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El canto de las redes

27/09/2013 07:31 CEST | Actualizado 26/11/2013 11:12 CET

En el mundo de las redes sociales destaca un atributo de las ideas que no fue preeminente en el siglo XX: su capacidad de contagio.

Esa misteriosa capacidad de contagiar nos interesa.

En las redes, la capacidad viral vale más que la carga estética, el poder persuasivo, la erudición, la probación... y muchísimo más que su presunto valor de verdad.

Las buenas ideas en las redes sociales tienen los atributos del SIDA. Contagiosas al extremo y virales por demás. Se multiplican por contigüidad, a la velocidad de la luz y a la escala del planeta. No paran. Nada las para.

Y como el VIH, también están atadas a procesos sociales básicos, esenciales, ineludibles y necesarios. Sexo y felicidad.

¿Qué hace que una idea -digamos, una píldora de producción en la red- se viralice y escale a millones o miles de millones? ¿Qué será?

Probaré la respuesta con algunas hipótesis.

Es condición necesaria, aunque no suficiente, que las ideas sean inmediatas. Instantáneas. En las redes, el delay te mata. El delay en la conexión, por supuesto, pero también el delay en el proceso de asimilación. Si hay algo que entender, ya no sirve. Debe pegar. ¡Crash! Y una vez que pegó, detrás y después, tal vez quepa algún proceso de algo, con algún que otro espesor diferente; si es que consigue seguir la ola, entrar en el cono de viento, pegarse a lo que pegó. "Siempre me espían".

Tiene que tener un salto en la continuidad lógica. Generar un efecto de sentido sorpresivo y nuevo. Irrumpir. Disrumpir. No puede ser obvia -quiero decir. Tiene que jugar con la presunta obviedad. Romperla. Como aquella expresión de Maradona de "la mano de dios", que es una idea viral (aún antes de las redes). Quiebra con lo previsible y coloca a dios de su lado, cómplice de su trasgresión. Esa sorpresa, bien hecha, en el momento clave, por quien corresponda, puede viralizar.

Contar dos historias en una, y girar en el momento exacto. Un hombre va al casino, juega, gana millones, sale y se suicida. Esa es la arquitectura de una idea viral. Algo no encaja y algo nos llama. Canto de las sirenas... Enigma. Un apoteósico héroe asesino. Pistorius.

Va contra el sistema y no acompaña al sentido común. Desafía. Desvela. Wikileaks. Desmonta brutalmente. Snowden. Desenmascara osadamente. Nos desnuda. Como mirar al sol de frente. Encandila. Ciega. Activa las defensas del estado mayor y las desvela inútiles. Caen las torres gemelas. Sobredosis de realismo. Inmediatez.

Juega con el peligro. Nos pone en peligro jugando. Como que no se da cuenta de lo que hace. Como si fuera su deporte o su vicio. Gestos adolescentes -que les dicen. Niños bomba; soldados de 12 años de las FARC; avioncitos drones.

Ridículos, obscenidades, cinismos, atrocidades sin velos... goces básicos de la psicología humana. Porno, por supuesto. Sufrimiento ajeno. Instintos de los que nos mueven. Dependencias.

Intimidades inconfesables. Exhibicionismos postergados por siglos.

Lo desopilante. Límites ultrapasados. 150 cirugías estéticas para parecer una Barbie. Absurdos realizados. Insólitos fanáticos. El domador de cocodrilos. Coqueteos tontos, pero extremados. Muere por tomar 50 latas de cerveza en 3 horas en una competencia de tomadores de cerveza en Arizona. 100 hamburguesas y lo mismo. Se tropieza dos metros antes de la meta, por saludar.

... ¿Cómo se vincula todo esto con lo nuestro? ¿Cómo hacemos para generar nuestras ideas sociales virales? ¿Por dónde metemos la educación en las redes y contagiamos para que nos acompañen? ¿Cómo desarrollamos por millones a nuestros "amigos del cambio educativo"? ¿Cómo jugamos este juego cargado de trampas? ¿Cómo no jugar este juego cargado de trampas si nos proponemos lo que nos proponemos?; ¿cómo, sin desnaturalizarnos y cómo, si nuestro "natural" no jala?; ¿cómo, sin las genialidades que no tenemos?; ¿cómo, sin el ridículo que no podemos?

Sé que sin impacto en las redes sociales, cambiar las bases estructurales de los modelos educativos imperantes será imposible. Pero también sé que no sabemos construir ese impacto y que nos asusta por todos los lados. Pero no podemos cejar. No hay plan B. Es por ahí, estoy convencido.

Como también estoy convencido de que las redes sociales son una jungla despiadada, ramplona y rapaz que te mata sin piedad y te crucifica sin culpa. Que se contagia de ti, pero no te acompaña. Que es fría y letal. Que si te he visto no me acuerdo. Que te besa en una noche de alcohol y te deshaucia a la mañana siguiente (y tú, con tu amor a cuestas). Que te cambia por otro sin más. Que te seduce y te contagia y todo pasa a ser tu problema. Que no tiene líneas ni éticas, pero que mueve, cohesiona, organiza y late fuerte. Que es irresistible y necesaria. Un canto sensual y terrible.

Hasta que en la suma de menos y de más podríamos concluir que no vale la pena. Pero mi lectura política me dice que no hay otro camino. Que debemos jugárnosla. Que el verdadero y definitivo riesgo es no hacerlo, mantenernos fuera.

La relación entre redes sociales y educación (o redes sociales y escuela) es una relación tibia, tiesa, impostada y menor. Casi como aquella de la educación con la tecnología, pero peor. (Relaciones que serían fructíferas -decíamos en su momento- si no fueran traumáticas.) Las redes sociales son el lado más alejado de la de por sí lejana relación entre tecnología y educación. Son tramas que no se concretan; entramados que no agarran cuerpo.

Tal vez sepamos ahora un poco mejor por qué. Lo que no sabemos -aunque lo sospechamos- es si acaso es posible que la educación y la escuela (la primera, una de las prácticas sociales constitutivas de la sociedad moderna y la segunda, una de las instituciones básicas de la civilización moderna), desconecten con las redes, no exitan o existan muy mal en ellas y todo ande como en canales diferentes...

Me temo que no es posible. Por eso es que todo esto, que de por sí me importa, me importa doblemente.