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Medio siglo de cine: '¿Teléfono rojo? Volamos hacia Moscú', de Stanley Kubrick

22/06/2014 09:53 CEST | Actualizado 21/08/2014 11:12 CEST

El jefe de la base militar de Burpleson, el perturbado general Jack D. Ripper, convencido de un quimérico complot de la URSS y obsesionado por su ideario anticomunista ["No puedo permitir la infiltración, el adoctrinamiento, la subversión y la conspiración comunista. Hoy, la guerra es muy importante para dejársela a los políticos"], dispone lanzar un ataque de bombarderos atómicos B-52 contra objetivos soviéticos, corta las comunicaciones con su base y bloquea el acceso al código secreto que puede revertir su decisión.

telefono rojo

Ante estos hechos, el presidente Muffley convoca una reunión de su equipo de crisis en la Sala de Guerra del Pentágono, invita al embajador soviético De Sadeski, contacta con su homólogo Kissoff [antológica conversación], y, contra la opinión del general Buck Turgidson, partidario de una confrontación atómica limitada, ordena a las fuerzas aéreas que ataquen la base de Burpleson. Allí, el fiel capitán Mandrake intenta inútilmente convencer a Ripper de que deponga su actitud. Este, al verse rodeado y derrotado, se suicida sin proporcionar la clave secreta, la cual, sin embargo, es deducida por el tenaz Mandrake.

El presidente Kissoff comunica a Muffley que, si los bombarderos atacan objetivos en territorio soviético, la respuesta será la activación del artefacto del Día del Juicio Final, una invención nuclear que destruirá toda vida humana y animal durante cien años. Los B-52 son neutralizados, pero uno, el Leper Colony, pilotado por el tejano King Kong (con su típico sombrero Stetson), dañado por un misil e incomunicado, sigue su fatal trayectoria. Mientras, Muffley consulta a su director de Desarrollo e Investigación de Armamento, el parapléjico alemán y exnazi Dr. Strangelove (en realidad Merkwürdigliebe, que es lo mismo), quien explica su teoría sobre la disuasión nuclear y que, en el peor de los casos, se podría recuperar la especie en poco tiempo según un complejo programa de su invención, refugiándose en minas profundas donde no penetre la radioactividad, seleccionando a los más dotados a razón de diez estimulantes mujeres por cada varón. Turgidson, entusiasmado, exclama: "Dejaríamos de ser monógamos".

El Leper Colony, sin combustible, pierde altura y King Kong, cabalgando excitado una de las bombas, se precipita hacia el objetivo. Una cadena de explosiones cubre el planeta, sembrando la destrucción y la muerte, mientras suena la nostálgica canción We'll Meet Again (Volveremos a encontrarnos), cantada por Vera Lynn.

Esta sinopsis argumental, para quien no conozca el film de Stanley Kubrick, puede producir confusión. Basado en una novela de suspense absolutamente seria (Red Alert, de Peter George), Kubrick y sus guionistas la convirtieron en una rigurosa y demoledora comedia de pesadilla, una pavorosa fantasía, una farsa estridente y sobrecogedora en la que el sarcasmo, la sátira amarga e irónica de corte juvenaliano, el humor negro y la fuerza de la invectiva ofician la necesaria catarsis para librarnos del miedo y de la ira, al tiempo que proporcionan toda la intensidad incriminatoria contra la amenaza atómica, la guerra fría y el militarismo. "Esta película no es demencial; lo demencial es que nuestro país [EEUU], supuestamente moral y democrático, hiciera posible la formulación y realización de esta política" (Lewis Mumford, New York Times, 1 de marzo de 1964).

El sentido del humor comienza ya por su título original, Dr. Strangelove or How I Learned to Stop Worrying and Love the Bomb (Dr. Extraño Amor o cómo aprendí a no preocuparme y amar a la bomba), y se extiende por las entrañas narrativas y formales de todo el film. Los nombres de los personajes, como ridículas marionetas, ofrecen aspectos corrosivos: el brutal, paranoico e impotente general Jack D. Ripper evoca a Jack el Destripador (Jack the Ripper); el vehemente y patriótico jefe de Estado Mayor es Buck (macho) Turgidson (indigesto, rimbombante), ridiculización del auténtico halcón, el general Curtis LeMay; el embajador soviético es De Sadeski en homenaje al gran marqués; el propio presidente sería un "coño tenebroso" (Murkin Muffley); el necio coronel Bat Guano, una "cagada de murciélago". Y el bombardero causante de la tragedia, una "leprosería" (Leper Colony). Kubrick se justificó: "Quise ser satírico e injurioso hasta la vulgaridad".

La mordaz utilización de temas musicales comienza al simultanear la sobreimpresión de los títulos de crédito con la explícita cópula aérea de un bombardero y su avión nodriza, mientras suena Try a Little Tenderness (Prueba un poco de ternura); prosigue con el vuelo suicida del B-52 a través del cielo polar al son de la marcha sudista When Johnny Comes Marching Home (Cuando Johnny viene andando a casa) y la westerniana Riders of the Sky (Jinetes en el cielo), y culmina con We'll Meet Again (Volveremos a encontrarnos... no sé dónde ni cuándo, bajo el sol) ironizando sobre las mortíferas nubes radiactivas del holocausto nuclear.

Las referencias a la sexualidad colman esta obra maestra de Stanley Kubrick. Además de las contenidas en los nombres de los personajes, son significativas las que abren y cierran el filme: el apareamiento coital del avión nodriza con un bombardero y el siniestro orgasmo final, simulado por la cadena de orgiásticos hongos nucleares [imágenes procedentes de documentales sobre Hiroshima y de ensayos británicos en Christmas Island]. Toda la secuencia con el general Ripper es un compendio de alusiones genitales: su obsesión por los fluidos corporales y su negativa a eyacular; el simulacro felatorio con el cigarro-puro y la función fálico-simbólica de la ametralladora y la pistola con la que se suicida. La relación de Turgidson con su secretaria-amante ofrece un sugerente juego polisémico que vincula armas y sexo. King Kong, el comandante del bombardero que se entretiene leyendo Play Boy, personifica la lujuria primitiva: ver sus comentarios sobre el kit de supervivencia y el extático alarido cabalgando la priápica bomba, que en su trasero lleva pintada la insinuación homosexual Hi There!

Mención aparte merece uno de los tres personajes genialmente interpretados por Peter Sellers, el Dr. Strangelove [los otros dos son el presidente Muffley y el capitán Mandrake; inicialmente eran cuatro (el piloto King Kong) pero el actor británico desistió por las dificultades con el imprescindible acento tejano]. Este neurótico belicista y antiguo nazi recuperado por la política norteamericana, que saluda brazo en alto al presidente al grito de "Mein Führer!", surge en el último tercio del filme y enseguida acapara todo el protagonismo gracias a su discurso sobre el proyecto fascista de recuperación de la especie, programado "con factores como edad, salud, fertilidad, inteligencia", e impartiendo valores de "liderazgo, tradición y patriotismo". Gran parte de estos diálogos están inspirados en un informe de Henry Kissinger sobre el armamento nuclear.

En plena guerra fría, en el año del asesinato de Kennedy [el estreno se retrasó varios meses por este motivo], una película cuyo impacto cómico se basaba en la transgresión de la lógica -lo que no puede suceder, acontece- y que sugería que el Gobierno de los EEUU estaba en manos de una cuadrilla de psicópatas, no podía gozar de favor alguno. Los Oscar la ignoraron y el Washington Post denunció: "Ningún comunista podría pensar en una película antiamericana más efectiva que esta para difundirla por el extranjero".

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Stanley Kubrick en el rodaje de Eyes Wide Shut, en 1999.

(Bibliografía selecta sobre Kubrick: Michel Ciment, Kubrick, Akal, Madrid, 2000; John Baxter, Stanley Kubrick, T&B Editores, Madrid, 1999; Esteve Riambau, Stanley Kubrick, Cátedra, 1990; Jerold J. Abrams, La filosofía de Stanley Kubrick, Biblioteca Buridán, Barcelona, 2012; Norman Kagan, El cine de Stanley Kubrick, Lumen, Barcelona, 1976; Vincent LoBrutto, Stanley Kubrick: a biography, Da Capo Press, Nueva York, 1999; James Naremore, On Kubrick, British Film Institute, Londres, 2007; Varios autores, Dossier Stanley Kubrick, Positif nº 464, París, octubre 1999; Enrico Ghezzi, Stanley Kubrick, Il Castoro, Florencia, 1977.)

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