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El robot con un récord Guinness que no sabe bailar

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Miles de robots idénticos consiguen en China un récord Guiness bailando a la vez al ritmo de la música.

Bob se mueve al ritmo de la música, sincronizado con precisión milimétrica con los demás participantes de una coreografía brutalmente multitudinaria. Al terminar la música, Bob se detiene en seco, se queda petrificado, rígido, inexpresivo, sin respiración, al igual que todos sus compañeros. Entonces, la jueza de la prueba revisa sus anotaciones una y otra vez, mientras los asistentes fuera de la zona de baile viven momentos de gran tensión, hasta que ésta llega finalmente a un veredicto: confirmado, han batido un nuevo récord mundial. Bob, junto con otros 1006 bailarines y los creadores de la coreografía, volverán a casa con, nada más y nada menos, que un récord Guinness.

Al otro lado del océano, Peter se mueve de forma poco simétrica y armoniosa, casi espasmódica, bajo el influjo del ambiente del local, sus luces, la muchedumbre, los olores y sudores que le rodean, le rozan la piel y penetran sus pulmones jadeantes. Pero, por encima de todo, Peter se siente poseído por la música que toma el control de su cuerpo, le invita a cerrar los ojos y a dejarse llevar por el ritmo, las vibraciones y una melodía que le recuerdan a su primera fiesta adolescente, hace ya muchos años.

Lo que diferencia a Bob de Peter, y de cualquier otro bailarín en este planeta, no es solamente que Bob posea un récord Guinness sino, más bien, que el primero no se ha puesto nervioso antes de empezar su coreografía, no ha sufrido palpitaciones ni se ha preocupado por lo que pensarán y opinarán los demás al verle bailar. Bob no ha sentido tampoco la complicidad de sus compañeros de baile, de sus sonrisas incitadoras, no ha levantado la voz para corear del texto de la canción al llegar al clímax de ésta, ni ha intentado explorar nuevas zonas de la pista de baile. Pero eso no es todo, a Bob el gran premio de hoy no conseguirá ni siquiera alegrarle el día. Y es que Bob es un robot de 43.8 cm de altura llamado QRC-2, idéntico a otros miles de robots de su modelo y serie.

QRC-2 posee un récord Guinness, pero le falta algo que, en realidad, todos nosotros somos capaces de conseguir: sentir el deleite de bailar

Por otro lado, aunque nunca ganará un premio por moverse al ritmo de la música, Peter es capaz de algo que el robot no conoce y que ahora me viene a la mente. Porque en este mismo momento que me encuentro en IFA, una de las ferias de tecnología de consumo más grandes del mundo, y me pongo a bailar con un robot muy parecido a QRC-2, no puedo evitar acordarme de las palabras de la profesora del MIT, Cynthia Breazeal: todavía tenemos que descubrir cuáles son los sentimientos genuinos de los robots. Cierro los ojos e intento imaginarme que ese pequeño robot que tengo delante de mí sí ha sentido algo en lo más profundo de sus circuitos, al moverse al ritmo de la música.

Por desgracia, pese a que considero que mi imaginación es capaz de ello, mi razón me dice que probablemente yo haya sido el único en experimentar emociones al moverme con la música.

Por último, mi empatía me empuja a sentir compasión por la pobre máquina. Porque Bob no conoce algo que yo, Peter, o cualquier otra persona de esta planeta, es capaz de sentir: el deleite de bailar. Por tanto, esta es la historia de un robot con un récord Guinness que no sabe bailar.

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