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'Penny Dreadful': la belleza de la carroña

05/05/2015 07:09 CEST | Actualizado 04/05/2016 11:12 CEST

Más orquídeas salpicadas de sangre: ayer, un día después de su estreno en Estados Unidos, Movistar Series presentó en España la segunda temporada de Penny Dreadful. La serie, lanzada en 2014, se debe al tecleo agudo de John Logan. Guionista de probada versatilidad -salta sin problemas de los inicios del cine en La invención de Hugo (Scorsese, 2011) al último James Bond de Spectre (Mendes, 2015)-, en su exuberante incursión televisiva añade a sus virtudes un espectacular conocimiento de la estética, las ilusiones y los miedos del siglo XIX como metáfora de nosotros mismos.

Bajo los corsés de Penny Dreadful palpitan el sexo, el pecado y los infiernos de una sociedad obsesionada por las apariencias... Y junto a ellos, al ritmo de la hermosa e inquietante banda sonora de Abel Korzeniowski, desfilan vampiros, resucitados, posesos, malditos, etc.; los horrores icónicos de la literatura y la cultura decimonónicas en una mezcla que podría recordar a crossovers como el cómic La liga de los hombres extraordinarios (Moore y O'Neil, 1999-2003). Sin embargo, la yuxtaposición de mitos que propone Logan es más sofisticada: explorar en qué sentido los poderes de cada personaje resuenan en nuestra cotidianidad cuando nos sentimos desplazados o exhaustos bajo la presión del grupo. No en vano, según explica J. A. Bayona, director de los dos primeros episodios de la primera temporada, el propio Logan fue un chico gay y solitario que creció estando un paso fuera de la cacareada e insolente normalidad.

Del mismo modo que el personaje de Vanessa Ives (Eva Green) es la médium, la loca y la ninfómana -el amor y la muerte, en la línea de los dibujos esteticistas de Aubrey Beardsley-, cada uno de los protagonistas explora diversas aristas de una marginalidad con la que, pese a hipérboles, esoterismo y profecías egipcias, es sorprendentemente fácil identificarse. En este sentido, por tanto, Penny Dreadful está más cerca de los patéticos freaks de la cuarta temporada de American Horror Story (Falchuk y Murphy, 2014-2015) que de los héroes de La liga de los hombres extraordinarios.

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Izquierda: "De un neófito y cómo la magia negra le fue revelada", ilustración de Aubrey Beardsley para La muerte de Arturo (1893-1894), © Col. particular. Derecha: Eva Green como Vanessa Ives en la segunda temporada de Penny Dreadful (John Logan, 2015), © CBS Broadcasting Inc.

Pero cuidado, que en Penny Dreadful también hay heroísmo, aunque de otro tipo. Logan ya sabe de qué va el nacimiento del héroe, que estuvo en Gladiator (Scott, 2000), El último samurái (Zwick, 2003) y Coriolanus (Fiennes, 2011). En la serie, su pistolero Ethan Chandler (Josh Hartnett) se va agrandando no gracias a la pericia con el rifle, sino al conjugar el sentido del deber con la sensibilidad, y a la valentía de explorar tanto peligrosas madrigueras como su propia sexualidad o sus sentimientos. Una nueva masculinidad, la de Mr. Chandler, sensual y melancólica como las divinidades del pintor Néstor y su tardío simbolismo.

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Izquierda: Josh Hartnett como Ethan Chandler en la segunda temporada de Penny Dreadful (John Logan, 2015), © CBS Broadcasting Inc. Derecha: Néstor, Sátiro en el valle de las Hespérides (1923), © Col. particular.

En el primer capítulo de la primera temporada parece que la cosa va de cacerías de monstruos, en la línea de Buffy, cazavampiros (Whedon, 1997-2003), Sobrenatural (Kripke, desde 2005) o Grimm (Carpenter, Greenwalt y Kouf, desde 2011), pero a partir de la segunda entrega tanto los planteamientos narrativos como los temas se revelan más complejos. Cada capítulo es un reto distinto -uno es un largo flash-back, otro un homenaje al género de los exorcismos, etc.-, pero todos se hilvanan con unos diálogos asombrosos, con la omnipresencia de la poesía, con la sensación de que el mundo se hunde en un apocalipsis industrial y de que la fatalidad baila junto a los protagonistas como hace la muerte en uno de los célebres autorretratos del simbolista Arnold Böcklin. De ahí que Victor Frankenstein (Harry Treadaway) sea un romántico trasnochado -su referente literario, publicado por Mary Shelley en 1818, también es el más antiguo de la serie- frente a la novedad terrible que reivindica el primer monstruo al que da vida (Rory Kinnear): «soy la modernidad personificada», le espeta.

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Izquierda: Harry Treadaway como Victor Frankenstein en la segunda temporada de Penny Dreadful (John Logan, 2015), © CBS Broadcasting Inc. Derecha: Arnold Böcklin, Autoretrato con muerte violinista (1872), © Foto: Nationalgalerie der Staatlichen Museen zu Berlin - Preußischer Kulturbesitz.

De hecho, quién es el padre y qué debe a sus hijos es una de las cuestiones recurrentes en Penny Dreadful. Logan ya había indagado en la paternidad -en la citada Gladiator, Star Trek: Nemesis (Baird, 2002) y Skyfall (Mendes, 2012)-, pero en la serie alcanza la categoría de metáfora sociológica, porque puede extrapolarse a la siguiente pregunta: ¿qué ha hecho el mundo contemporáneo por sus hijos?

Para responder a la pregunta hay que seguir la serie, pero algo se anticipa en los créditos de inicio, tanto los oficiales como los alternativos, llenos de insectos carroñeros y arañas. La modernidad enseña que junto a la belleza también están lo sublime y lo abyecto. La contemporaneidad son unos ojos devoradores que lo quieren ver todo: ya lo demostró Charles Baudelaire con la hermosa putrescencia de Una carroña (1857) -un poema, por cierto, homenajeado en un flashback relacionado con Victor-. La contemporaneidad son los grandes ojos de Vanessa Ives, rectangulares como dos pantallas, las del cine que se está inventando a finales del s. XIX, y las de la posterior televisión, máximas expresiones del culto a la imagen, el espectáculo y la visibilidad de un presente nacido en la época victoriana. Así, el efectismo visual de Logan resulta coherente tanto con nuestro tiempo como con los mismos penny dreadful del título, aquellas publicaciones económicas que en el XIX causaban furor con sus argumentos llenos de aventuras y sangre, sí, pero también y sobre todo con sus ilustraciones, una de las claves de su éxito.

La fidelidad de Logan fluctúa entre la literalidad y la interpretación erudita: el vampiro (Robert Nairne) se mantiene entre las sombras y asusta, exactamente como sucede en su referente literario, el Drácula de Bram Stoker (1897), y Dorian Gray (Reeve Carney) hace su aparición ante el marco de una pintura, convertido en la persona-objeto que describe la profesora y crítica Camille Paglia en el capítulo de Sexual Personæ (1990) dedicado a El retrato de Dorian Gray de Oscar Wilde (1890). De ahí que las perversidades y perversiones de nuestros tatarabuelos, expuestas tan hábilmente en Penny Dreadful, despierten inevitablemente el deseo de volver a lecturas del siglo XIX. Y también a ensayos tan de referencia como perturbadoramente deliciosos: los de Pilar Pedraza Espectra: Descenso a las criptas de la literatura y el cine (2004) -sobre la mujer muerta- y Brujas, sapos y aquelarres (2014), y el que Erika Bornay dedica a la mujer fatal en Las hijas de Lilith (1990). Cuando algo funciona con la intensidad de Penny Dreadful, abre un apetito insaciable. O, en otras palabras, hace crecer los colmillos. Ahora, además, con diez nuevos capítulos por delante.

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Reeve Carney como Dorian Gray en la primera temporada de Penny Dreadful (John Logan, 2014), © CBS Broadcasting Inc.