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Esas mujeres viudas

20/02/2016 09:48 CET | Actualizado 20/02/2017 11:12 CET
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He conocido a unas cuantas mujeres que se quedaron viudas siendo aún muy jóvenes. Mujeres que tenían un proyecto de vida en común con la persona que eligieron, de la que se enamoraron. Y de repente, por una enfermedad o un accidente, todo eso se quebró.

Conozco a una mujer cuyo marido se murió mientras dormía, a su lado, como la protagonista de la obra de Miguel Delibes, como una Carmen Sotillo de nuestros días pero sin retahíla. Trato de imaginar la fortaleza que tienes que tener para superar algo así. Ninguno de los dos había cumplido los 40.

Casi todas tenían hijos. Superaron esas muertes, con mayor o menor dificultad, con ayuda médica o sin ella, tratando de apaciguar los dolores, la rabia, el desasosiego. Tratando de que esos días en los que sólo les apetecía estar en la cama fuesen los mínimos posibles. Haciendo tratos con la soledad, tan puñetera cuando no se la escoge, cuando aparece de una manera tan brusca e inesperada. Sobrevivieron a esa tremenda traición del destino, a esa broma nada graciosa de la vida.

Siguieron batallando. No les quedó otra. Con dignidad. Con sentido del humor, a ratos. De la mejor manera que supieron, o pudieron. Agarrándose a los hijos, a la familia, a los amigos, a los animales de compañía (a esos perros que las obligan a salir a la calle, les apetezca o no, a entablar conversaciones con otras personas que, tal vez en la misma situación, también pasean a sus perros). Escogiendo lo positivo que iban encontrándose en aquel camino solitario.

Ahí están, por todo el mundo, viajando, llenando las salas de cine y de exposiciones, retomando la universidad, apuntándose a clases de cocina, de yoga, de pilates, de cerámica, de escritura, de pintura, de natación, de baile... A clubs de lectura. ¡Cuántas mujeres interesadas en la literatura! Muchas de ellas me contaban estas cosas allí, en aquella pequeña librería en la que transcurrieron algunos de los mejores momentos de mi vida laboral. Y a otras las voy conociendo en los clubs de lectura a los que me invitan para hablar de mis propios libros.

He pensado en todo esto mientras leía Nora Webster (Editorial Lumen), la última novela del escritor irlandés Colm Tóibín. La historia empieza ahí, con esa mujer viuda en una pequeña ciudad irlandesa a finales de los años 60. Viuda y con hijos, como las mujeres de la vida real. No en vano, la novela traza un reflejo de la propia madre del autor durante unos años de su vida. Y lo hace con su brillantez habitual. Con esa manera suya de narrar que hace que no sueltes el libro, que no abandones a los personajes que están narrando sus vidas, que luchan contra las imposiciones del destino, o que disfrutan de ellas cuando toca.

Y en medio de todos ellos, Nora Webster, esa mujer viuda cuyo carácter va cambiando según las circunstancias, que sale adelante, como también lo hacía -en otro sentido- la protagonista de la magnífica Brooklyn, cuya adaptación cinematográfica se estrena estos días en nuestro país. Aquí (como en la mencionada Brooklyn y en la extraordinaria El faro de Blackwater (Edhasa); recupérenla, por favor, en bibliotecas o librerías de viejo, ya que ahora está medio descatalogada) también hay material para una adaptación a la gran pantalla.

Es una novela compleja, pese a su aparente sencillez, repleta de silencios, de matices. Los que va trazando la propia vida con sus vaivenes, con sus trampas, con sus verdades, con sus fugaces instantes de sosiego. O de felicidad. De esa felicidad tan volátil, tan efímera, que casi siempre termina por escaparse de las manos mucho antes de lo deseado.