanqui y del Banco de Israel (a ver si se nota algún cambio; por cierto, los periódicos deberían hacer énfasis, en mi opinión, no en su sexo, sino en la circunstancia de que hasta el momento los presidentes fueran una ristra ininterrumpida de hombres). Ha coincidido con el hecho de que tanto la finalista, Ángeles González-Sinde, como la ganadora, Clara Sánchez, del premio Planeta fueran dos autoras (en este caso lo que extraña es que la prensa señalara que, como en dos ocasiones anteriores (1999 y 2001), se trataba de dos escritoras y no se hiciera mención de las treinta y una veces que ha sucedido a la inversa).

Sea como sea: buenas noticias.

 
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