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Balas contra El HuffPost

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Antes de que El Huffington Post naciera ya había un pelotón de internautas con escopetas cargadas de balas críticas. Nos esperaban con ganas. Y no precisamente para darnos una palmada en la espalda o desearnos suerte.

En realidad, los argumentos que sustentaban sus (muchas veces furibundos) ataques no diferían de los que sufrieron en su momento nuestros hermanos de Francia, Reino Unido y, sobre todo, la casa madre de EEUU. Muchos internautas llevaban en la recámara dos balas de oro: en una habían marcado a fuego la frase "No pagáis" y, en la otra, "Sois un agregador que sólo roba contenido".

El momento más cómico se produjo cuando nos atacaban... al intentar defendernos. Hace un par de meses fuimos nominados a unos premios de periodismo online. En nuestra candidatura, defendida por una estudiante de la Complutense, podía leerse: "El Huffington Post no paga a sus blogueros y se basa principalmente en contenidos "cogidos" de otros". Con amigos como estos, quién necesita enemigos.

De las dos críticas, hay una --"El Huffington Post no paga a sus blogueros"-- que es radicalmente cierta, y otra --"Es un agregador que se limita a robar contenido ajeno"-- que, mucho me temo, no contiene un ápice de verdad.

Los blogueros de El Huffington Post no cobran. Jamás nadie de la empresa lo ha negado. Y, humildemente, creo que eso nos honra: doy fe de que otros medios tampoco remuneran los blogs y callan. Como cualquiera puede imaginar, nada me satisfaría más que pagar cada texto no con 60, sino con 600 euros. Incluso más. Pero The Huffington Post, como marca global, siempre ha defendido que, además de un medio de comunicación puro, es también una plataforma en la que deben escucharse nuevas voces. No es tanto el nombre o la cara: es lo que cada uno de los blogueros cuenta. En muchos casos eran voces que, por muy alto que gritasen, no conseguían llegar a muchos oídos. Con El Huffington Post esa voz inevitablemente se amplía.

Por supuesto cualquiera es libre de publicar donde quiera. Pese a lo que pudiera parecer por lo que se ha escrito o dicho, los blogueros de ElHuffPost no han sentido sobre su sien el frío contacto de una pistola. Son personas libres que decidieron, deciden y decidirán en libertad y consideran que publicar en El Huffington Post les beneficia --obviamente no de forma económica-- de alguna forma. Esas personas merecen tanto respeto como las que buscan alternativas remuneradas. Faltaría más.

Incluso muchos de los que ondean la bandera del periodismo de calidad a través de plataformas por las que no reciben dinero alguno (Twitter, Facebook, WordPress) no dudaron en sostener que los redactores de este medio tampoco percibían un euro por su trabajo. Con una simple llamada --requisito inexcusable del periodismo que con tanto ardor defienden-- hubieran comprobado que esa afirmación es falsa. En fin: que la realidad no te estropee un buen tuit.

Segunda bala, dirigida al orgullo del periodista: El Huffington Post se limita a 'copiar' contenidos ajenos y se 'aprovecha' del talento de los demás. Es absurdo. Ninguna empresa con dos dedos de frente habría contratado a once periodistas para hacer 'ctrl c+ctrl v' con el trabajo ajeno. Económicamente sería un disparate.

El Huffington Post enlaza directamente a contenidos ajenos, a los que reenvíamos el tráfico, sí, pero cuantitativamente representa sólo un 10% respecto a las noticias de elaboración propia que publicamos. ¿Es negativo enlazar a otros medios, por muy competidores que sean? No, nunca. Es la esencia de Internet. En El Huffington Post somos conscientes de que existen informaciones de mucha calidad más allá de sus paredes. Y creemos que nuestros lectores deben conocer ese contenido. Porque nosotros no somos sólo nosotros: somos nosotros en Internet. Y ahí fuera hay mucho y bueno que merece ser leído.

Resultaría mucho más sencillo coger una información que publica otro medio, hacer un refrito y, si acaso en el quinto párrafo, escribir el manido "Según informa...". Es la forma más sencilla de hacer tuya una noticia cuyas medallas, defendemos, deben recaer en exclusiva sobre el medio y el periodista que las sacaron a la luz.

Creemos que es lo más honesto.

Ojalá esas hubieran sido las únicas críticas. Hubo muchas más: quejas por errores cometidos, improperios por pasarnos de jocosos en ciertos titulares, divergencias con algunos enfoques, regañinas por no haber publicado ciertas noticias, broncas por las (demasiadas) erratas con las que hemos martirizado la vista de los siempre pacientes lectores. Nada, en definitiva, que se salga de lo habitual en un medio de comunicación.

Siempre habrá llaneros solitarios que utilicen sus cuentas en Twitter para mofarse de nosotros porque publicamos fotogalerías de gatitos (que, vaya por dios, encantan a muchos de nuestros lectores). Sus mensajes al principio dolían. Luego cansaban y por fin acabamos por ignorarlos. Si lo máximo que nos pueden reprochar es eso, entonces es que, en general, no lo estamos haciendo tan mal.

Un año después estamos convencidos de que nuestra fase beta ya quedó muy atrás. Y que sólo podemos mejorar. Lo haremos gracias a las críticas constructivas, a la fidelidad de nuestra Comunidad, al talento de la redacción, a la opinión de nuestros blogueros y a nuestra voluntad inquebrantable por mantener los tres principios con los que nacimos: informar, informar e informar.

Y si provocamos de vez en cuando una sonrisa, mucho mejor.