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Dos claves científicas sobre el éxito que ya estaban en la banda sonora de 'Flashdance'

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Una de las canciones míticas de los 80 fue escrita e interpretada por Michael Sembello para una imborrable escena de Flashdance. En ella, la aspirante a bailarina profesional Alex Owens se entregaba en cuerpo y alma a un agotador entrenamiento interválico de alta intensidad, o al menos a lo que podría ser su equivalente por aquel entonces.

Mientras Alex sudaba con profusión, Sembello la revestía con Maniac, un tema motivacional y rítmico cuya idea central es ese momento en el que, impulsado por su necesidad de llegar a lo más alto, el empuje del artista lleva su deseo de triunfar hasta la obsesión. Es la zona de peligro, dice la letra, cuando el bailarín se convierte en el baile y el don se transforma en fuego, cuando todo ocurre en el camino entre la fuerza de voluntad del artista y aquello que aspira a ser.

Años más tarde se publicaría mucha literatura sobre el éxito y aparecerían los estudios sobre la práctica deliberada, que es lo que diferencia a los aficionados de los profesionales, a los artistas mediocres de los virtuosos. Y de todas las claves que se han mencionado, hay al menos dos que ya estaban en la escena de la solitaria bailarina a la que Sembello envolvió con su trepidante narrativa.

• El éxito se basa en la repetición. Como en el caso de la bailarina de Flashdance, en la mayoría de los casos es la práctica lo que separa el rendimiento estándar de la ejecución excelente. El dominio superior de cualquier área de conocimiento, sea ciencia o arte, llega cuando se invierten miles de horas en perfeccionar un movimiento, en profundizar en un concepto o en depurar una técnica. Lo que los demás interpretamos como fluidez y naturalidad es, en la amplia mayoría de las veces, resultado de años de experiencia.

• El camino hacia el éxito no tiene por qué ser divertido. En la letra de Maniac, Sembello nos cuenta que la escena en la que la bailarina se entrega hasta el agotamiento transcurre un sábado por la noche. Mientras el resto de la gente de su edad está seguramente divirtiéndose por las calles de Filadelfia, ella repite obsesivamente una y otra vez los mismos movimientos sin que nadie la apoye ni la observe más allá de su perro, cuya atónita mirada denota que probablemente no entiende el porqué de tanta agitación.

Aquella noche de sábado, Alex Owens, de día soldadora en una de las muchas fábricas de la ciudad del acero, entregaba su cuerpo a un sacrificio extenuante a cambio de la esperanza de alcanzar la gloria, recorriendo ese fino alambre que separa la obstinación del éxito, la obsesión de los sueños cumplidos.

Dicen que Michael Phelps afirmó que todo es posible si ponemos en ello mente, trabajo y tiempo. Y la idea clave está precisamente en ese breve condicional. Si entrenamos -o trabajamos- lo suficiente, entendiendo que, por supuesto, ese entrenamiento no tiene por qué ser divertido, las cosas sucederán. Quizá no en el momento que esperamos o no de la forma exacta en la que esperamos, pero sucederán. Algo que Alex Owens sabía muy bien.