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Regresión o cómo crear falsos recuerdos: los casos reales que inspiraron la película de Alejandro Amenábar

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EMMA WATSON
UNIVERSAL
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El 9 de enero de 1986, y después de una vista preliminar de 18 meses, un juez de California ordenaba el procesamiento de Virginia McMartin, de 77 años, así como de su hija, su nieto, su nieta y tres cuidadoras de la escuela infantil que la anciana regentaba en Manhattan Beach, Los Ángeles (Estados Unidos).

Los siete acusados se enfrentaban a 135 cargos de abuso de niños. Pero más allá de lo abultado de la cifra, aquel no era un caso ordinario de pederastia; además de toda clase de agresiones sexuales y violaciones, los informes de algunos testigos narraban sacrificios de animales, mutilaciones, torturas e incluso la decapitación de un bebé para beber su sangre, todo ello en el marco de presuntos rituales satánicos practicados por la familia McMartin.

El caso McMartin se cerró en 1990 sin una sola condena. Cinco de los acusados, incluyendo a la propietaria de la guardería, vieron retirados sus cargos por falta de pruebas apenas una semana después de la orden de procesamiento; los dos restantes, Peggy y Ray Buckey, hija y nieto respectivamente de Virginia McMartin, fueron finalmente absueltos cuando el proceso reveló que las acusaciones no se sostenían.

PÁNICO SATÁNICO

El juicio más largo y caro de la historia criminal de Estados Unidos fue el caso más conocido de un fenómeno que brotó en aquel país en la década de 1980 y que cobró un inusitado protagonismo en la sociedad. Prácticamente de la noche a la mañana comenzaron a acumularse denuncias sobre prácticas satánicas que involucraban torturas, abusos sexuales, asesinatos rituales, matanzas de niños, canibalismo y otros horrores. La prensa se recreaba en el relato de los casos, que llegaron a describirse como vinculados entre sí a través de una red secreta de satanismo con ramificaciones en las altas esferas de las finanzas y la política, y en la que, decían algunas fuentes, participaban hasta un millón de estadounidenses.

Durante los años 80 y parte de los 90, lo que se conoció como Abuso Ritual Satánico (ARS) copó los periódicos de Estados Unidos, las televisiones, las conversaciones en la calle y la preocupación de las autoridades, extendiéndose a otros países. Sin embargo, jamás se aportaron pruebas de ninguna conspiración organizada, y los pocos casos que llegaron a juicio y resultaron en condenas no tenían, en general, ninguna conexión con cultos satánicos. A finales de los 90 el fenómeno decayó y hoy se contempla como un ejemplo de pánico moral, similar a las cazas de brujas o a la cruzada del McCarthyismo contra la confabulación comunista en la Norteamérica de los años 50.

Pero ¿a qué se debió? El ARS tuvo un claro y reconocido precedente. En 1980, un psiquiatra canadiense llamado Lawrence Pazder y su paciente –después esposa– Michelle Smith publicaron un libro que se convirtió en un best seller. En Michelle Remembers [Michelle recuerda], la paciente narraba cómo la terapia de recuperación de memoria aplicada por Pazder sobre ella la había ayudado a recordar los recuerdos reprimidos de una infancia en la que había sufrido agresiones, torturas y vejaciones a manos de su propia madre y de otros miembros de una secta satánica.

RECUERDOS IMPLANTADOS

El impacto del libro y la posterior publicidad del caso McMartin fueron claves en el brote epidémico del ARS. Sin embargo, pronto las investigaciones comenzaron a cuestionar el relato de Michelle Smith y a acusar a Pazder de haber implantado falsos recuerdos en la memoria de su paciente a través de una supuesta terapia de recuperación de memoria basada en la hipnosis y en interrogatorios coercitivos. De hecho, estos procedimientos fueron regularmente aplicados a las presuntas víctimas y testigos de los casos de ARS, con Pazder actuando como perito en muchos de ellos. Como ejemplo, de los 400 niños interrogados en el caso McMartin, pocos fueron los que inicialmente delataron algún tipo de conducta impropia; tras las sesiones intensivas, hasta 360 niños denunciaron abusos.

La historia del ARS y de las terapias de recuperación de memoria han inspirado el regreso del cineasta Alejandro Amenábar al terreno del suspense psicológico. En Regresión, el director y guionista narra cómo Angela Gray (Emma Watson) denuncia a su padre (David Dencik) por haber abusado sexualmente de ella cuando era niña, una atrocidad que el acusado acaba recordando durante los interrogatorios y las sesiones de terapia, mientras la prensa local enardece al público con insinuaciones de rituales satánicos. Aquí puedes ver el tráiler:

El guión de Amenábar tiene parangones reales como el de Sheri Storm. En los años 90, Storm se puso en manos del psiquiatra Kenneth Olson para tratar el insomnio y la ansiedad que le ocasionaban su proceso de divorcio y un cambio de empleo. Tras sesiones de hipnosis, tratamientos con fármacos psicotrópicos y hospitalizaciones, Olson logró que Storm “recordara” cómo su padre había abusado sexualmente de ella a sus tres años de edad y la había forzado a participar en ritos satánicos que incluían el asesinato de bebés para devorarlos. Según un artículo publicado en Scientific American en 2007, Storm comprendió que todo aquello no eran sino recuerdos fabricados cuando supo de otra paciente de Olson que había denunciado al terapeuta por el mismo motivo. Pero ya era demasiado tarde: Storm era incapaz de distinguir sus recuerdos reales de los ficticios, y continuamente la asediaban espantosas imágenes de hechos que nunca sucedieron.

LA MEMORIA REPRIMIDA, ¿SÓLO UN MITO?

Uno de los personajes clave para derribar el mito del ARS fue el psiquiatra Frank Putnam, que en 1990 dirigía la Unidad de Trastorno de Identidad Disociativo del Instituto Nacional de Salud Mental de Estados Unidos. Aquel año, Putnam lideró un panel de expertos que comenzó a cuestionar la veracidad de las denuncias de ARS. El psiquiatra recuerda que de los miles de informes solo pudo identificar “un par de docenas de casos reales, pero fueron promovidos por unos pocos terapeutas que eran muy prominentes entonces”, reseña a El Huffington Post.

Putnam opina que “sí, la gente puede recordar eventos que han olvidado, reprimido, disociado, suprimido, compartimentalizado, etcétera”. El psiquiatra señala, sin embargo, que según los estudios solo una minoría de personas, entre un 5 y un 30%, llegan a recuperar un recuerdo perdido. “Algunas personas consiguen enterrar sus recuerdos traumáticos tan hondo que no están accesibles en estados normales de conciencia”. “En estos casos, la hipnosis o el pentatol sódico pueden recuperar la memoria”.

Putnam ha utilizado estas técnicas con pacientes que habían olvidado su propia identidad, pero en cambio alerta de que “se debe tener cuidado, porque las personas son extremadamente sugestionables cuando están en estado hipnótico o inducido por fármacos”. El experto aclara que nunca emplea estas terapias para casos de trauma.

Sin embargo, otros especialistas son más críticos. Scott O. Lilienfeld, psicólogo de la Universidad de Emory y coautor del artículo que narraba la historia de Sheri Storm, no descarta la posibilidad de recuperar recuerdos reprimidos, pero sugiere que las pruebas son “poco claras”. “Nunca he visto un caso completamente convincente”, dice a El Huffington Post. La psicóloga Elizabeth Loftus, de la Universidad de California en Irvine, asegura a este diario que “no hay apoyo científico creíble para el concepto de represión masiva [de los recuerdos]”. “Es una idea sin soporte que ha conducido a muchos inocentes a una desgracia inconmensurable”, añade.

EL SÍNDROME DE LA FALSA MEMORIA

Loftus tiene buenas razones para sostener sus argumentos. La psicóloga dirigió un famoso y clásico experimento de manipulación de la memoria, corroborado después por otros investigadores, en el que logró implantar en un grupo de sujetos el recuerdo de que se habían perdido en un centro comercial a la edad de cinco años. Con ayuda de un familiar de cada voluntario que aportaba los detalles necesarios, Loftus consiguió que el 29% de los participantes recordaran una experiencia de sus vidas que jamás había ocurrido.

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El psicólogo Elliot Aronson, profesor emérito de la Universidad de California en Santa Cruz y coautor del libro Mistakes Were Made (But Not by Me) [Se cometieron errores (pero no por mí)] (2007), en el que trataba el ARS y otros casos de sesgo cognitivo, agrega: “De hecho, las únicas pruebas científicas que existen sobre este tema indican que es fácil plantar falsos recuerdos, intencionadamente o no, en una persona que está bajo hipnosis”. Es más: según Aronson, el problema de las personas con traumas como abusos sexuales “no es que no puedan recordarlos, sino que no pueden olvidarlos”.

La reacción del estamento clínico al escándalo del falso ARS llevó incluso a la definición de una patología, el Síndrome de la Falsa Memoria. Aunque algunos especialistas discuten su validez, existe una Fundación dedicada a su estudio, creada en 1992 por una pareja cuya hija adulta acusó a su padre de haber abusado de ella en su infancia. El sociólogo Richard Ofshe, profesor emérito de la Universidad de California en Berkeley, presta asesoría experta a la Fundación, por lo que no es de extrañar que su opinión sobre la memoria reprimida sea una de las más duras. “Es una tontería”, resume; “un remanente de la era en que, en Estados Unidos, la psiquiatría era una rama primitiva de la medicina y algunos se tomaban en serio las ensoñaciones freudianas”. “Freud fue, sin duda, uno de los impostores más impresionantes de la historia médica moderna”, valora Ofshe.

UNA TERAPIA PELIGROSA

Con tales visiones sobre el concepto de la memoria reprimida, no es de extrañar que muchos expertos coincidan en considerar inadecuada la presunta terapia de recuperación de recuerdos. Para el psiquiatra de la Universidad Johns Hopkins Paul McHugh, que ha desgranado el fenómeno del ARS en su libro Try to remember [Intenta recordar] (2006), estos tratamientos son “más que inútiles, peligrosos”. Lilienfeld incluye estas terapias dentro del grupo de “tratamientos psicológicos que causan daño”.

Y sin embargo, al contrario de lo que indican los créditos de la película de Amenábar, estas terapias “no han sido prohibidas” en Estados Unidos, aclara Loftus. “Nuestro sistema no funciona así”, informa Putnam, pero añade que estos tratamientos “se desaconsejan vivamente y la mayoría de los terapeutas que trabajan con víctimas de traumas infantiles los consideran ilegítimos”.

Para Aronson, la recuperación de recuerdos reprimidos es simplemente una “vieja chorrada” con la que, dice, algunos continúan ganando grandes cantidades de dinero. En cualquier caso, concluye McHugh, “algo que se olvida, sea por el mecanismo que sea, y luego se recuerda necesita demostrarse con otras pruebas si se va a utilizar para acusar a otros”. Una corriente actual dentro de la psiquiatría defiende incluso que obligar a un paciente a revivir su experiencia traumática puede obstaculizar su recuperación.

LAS GUERRAS DE LA MEMORIA

Pese a todo, un estudio dirigido por el psicólogo Lawrence Patihis en 2013 y en el que participaron Loftus y Lilienfeld revela que las “guerras de la memoria”, como lo definen los autores, no se han aplacado del todo: aunque la creencia en la memoria reprimida es menor hoy entre los especialistas que en los años 90, el concepto sigue vivo entre los terapeutas, sobre todo los de la escuela psicoanalítica freudiana; mientras que los psicólogos orientados a la investigación son más escépticos.

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Curiosamente, el estudio muestra que los estudiantes de psicología son los más dispuestos a aceptar la idea de los recuerdos reprimidos. “Como un moho que crece detrás del retrete, estas terapias tienden a reaparecer si los estándares se relajan”, censura Ofshe. “En Estados Unidos los estándares sobre quién puede ofrecer terapia son tan bajos, y la formación a menudo es tan pobre, que durante años seguirán apareciendo los brotes de seudomemorias de abusos sexuales”, concluye.

Virginia McMartin falleció en 1995 de muerte natural a los 88 años. Su guardería llevaba años cerrada. “Ocasionalmente oigo hablar de casos de abuso ritual satánico; se ve que aún hay algunos por ahí”, apunta Putnam. Los años 80 del siglo XX arrastraban un bagaje cultural con una mezcolanza entre las nuevas técnicas psiquiátricas, el ascenso de los fundamentalismos cristianos, el nacimiento de las iniciativas de protección a la infancia y el auge del satanismo, grabado en la imaginación popular a través de películas como La semilla del diablo (1968), El exorcista (1973) o La profecía (1976).

“En su mayoría, el pánico satánico terminó hace años”, zanja Putnam. Pero ciertos especialistas sostienen que posiblemente sí hubo abusos por parte del principal acusado en el caso McMartin, Ray Buckey. Y hay quienes sugieren que la farsa del ARS ha podido menoscabar la credibilidad de algunas víctimas reales. El pánico satánico cesó. Pero siempre habrá demonios.

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