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Nunca hablaremos inglés

29/11/2012 08:13 CET | Actualizado 11/10/2013 12:11 CEST

Mariano Rajoy sabe que hablar inglés "is very difficult". Pero es que los españoles nunca nos hemos caracterizado por nuestra facilidad a la hora de aprender idiomas. ¿Por qué será? ¿Tenemos acaso una incapacidad genética que nos lo impide? Desde luego que no. ¿Es nuestra inteligencia más limitada que la de los escandinavos, en cuyos países hasta los carteros suelen hablar en un digno inglés? No me lo parece. ¿Carecemos de motivación? Visto el número de alumnos que hay en las Escuelas Oficiales de Idiomas y en academias privadas, la respuesta es no. Entonces, ¿por qué tenemos tantos problemas con los idiomas? Porque nuestro sistema educativo, desde la guardería hasta la universidad, está pensado para que así sea.

Todo empieza en la universidad, donde se licencian los futuros profesores de inglés, entre otros idiomas. En España un futuro profesor de inglés puede estudiar un Grado de Estudios Ingleses (la antigua Filología inglesa) o Magisterio en Lengua Extranjera. En el primer caso podrá impartir clases en secundaria si se realiza el Curso de Adaptación Pedagógica y en el segundo en primaria.

Los estudios filológicos en España se basan en dos pilares: literatura y lingüística. El Magisterio en Lengua Extranjera se centra en el conocimiento de la didáctica, de la psicología y de la metodología. No obstante, en ambos casos el aprendizaje real de la lengua, es decir, el desarrollo de la competencia comunicativa, queda relegado a un lugar casi anecdótico. De esta manera, en España se puede estudiar Magisterio en Lengua Extranjera y tener más conocimientos sobre la metodología de enseñanza del inglés que del inglés en sí mismo. En otras palabras, se dedica más tiempo a cómo enseñar y no a lo que se enseña, como por ejemplo se observa en el programa de magisterio de la UCJC. En los estudios filológicos ocurre por un tanto. Podemos tener buenos conocedores de la literatura anglosajona pero que tienen 'cierta' dificultad para leer los textos originales. Incluso, en muchas universidades las asignaturas teóricas se imparten en español y no en inglés. Los únicos estudios en los que se concede un papel primordial a la adquisición de una lengua extranjera son los de traducción e interpretación. Sólo faltaría que un intérprete no supiera hablar lenguas extranjeras.

De esta manera, los estudios de los que serán futuros profesores de inglés no garantizan que los estudiantes alcancen un nivel C1 o C2. Si en magisterio se alcanza el B2, es un éxito. Así que, si el nivel de conocimiento de la lengua extranjera es bajo por parte de los profesores, resulta evidente que también lo será por parte de sus alumnos de primaria y secundaria, los cuales alcanzarán un nivel mediocre de inglés, tanto por la capacidad del profesor como por las condiciones de aprendizaje -es difícil practicar una lengua cuando en el aula hay tantas personas- . Cuando se dice que los profesores se agarran a la gramática, al manual y a la pizarra, no es porque no conozcan otra metodolgía, es porque un nivel B2 no permite aplicar un enfoque comunicativo y sentirse seguro en aquello que se está enseñando.

En resumen, los profesores de idiomas son formados sin dedicar especial atención al idioma que van a enseñar. Éstos imparten clases de idiomas con limitaciones, en los centros de primaria y secundaria. Sus alumnos llegan a la universidad donde estudian diferentes carreras pero no mejoran sus conocimientos de idiomas. Posteriormente los antiguos alumnos terminan sus estudios universitarios y vuelven a los centros de primaria y secundaria, donde imparten clases de diferentes asignaturas y donde sus conocimientos de idiomas continúan siendo mediocres. Así se cierra el círculo.

Por lo tanto, pretender en este contexto extender la enseñanza bilingüe en primaria y secundaria no es más que una forma de marketing de las instituciones educativas. No se puede creer que un profesor con un nivel B2 de inglés pueda impartir clases de matemáticas. Su nivel no es suficiente como para que se sienta cómodo impartiendo una asignatura en un idioma que no es el suyo y, seguramente, el alumno ni mejorará su inglés ni entenderá de matemáticas.

Para romper este círculo se requiere empezar la casa por los cimientos. Para subir el nivel en primaria y secundaria, primero habría que hacerlo en las universidades. En los programas universitarios se le debería conceder el debido interés a la enseñanza y adquisición del idioma extranjero, para de esta manera disponer de formadores cualificados que sean capaces de trasvasar sus conocimientos a sus alumnos de primaria y secundaria. También se debería considerar obligatorio el aprendizaje por parte de cualquier universitario de una lengua extranjera hasta como mínimo un nivel B2, sin necesidad de recurrir a Servicios de Idiomas universitarios en los que el estudiante deba pagar.

Lamentablemente, esto requeriría un cambio en los planteamientos por parte de legisladores, administradores y personal docente. Asimismo, también requeriría una mayor inversión económica. Aunque según se observa en el informe PISA, hay muchos países con menos inversión en educación que España pero con mejores resultados. A veces es más importante saber organizar lo que se tiene que pensar en lo que se podría hacer si se tuviera más.

De todas formas, esto es España, y nunca se llevará a cabo una reforma educativa que no sea un juguete en manos de los políticos y dure más de dos años ni se invertirá en educación. Quizá George Carlin tenía razón y hay alguien a quien no le interesa que la gente esté formada y sea capaz de pensar críticamente.

Ahora viene la parte en la que los lectores que sean profesores de idiomas muestran lo escandalizados que están e intentan explicar lo equivocado que estoy y que realmente el problema reside única y exclusivamente en las condiciones de trabajo y no en los profesores, que son (somos) todos fantásticos. Nadie es infalible, pero llevo muchos años en el mundo académico y he conocido a muchos profesores que comparten mi opinión pero que en público nunca dirán que la universidad en la que trabajan forma buenos filólogos con una competencia comunicativa en inglés mediocre o buenos pedagogos que no son capaces de mantener una conversación fluida en inglés. Y eso es lo primero que habría que cambiar. ¿Para qué queremos grupos reducidos y material de sobras si no tenemos lo más importante que es el idioma?

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