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Cinco años de la caída de Lehman Brothers: ¿Qué fue de los empleados de las cajas de cartón?

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Los 25.000 empleados de Lehman Brothers se despertaron el 15 de septiembre de 2008 con un miedo y se acostaron con una certeza: al salir el sol temían perder su puesto de trabajo. Al meterse en la cama estaban en paro.

Hoy se cumple el quinto aniversario del que muchos analistas económicos sitúan como inicio de la crisis económica y financiera que ahoga, aún hoy, a medio mundo. Fue lo que The New York Times definió ese lunes como “uno de los días más dramáticos en la historia de Wall Street”: con una antigüedad de 158 años, el banco de inversión Lehman Brothers se declaraba en bancarrota después de que Bank of America y Barclays rechazasen la opción de compra y de que el Gobierno de Estados Unidos se negase a financiar su rescate.

En cuanto se conoció la quiebra los fotógrafos se lanzaron hacia 745 Seventh Ave, la calle de Manhattan donde tenía su sede central el banco de inversión.

Los objetivos de las cámaras se centraron en dos elementos: primero, en lo poco que dejaba ver el interior de las oficinas, con analistas en reuniones de urgencia y empleados hablando por móvil con cara de circunstancias; segundo, sobre la cinematográfica imagen de los empleados abandonando las oficinas con cajas de cartón. Paradójicamente, muchas de las fotografías captaban a los ya por aquel entonces ex empleados de Lehman con medias sonrisas, gozando de los 15 minutos de gloria que, según Warhol, todos disfrutamos al menos una vez en la vida.

¿Qué fue de aquellos que, en una despejada mañana de septiembre salieron con una mano delante y otra detrás de las oficinas de Lehman Brothers?

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Mohammed Grimeh era responsable Global de Mercados Emergentes en la sede de Nueva York. Hoy trabaja en el banco Chartered Bank como director Ejecutivo y recuerda en Bloomberg cómo vivió ese día: “En algún momento del domingo, entre las 4 y las 5 de la tarde, comenzamos a recibir correos electrónicos en los que se decía que el acuerdo estaba muerto. Nos íbamos a la bancarrota. Fue entonces cuando cundió el pánico. Si el banco entraba en bancarrota, el lunes no podríamos entrar en el edificio. Ese fue el motivo por el que mucha gente acudió al 745 Seventh Ave: para recoger sus pertenencias”.

Grimeh rememora cómo en el interior del edificio algunos empleados lloraban, otros bebían cerveza o fumaban, e incluso unos cuantos tomaban tequila. “El caos era total”, evoca. “Vi a un montón de personas empaquetando sus cosas, llevándose las fotos de su familia. Me di cuenta de que muchas mujeres suelen tener varios pares de zapatos bajo su mesa. No lo supe hasta ese día”.

Poco más de tres meses después de la quiebra fichó por el banco británico Standard Chartered.

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Masa Serdarevic, una bosnia que llegó a Londres con 10 años, recuerda también para Bloomberg ese día. Trabajaba como analista de fusiones y adquisiciones en las oficinas londinenses. Hoy es periodista del diario económico Financial Times.

Se enteró de la bancarrota de su empresa por su madre, que volvía de un viaje de negocios. Cuando llegó a la oficina se sumó a una conference call con la sede de Nueva York: “Ha sido maravillo trabajar con todos vosotros y adiós”, nos dijeron. Los empleados comenzaron a limpiar sus mesas y a reenviar los correos a sus cuentas personales. “Y entonces el sistema informático se congeló”, apunta.

El panorama era igual de caótico que en las oficinas centrales: “La gente paseaba por la oficina con grandes cantidades de comida que habían comprado en el restaurante de abajo con la tarjeta de la empresa”.

De manejar el mercado pasó a escribir de él a través del diario económico más influyente del mundo.

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Henry Dodds era responsable de negocio y analista de equity research cuando Lehman echó el cerrojo. Hoy trabaja como responsable de negocio en Nomura International, la casa de valores japonesa que adquirió Lehman Brothers Europa y Asia en 2008. Horas antes de la quiebra, era de los inocentes que defendía que Lehman era demasiado grande para caer. Así se lo transmitió, con poca fortuna, a su equipo.

Cuando se lo explicó a su mujer esta se quedó en shock y su hija, que por aquel entonces tenía 11 años, le comentó: “Pues parece que no nos vamos a ir a Grecia este año de vacaciones”. Efectivamente, no se fueron.

Reconoce que tuvo suerte porque encontró trabajo de forma inmediata, hasta el punto de que no pasó ni un solo mes sin cobrar. “Nunca lo hubiera podido soñar”, asume.

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Caroline White trabaja en fondos derivados de Lehman el fatídico día. Es de esas personas que, ante un imprevisto, se reinventa. Un año después de quedarse sin trabajo fundó la compañía Suki Shufu, una tienda online en la que se combina la moda con productos relacionados con el Yoga. Como buena profesora en Bikram Yoga, se tomó los primeros rumores sobre la catástrofe con filosofía y tranquilidad.

En las primeras horas se sintió positiva sobre las posibilidades de salvación aferrándose al mantra de que "Lehman era demasiado grande como para caer". Mantuvo esa actitud hasta que se fue a la cama el domingo por la noche. Durmió sin problemas y se despertó a las 5:30 de la mañana escuchando que Lehman se declaraba en bancarrota. “Mi primera reacción fue de shock e incredulidad. No podía creer lo que estaba pasando”, comentó un año después a The Evening Standard.

De ese lunes recuerda la desesperación de sus compañeros ante la falta de información y la orden que recibieron de que se sentaran en su sitio a esperar instrucciones. No podían hacer ninguna negociación. El resto es bastante similar a lo que evocan sus compañeros: empleados haciendo cajas y los guardias de seguridad vigilando que nadie se indignara demasiado. Aprovechó sus ahorros para iniciar su nuevo negocio online, en colaboración con la diseñadora Carolyn Massey. Ahora Lehman es un recuerdo lejano.

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Ya en su nueva vida, uno de sus primeros diseños fue una funda de portátil de piel de cocodrilo cuyo forro era la tela del llamado ‘kit de emergencia’ de Lehman Brothers. Con ello intentó ”reflejar la espiral de pánico en la que cayó el banco de inversión” y constatar "la transición que hice de un banco al diseño de bolsos”.

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Clare Harrigan contaba 28 años cuando todo sucedió y llevaba cinco como analista en Lehman. Cinco años después trabaja en Morgan Stanley en el mismo cargo. Se enteró de la noticia a primera hora de la mañana por el canal de economía de la BBC. Fue un despertar abrupto.

“Nunca imaginé que la Reserva Federal iba a permitir que esto sucediera”. Sus recuerdos parecen de un guión cinematográfico: salió de casa y sintió como vibraba su Blackberry. Era un mensaje enviado desde las oficinas centrales. Cogió el coche con el peso de la ansiedad sobre su cabeza. Cuando llegó a las inmediaciones de la oficina vio un enjambre de periodistas y cámaras de televisión. No podía ser nada bueno. Al entrar en la empresa sus compañeros ya estaban empaquetando sus pertenencias. Ella hizo lo mismo. Recibieron el aviso de que no se les volvería a permitir la entrada y que el correo electrónico corporativo quedaba cancelado.

Se acabó.

La historia de Harrigan pasó del negro al blanco en pocas horas. Durante la semana siguiente recibió hasta dos ofertas de empleo. Se decantó por Morgan Stanley. Y se llevó una enseñanza: “Cosas así te hacen dar cuenta de lo prescindible que eres”.

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Son sólo cinco ejemplos del tsunami de despidos que ha arrasado con el mercado laboral de muchísimos países. Uno de los más golpeados, España, vivió ese día no con la sensación de peligro inminente por contagio, sino con la condescendencia del que se siente seguro de que que eso no puede pasarle. Porque, como señaló sólo nueve días después de la hecatombe de Lehman el presidente del Gobierno, José Luis Rodríguez Zapatero, España “quizá” gozaba del “sistema financiero más sólido de la comunidad internacional”.

El mismo día de la quiebra, el ministro de Economía, Pedro Solbes, aseguró que el impacto de la quiebra sobre España debería ser “muy limitado”.

Cinco años después, Zapatero abandonó la Moncloa entre otros motivos por no reconocer la importancia de la crisis. Y el partido de Gobierno, el PP, celebra como un dato "histórico" que en agosto se crearan 31 empleos.

Son, en parte, consecuencias de lo que ocurrió el 15 de septiembre de 2008.

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