BLOGS

Sombras y mentiras alrededor del 'personal branding'

20/03/2014 07:05 CET | Actualizado 19/05/2014 11:12 CEST

Hasta hace bien poco, tener marca y promocionarla era una cosa reservada a las empresas. Como bien nos han enseñado los guionistas de Mad Men, la revolución de la publicidad en los años 50 del siglo pasado hizo que las compañías no sólo se preocuparan de producir un producto bueno y competitivo, sino también de encontrar la mejor manera de venderlo. Porque muchas veces no vale con ser el mejor para tener éxito. Por eso, las grandes firmas de cigarrillos, coches o comida en lata empezaron a dedicar ingentes cantidades de dinero, y las neuronas de muchos especialistas, a mejorar su percepción entre los compradores.

Pero de unos años a esta parte, el marketing de marca se ha extendido al ámbito individual. Los teóricos del personal branding (así se llama el nuevo invento), un concepto que encuentra sus antecedentes en un artículo de 1997 del gurú de las gestión empresarial Tom Peters, lo que nos vienen a decir es que, en un mercado laboral tan complicado y con exceso de oferta, nos las tenemos que ingeniar para dar a conocer nuestros valores diferenciales, proclamar a los cuatro vientos lo que nos hace destacar. Ya no somos fulanito o menganito que trabaja para Coca-Cola o para el Ayuntamiento de Móstoles. Ahora somos nosotros, con nombres y apellidos, los que tenemos que presentarnos como un proyecto personal y profesional con entidad propia.

La llegada de Internet y, sobre todo, de las redes sociales, ha puesto en nuestras manos, nos vienen a decir, utilísimas y muy baratas (o gratuitas) herramientas para dar a conocer nuestros valores urbi et orbi y convertirnos en un líder en nuestro sector, en un profesional a tener en cuenta. Si hacemos las cosas bien y somos perseverantes, los resultados llegarán casi solos: libertad profesional, liderazgo de opinión, mejores sueldos, precios más altos por nuestros servicios, posibilidad de dedicarnos a lo que realmente nos apasiona...

Creo que esta idea de que todos somos una marca personal que debe ser elaborada y difundida en todo momento es en realidad una esclavitud (hay que estar a cada momento en todas las redes sociales y foros imaginables) y, peor aún, está convirtiendo Internet en un guirigay interminable y en un torrente de opiniones repetidas, irrelevantes y prescindibles (quizás como las de este post). En el sector tecnológico, que es en el que yo me muevo, hoy son legión los aspirantes a líder de opinión que para estar a la última hacen refritos de los artículos que unas horas antes ha firmado algún gurú o avispado periodista en la soleada California, que sigue siendo la cuna de esta industria. Internet multiplica los egos y banaliza las ideas.

Además, esa idea de que somos una marca que debemos gestionar y promocionar lleva a muchos a inflar su imagen hasta el extremo de caer en el ridículo y el descrédito. ¿A estas alturas queda alguien por ahí que se crea lo que dicen los currículos del LinkedIn? ¿Y qué hay de esos embriagadores epítetos que adornan las recomendaciones que nos hacen los amigos y los excompañeros de trabajo en esa red profesional, que disparan hasta el infinito nuestras fortalezas y ocultan nuestras carencias? Todavía no he visto una recomendación en LinkedIn medianamente ponderada.

Internet corre el peligro de convertirse en una gran mentira. El otro día me decía una amiga que el becario con el que trabajó hasta no hace mucho, y que ahora anda en el extranjero lavando platos, aparecía ahora en LinkedIn asumiendo las tareas que ella sacaba adelante cuando trabajaban juntos. Si en ese tiempo era mi amiga la que se dejaba la piel organizando eventos y elaborando informes, mostrando con ello claras dotes de liderazgo, ahora, a los ojos de los posibles empleadores y de la infinita audiencia de LinkedIn, es su colaborador el que exhibe estas capacidades. Y sin sonrojo alguno. Todo sea por el personal branding.