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Internet es la nueva frontera de la libertad y nuestros políticos hacen oídos sordos

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Internet ha monopolizado en 2012 los titulares de la política. Cada vez son más numerosos los dirigentes que comprenden que la tecnología les puede ayudar a gobernar con mayor eficacia y a lograr sus objetivos. Las empresas tecnológicas acaparan las primeras páginas de los periódicos y todos nosotros hemos podido ver el papel que han tenido las redes sociales en el éxito de la Primavera Árabe. Sólo estamos ante síntomas de una tendencia de mucho más calado.

Internet y la libertad digital ya no se consideran superfluos artículos de lujo o un modo de entretenimiento. Se están convirtiendo en parte intrínseca de la identidad de las jóvenes generaciones. Han pasado a ser la norma en vez de la excepción.

Para las jóvenes generaciones, su imagen digital refleja mejor sus afanes vitales que su modo de vestir o los artilugios que posean o sus relaciones familiares. No puede pasarnos desapercibido.

Decirles a los jóvenes que no pueden acceder a la música o a los contenidos que deseen es como si le hubieran dicho a mi generación que los libros estaban prohibidos o que las mujeres no podían llevar pantalones.

Es por ello por lo que proyectos de ley estadounidenses tales como la SOPA (Stop Online Piracy Act) o la PIPA (Protect IP Act) resultan de repente políticamente inaceptables. Son esas mismas reticencias las que han provocado acciones a nivel internacional contra el ACTA (Acuerdo Comercial Antifalsificación).

En muchos países, Alemania entre ellos, los llamados "partidos pirata" están cobrando cada vez más fuerza. La existencia de esos partidos demuestra que no estamos asistiendo a una simple reacción contra una ley o contra un gobierno concretos, sino que estamos ante una auténtica ola de protesta.

El movimiento digital es para nuestra juventud lo mismo que representaba el movimiento ecologista para la generación de mayo del 68 o la del baby boom. El movimiento ecologista, que en un principio estuvo en manos de marginales y radicales, ha acabado transformando el modo en que empresas y políticos ven el mundo. Y yo me incluyo entre ellos.

El movimiento ecologista tuvo éxito porque se basaba en una verdad insoslayable: que el medio ambiente sí importa. También tuvo éxito porque una significativa minoría se preocupaba más por ello que por cualquier otra cosa en sus vidas. Al final, consiguieron que los demás también nos acabáramos preocupando por el medio ambiente.

Lo mismo puede decirse de quienes luchan actualmente por defender la libertad digital. Internet se ha convertido en la nueva frontera de la libertad. Se precipita de muy diversas maneras: la libertad de expresión, la reforma de los derechos de autor, la neutralidad de la red... Pero la pasión que tienen los activistas cambiará las cosas.

Uno no tiene por qué estar de acuerdo con todas sus posiciones ni con todos sus objetivos para darse cuenta de que nos están señalando el camino de una gran verdad: que vivimos actualmente en un mundo digital, pero que nuestros dirigentes políticos y nuestras legislaciones siguen yendo a la zaga.

Con cuantos más activistas hablo, y entre ellos incluyo a mis propios jóvenes asesores - mis «ángeles digitales»-, más los veo como una fuerza fundamentalmente positiva. Inundan nuestras vidas con su amplitud de miras, con la imaginación de la gente y con la creatividad propia de la juventud.

Los dirigentes políticos siguen haciendo oídos sordos a su coste y riesgo. Mi intuición me dice que Internet y áreas relacionadas, como los derechos de autor, pronto serán un factor a tener en cuenta en la formación de los gobiernos o en su caída. Y es mi sospecha que el futuro de Europa va a depender de cómo incorporemos ese movimiento para lograr ser más inclusivos y más competitivos.

Yo ya he oído la alerta. Y me ha despertado a la nueva realidad. ¿Y usted?