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Por qué nos hicimos amigos de un hombre de 90 años

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NATASHA HINDE
Natasha Hinde
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Hace unos días volví de pasar 10 días de vacaciones en Creta (Grecia). Unas vacaciones que me cambiaron la vida. No por el sol, los cócteles o las preciosas puestas de sol. Ni siquiera por la cantidad de gatos a los que pude dar de comer a lo largo el viaje.

Me cambiaron la vida porque conocí a Ken.

Ken (que aparece en la foto de arriba junto a mi novio, Dan) era un anciano que se alojaba en el mismo hotel de Creta que nosotros.

Apareció cuando ya habían pasado dos tercios de nuestras vacaciones. Acababa de llegar del aeropuerto y nos lo cruzamos justo cuando le estaba contando al recepcionista que había estado casado dos veces, pero sus dos mujeres habían muerto.

Por eso, iba a quedarse solo en el hotel.

Durante los dos días siguientes, nos cruzamos con él un par de veces.

Se paseaba por el hotel, pero nadie parecía hablar con él o darse cuenta de que existía. El personal del hotel sí que hablaba con él, claro, pero me sorprendió que el resto de invitados le ignoraran o no repararan en su presencia.

Verlo seguir con su día a día solo me entristecía. Quería hablar con él, pero también contemplaba la posibilidad de que se pensara que era una rara si me acercaba a él y me presentaba.

Una tarde, después de ver que estaba solo en el restaurante del hotel, me abrumó la tristeza. Acabábamos de terminar de cenar y mi novio se daba cuenta de que yo tenía los ojos llenos de lágrimas.

En ese momento Dan me dijo que me acercara y que hablara con él porque, si no, me arrepentiría mucho.

Mientras tanto, Ken se había levantado a por un zumo de naranja. Estábamos a punto de irnos, así que pensé que por lo menos podía ir a saludar.

Se estaba sirviendo el zumo cuando me acerqué y le pregunté qué tal le estaban yendo las vacaciones. Levantó la mirada con una enorme sonrisa, cosa que me tranquilizó inmediatamente.

Me presenté y le dije que Dan y yo íbamos a ir al bar y que si quería pasarse a tomar algo con nosotros. Volvió a sonreír, se rió un poco y me dijo "claro, me encantaría".

Nos sentamos en el bar y pasamos tres horas bebiendo y escuchando la historia de su fascinante vida.

Nos enteramos de que nació en Hackney (cerca de Londres), pero se mudó a principios de los años treinta, cuando tenía 7 años. (De ahí dedujimos que debía de tener 90 años).

Nos contó que dejó el colegio para trabajar en el mercado de exportación de azúcar y que se quedó en la misma empresa hasta que se jubiló.

Descubrimos que la primera mujer de Ken murió repentinamente en su casa mientras los dos estaban sentados en el salón. Era una historia dura, pero, por cómo hablaba de ella, se podía ver lo mucho que la quería.

Ken nos explicó que, después de pasar varios años solo, conoció a su segunda mujer gracias a la sección de amigos por correspondencia de la revista británica Saga, dedicada especialmente a los mayores de 50 años. Vio su foto, le pareció guapa y decidió escribirle una carta.

Se conocieron en persona después de intercambiar varias cartas, se enamoraron y se fueron a vivir juntos poco después. Estuvieron juntos más de 20 años, pero, desgraciadamente, hace unos años ella empezó a encadenar una enfermedad detrás de otra y falleció.

Sus relatos hicieron que me diera cuenta de lo afortunada que soy por contar con gente a la que quiero y que me quiere. Soy incapaz de imaginarme perder a dos personas de esa manera. Fue una experiencia que me hizo pensar.

Después de tres horas de conversación, acompañamos a Ken a su habitación y prometimos quedar con él otra vez antes de irnos. Dos días después (en nuestra última noche de vacaciones), cenamos juntos en el restaurante del hotel y nos lo pasamos muy bien.

Esa noche cenamos y hablamos de las comidas que nos gustaban, además de sobre lo que tenía pensado hacer durante el resto de sus vacaciones (se iba a quedar dos semanas en el hotel).

Hablamos de su hija -que antes tocaba el piano-, de cómo había conocido a sus dos mujeres por carta, de los países que había visitado y de lo que hacía ahora que estaba jubilado.

Ken nos explicó que le encantaba irse de vacaciones, pero que se dio cuenta de que podía ser una experiencia muy solitaria después del fallecimiento de su segunda mujer, especialmente porque muchas personas se aíslan. Ken apreció muchísimo nuestra compañía.

Me alegré de no haberme encerrado en mis asuntos y de haber invitado a alguien a hablar con nosotros. Especialmente alguien tan interesante y encantador como Ken.

Pasé poco tiempo con él, pero aprendí muchísimo y me di cuenta de que hay muchas más personas como Ken. Si todos levantáramos la vista del teléfono, si nos diéramos cuenta de lo que pasa alrededor y si fuéramos más amables y hablásemos más, conseguiríamos que mucha gente se sintiera menos sola.

Publiqué una versión algo más corta de la historia de Ken en mi muro de Facebook y me sorprendió que a más de 1800 personas les gustara y que más de 260 lo compartieran.

Me alegra que haya llegado a tanta gente. Si consigo que una sola persona hable con un desconocido como Ken, mi trabajo aquí habrá terminado.


Este post fue publicado originalmente en la edición británica de 'The Huffington Post' y ha sido traducido del inglés por Irene de Andrés Armenteros.

 
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