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Algunas verdades (las mías) sobre la universidad

13/11/2013 07:37 CET | Actualizado 12/01/2014 11:12 CET

Probablemente no se me habría ocurrido escribir este artículo si dos personas a las cuales profeso gran respeto, Moisés Naím y David Trueba, no hubieran hecho lo propio bajo el lema: Mentiras sobre la universidad. Tras leer sendos artículos me veo en la necesidad de aportar algo más sobre el tema. Me gustaría, sin embargo, abordarlo de una forma algo más positiva: me gustaría hablarles sobre las verdades (las mías, por supuesto) acerca de la universidad.

La universidad no es, por sí sola, la panacea del desarrollo

Este sea posiblemente uno de los pocos puntos en los que estoy completamente de acuerdo con Naím: una alta tasa de universitarios no garantiza, por sí sola, prosperidad económica para un país. Esto no significa, sin embargo, que el acceso a una educación superior pueda suponer una pérdida de tiempo. La tasa de ocupación entre los titulados superiores españoles es, de hecho, significantemente mayor que entre las personas con enseñanza secundaria obligatoria (83% frente a 56%). Además, si consideramos las universidades como un lugar donde en muchos casos se genera, comparte y discute conocimiento, puedo imaginar que la mayoría de las personas que han pasado por una de ellas no se arrepentirán demasiado de haberlo hecho.

Si la población universitaria española ha crecido enormemente en los últimos años, situándose incluso por encima de la media europea, sea probablemente debido a la convicción de que no existen alternativas reales y eficientes de formarse profesionalmente sin acudir a la universidad. De hecho tan sólo un 23% de los españoles acuden a la formación profesional, mientras que la media europea se sitúa en el 47%.

La universidad no debe verse únicamente como una fábrica de profesionales calificados, si no más bien como un lugar donde formarse como personas adultas

En consonancia con David Trueba, considero que la mayor aportación que la universidad puede ofrecer es la posibilidad de formar a personas, de ayudarlas a crecer y convertirlas en adultos. En mi segundo año en la universidad, un profesor de químicas exponía lo siguiente: debéis ver los estudios que estáis completando como una forma de aprender una metodología, de aprender a pensar, a ser críticos, esta es la mayor lección que os puede dar la universidad, una herramienta intelectual para vuestras vidas. Si veis los estudios únicamente como un puente hacia una determinada profesión, es posible que os llevéis una decepción.

Es interesante observar que los argumentos de este profesor de químicas coinciden con los del arqueólogo Eudald Carbonell: si la educación no contribuye a incrementar nuestra conciencia de manera crítica es probable que no nos sirva de mucho.

Sucedía, no obstante, que la mayoría de mis profesores no compartían este punto de vista y argumentaban de forma significativamente diferente: tenéis que completar vuestros estudios en un tiempo X, si tardáis más estaréis perdiendo vuestro tiempo porque no conseguiréis un buen trabajo.

La verdad es que, recordando mis años en la universidad, me doy ahora cuenta de que nuestro objetivo era realmente acabar los estudios lo más rápido posible. Para nosotros, la posibilidad de volvernos adultos se vislumbraba después de la universidad. De este modo, muchos estudiantes españoles siguen viviendo hoy en día con sus padres hasta la treintena. Contrariamente, gran parte de los estudiantes de otros países europeos abandonan sus hogares al empezar la universidad y llevan una vida independiente. La fórmula para conseguir esta emancipación temprana, dirán algunos, se debe a que en otros países se dan enormes facilidades económicas a los estudiantes. Si me remito al caso alemán, muchos de los universitarios financian sus estudios a través de créditos del Gobierno que deberán devolver, en parte, una vez acabados los estudios, o a que los estudiantes combinan sus estudios con trabajos a tiempo parcial.

Las universidades sí tienen mucho que aportar a las empresas y a la sociedad, y de hecho lo hacen en muchos países

Las innovaciones tecnológicas que las empresas aplican a sus productos provienen, en muchos casos, del conocimiento que se genera en la investigación básica a lo largo de los años. Esto se conoce como transferencia de tecnología. En algunos casos, esta transferencia se da de forma directa cuando los descubrimientos que se generan en las universidades se utilizan para fundar lo que se conoce como spin off, es decir pequeñas empresas emprendedoras. Una segunda fuente de transferencia de conocimiento se da cuando las empresas tienen proyectos de colaboración directamente con las universidades. Si el conocimiento que se genera en la investigación no se traduce en productos que las empresas puedan desarrollar se debe, en muchos casos, a un claro déficit del proceso de transferencia de conocimiento. Éste déficit puede provenir en muchos casos, como por ejemplo el de España, por el poco interés de las empresas en la investigación universitaria. En otros países, como en Alemania, la empresas valoran y sacan mucho más beneficio de las universidades, hasta el punto que se llega incluso a hablar de cierto abuso de las empresas respecto a la universidades.

Pero las universidades no sólo tienen mucho que ofrecer a las empresas sino también a la sociedad en general. Es interesante ver cómo en algunos países (no en todos) se acostumbra a invitar a profesores universitarios para debatir sobre temas de actualidad en la televisión o cómo algunos de los mismos profesores son asesores empresariales e incluso políticos.

Las Universidades españolas no tienen que envidiar, pero sí que aprender, algunas cosas de las extranjeras (y viceversa)

En sintonía con lo que David Trueba explica en su artículo, creo que existe en España la creencia generalizada de que fuera de nuestras fronteras todo es mejor, también las universidades. Este complejo de inferioridad no es sólo en muchos casos infundado sino además altamente contraproducente. Si me remito a la parcela de la ciencia, que es la que me concierne, tengo que decir que los científicos españoles a los que he ido conociendo durante estos años demostraban, en general, un alto nivel de conocimientos, en ningún caso por debajo de la media de otros colegas europeos. En mi opinión, las carencias de las personas formadas en España no son de índole académica sino más bien endémica. Me explico: a los españoles no se nos educa para presentar en público, para defender y argumentar nuestras tesis, proponer ideas, llevar la iniciativa. En otras palabras, a nuestros estudiantes no se les enseña a usar las herrramientas que están a su alcance para convertirse en personas adultas e independientes. Seguramente, buena parte de la culpa la tengan, como Naím y Trueba bien explican, la masificación en las aulas y al adormilamiento de muchos profesores.

España está regalando su capital humano, tal vez de forma irreversible

Según estudios recientes, casi el 90% de los españoles que abandonan el país tienen estudios superiores. Además, hoy en día hay más estudiantes Erasmus que nunca. Esto puede ser uno de los factores que contribuya algún día a cambiar la mentalidad que impera en nuestras universidades, siempre que estas personas decidan volver a España.

Ayer mismo volvía de viaje y oía a dos estudiantes Erasmus españoles que se quejaban de que el Ministerio de Educación, Cultura y Deportes (un solo ministerio para temas tan diversos dice mucho sobre un país o un Gobierno) había decidido unilateralmente derogar las becas Erasmus. Aunque desde Bruselas hayan obligado al ministerio español a echar marcha atrás en esta decisión, no creo que este intento vaya a motivar a muchos de los estudiantes a volver a un país que les ha tratado así. Y, por desgracia, los estudiantes pueden no ser los únicos.

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