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Gitanos y endeudados por las Tres Mil Viviendas

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PEPE BARAHONA Y FERNANDO RUSO; SEVILLA
La asociación cultural y gitana Vencedores arrebata metros a la exclusión social a costa del patrimonio de sus socios, vecinos del barrio. Así promueven el cambio desde dentro.

El tiempo corre rápido en las Tres Mil Viviendas. Un año en las calles de este barrio del Polígono Sur sevillano equivale a varios fuera de una de las zonas más pobres de España. La lucha permanente contra la falta de oportunidades envejece y causa estragos en sus habitantes. Sus rostros acumulan surcos ennegrecidos y sus manos, grietas endurecidas, pero en su corazón germina la esperanza. Ajados por un destino que muchos no eligieron, sus vecinos han decidido que su futuro dependerá de su trabajo en el presente. Y, defensores de que el cambio se produce desde dentro, han impulsado una asociación (cultural y gitana) que aúne las voluntades de todo un barrio. Se llaman Vencedores y su nombre es toda una declaración de intenciones. Así plantan cara a la exclusión.

"Vencedores, vencedores, somos más que vencedores; vencedores, vencedores, en el nombre del Señor", tararea Pedro Manuel Molina, artífice del cambio en las Tres Mil Viviendas. El estribillo de una de las canciones que de joven cantaba en el Culto, la celebración religiosa de la Iglesia Evangélica, ha servido para dar nombre a la asociación cultural y gitana que aglutina a decenas de voluntarios, la mayoría vecinos del Polígono Sur de Sevilla.

Además del nombre, Molina ha extraído de la Iglesia Evangélica la doctrina que guía la acción social de esta asociación. "Haz el bien y no mires a quien", sintetiza este gitano castaño, de tez blanca y de escasa altura. Es joven, 43 años, pero sus vecinos se refieren a él como el tío Pedro, signo de respeto entre la comunidad gitana, mayoritaria en las Tres Mil. Hace un par de años cambió su trabajo como vendedor ambulante en mercadillos de la provincia de Sevilla y Cádiz para dedicarse en exclusiva al quehacer de la asociación, que él mismo creó hace ocho años.

"¡Qué bonito es ayudar al que saca buenas notas!, pero más bonito es dejarse la piel con el que no las consigue y trabajar a su lado hasta que mejora".

"Me cansé de ver a chavales por el barrio deambulando a las seis o las siete de la mañana, la hora a la que salía con la furgoneta para irme a vender al mercadillo", recuerda Pedro. "Pensé en mi hijo, y en que no quería eso para él", detalla. Y empezó a organizar partidos de fútbol con los jóvenes. Primero los conocidos. Luego fueron llegando otros. "La idea era reventarlos, cansarlos, para que no tuvieran ganas de irse de juerga; darles una alternativa para su tiempo de ocio", relata este padre de dos hijos, Bernardo, de 17 años; y Antonia, de seis.

La experiencia como vendedor ambulante ha dado a Pedro la experiencia justa como para saber calar a sus semejantes. "Sé el número de zapato que necesita un hombre con solo mirarlo, también la talla de camisa o pantalón de ellas de un solo vistazo... y sé qué niño va a ser buen o mal referente, a quién hay que encaminar", asegura. "Porque, ¡qué bonito es ayudar al que saca buenas notas!, pero más bonito es dejarse la piel con el que no las consigue y trabajar a su lado hasta que mejora", argumenta.

Fátima García Jiménez, 50 años, ama de casa y alumna en las clases de alfabetización

Su mensaje, mezcla (sin serlo) de pastor evangélico y de vendedor ambulante, ha calado entre los vecinos. Su lenguaje es claro y certero, no se anda con ambages y adecúa su discurso en función del interlocutor. Da igual que hable con un zagal de Las Vegas, la zona más conflictiva de las Tres Mil; con Susana Díaz, presidenta de la Junta de Andalucía; o con la reina Letizia Ortiz, que el pasado mes de mayo entregó a los Vencedores la medalla de oro de la Cruz Roja en reconocimiento por su labor en una de las zonas más desestructuradas de España.

En el Polígono Sur de Sevilla viven 50.000 habitantes, aunque solo 30.000 están censados. La mayoría llega a estas 7.000 viviendas, construidas por el Ministerio de Vivienda del gobierno de Franco en el año 1977, procedentes de otras zonas conflictivas, algunas chabolistas, de la capital como Los Pajaritos, el Vacie, Torreblanca o la Corchuela. Seis barrios componen el polígono y casi todos reciben su nombre coloquial por el color de sus fachadas. Los Amarillos, los 'Coloraos' o los Verdes, donde fueron realojados en 2004 varias familias gitanas procedentes del asentamiento chabolista de Los Bermejales y donde en la actualidad se da menudeo de drogas y algunos altercados.

Sin embargo, el mayor tráfico de drogas se registra en las conocidas Las Vegas, la barriada Martínez Montañés, donde clanes de narcotraficantes controlan edificios completos de hasta siete pisos en estado ruinoso. Allí, el doce por ciento de los menores están sin escolarizar, según datos del Comisionado del Polígono Sur, un ente dependiente de la Junta de Andalucía. En las Tres Mil Viviendas, la tasa de paro supera el 80%, en buena parte producto de la alta tasa de analfabetismo, un 26%. Se estima que 280 personas comen solo una vez al día.

José Jiménez Camacho, voluntario de la asociación y responsable del gimnasio

Un gimnasio en mitad de Las Vegas


En mitad de este páramo, aislado geográficamente por la vía del tren, una carretera y varias grandes avenidas, los Vencedores desarrollan su principal labor: la gestión de un gimnasio, que también hace las veces centro de alfabetización. Deporte y educación son los pilares sobre los que se sustenta el proyecto.

Fátima, una abuela de 50 años, acude siempre que toca a las clases de lectura y escritura. Su objetivo es ambicioso, quiere sacarse el carnet de conducir como medio para tener libertad. "Poder trabajar sola, ir a la playa con mis nietos... o irme de fiesta", bromea. Hasta hace pocos meses era capaz de escribir su propio nombre. Ahora lo hace con soltura. "He llegado a llorar de la emoción", reconoce esta mujer de marcados rasgos gitanos, con brazos tatuados, grandes argollas en las orejas y rodete en el pelo, negro y largo.

"Las gitanas somos torpes, no sabemos ni leer ni escribir porque no lo hemos aprendido de chicas", reconoce. "Las madres no nos han llevado al colegio y hay muchas que quieren leer y escribir pero les da vergüenza", añade. "Pero sin leer ni escribir no puedo sacarme el carné de conducir. ¡Qué alegría cuando pueda coger el coche! Ahora dependo mucho de mi marido y no me gusta, porque quiero buscarme la vida, ya sea en la chatarra o en los cartones... La comida no viene sola, hay que ir a buscarla", concreta Fátima, que hace proselitismo de la causa entre la comunidad gitana. "Hay muchas que no saben leer y otras ni siquiera quieren aprender", confiesa.

La conversación sobre las clases es recurrente en el café con las amigas. "Ellas me preguntan por qué quiero aprender a leer y escribir y yo les respondo que eso es algo bueno para mí, que no es para nadie más, solo para mí. Que lo necesito para salir adelante. Y animo al resto a que den el paso y que lo intenten", narra en mitad de su amplia cocina de suelo abaldosado, paredes oscuras y muebles blancos. Es temprano y huele a café recién hecho.

Por las mañanas acude al gimnasio de Vencedores, donde hay habilitada una sala a modo de aula. La sede se encuentra en un antiguo edificio de Las Vegas. Hace un par de años, la Agencia de Vivienda y Rehabilitación de Andalucía (AVRA) convocó un concurso para ceder este espacio para el desarrollo de un proyecto social. Solo postularon dos asociaciones, ambas gitanas. Y Vencedores se hizo con el inmueble para promover un gimnasio.

Ramón, desempleado y usuario del banco de alimentos de Vencedores

Poco duró la alegría entre los asociados. "Cuando abrimos las puertas comprobamos que era un marrón", recuerda Molina. El espacio estaba junto a un edificio abandonado, un antiguo fumadero, muy frecuentado por drogadictos, que incluso pernoctaban en el inmueble. "Era chabolismo vertical", detalla.

Así las cosas, el primer reto de los Vencedores fue limpiar el espacio. "No podíamos permitir que nuestros niños, nuestros jóvenes, hicieran deporte junto a un estercolero lleno de chutas [jeringuillas] y ratas muertas", narra. Y Pedro habló claro a los vecinos. "¿Conquistamos el edificio o decimos que no al gimnasio?", preguntó. Y todavía hoy, años después, se sorprende de la respuesta de los vecinos, que se echaron a la calle para colaborar con la limpieza del edificio. "Todos pensaban que sería imposible que un hombre criado en las Letanías, a pocos metros de Las Vegas, trajera al barrio la normalidad que ha sido incapaz de conseguir la Administración con todo el dinero que ha invertido en las Tres Mil", argumenta Molina.

La conquista del espacio fue un "subidón para todos nosotros, también para los vecinos" que empezaban a ver que la transformación era posible. Que, como repite Pedro hasta la saciedad, "el cambio se hace siempre desde dentro hacia fuera". Albañiles, fontaneros, pintores... todo aquel que tenía algo que aportar, lo hacía. Hasta que el gimnasio, a falta de maquinaria, se hizo realidad.

Ismael Rojas, miembro de Coop 57 en Andalucía

Un crédito avalado por los voluntarios y vecinos


Hasta que vimos que solo con el trabajo no era suficiente y necesitábamos dinero", recuerda Pedro. Llamaron a todas las puertas. Administraciones, entidades bancarias, fundaciones... "y nos decían que éramos unos locos", confiesa. "¿Quién nos iba a dar 35.000 euros para equipar un gimnasio en Las Vegas?", añade. Los números no salían. Hasta que se cruzó en su camino Ismael Rojas, del equipo de Coop 57, la mayor cooperativa de servicios financieros española, que rige su actividad basándose en los principios de la banca ética.

El idilio entre Vencedores y Coop 57 se concretó meses después en un crédito de 35.000 euros que los 21 socios de la asociación avalaron con su propio patrimonio. "El proyecto está bastante consolidado, es muy serio", confirma Rojas, que certifica que Molina y los suyos siguen haciendo frente a las cuotas mensuales, unos 680 euros. "Y si alguno de los meses no pueden pagarlo, no hay problema, se aplaza, para eso somos el Coop 57", afirma.

La naturaleza del proyecto ha enamorado a los socios de esta cooperativa financiera, que tuvo su origen en Cataluña a finales de los pasados noventa y que se ha extendido a otras comunidades en los últimos años. Su ideología establece que si el proyecto fracasa, los socios de Vencedores deberán hacer frente al pago de una cantidad que oscila entre los 50 y 200 euros. "Aunque eso no pasará", explica Rojas, "porque el compromiso con la actividad que desarrolla en el barrio la asociación complace el carácter social que tiene el Coop 57", subraya. "No existe esa preocupación", remarca. Hoy, dos años después de la apertura del gimnasio, sigue sin ser rentable, pero las cuotas del préstamo las paga siempre algún vecino de su bolsillo, en algunos casos se hace frente con la colaboración de fundaciones como Cajasol o Meridiano.

Pedro, Jonathan, José... recuerdan que era febrero, un día frío en las Tres Mil, cuando se reunieron los socios de Vencedores para aceptar el crédito. Todos tenían voz y voto, aunque el que más hablaba era, como siempre, Pedro. Había desempleados, chatarreros, albañiles, camareros, la mayoría vecinos. Algunos nunca habían firmado una hipoteca, otros a duras penas pagaban la letra de sus casas, de sus negocios y sus coches. Y todos dijeron que sí. Todos aceptaron jugarse el patrimonio, su propio dinero, para alcanzar un fin común: la normalización de las Tres Mil. Su barrio. Había espacio para la esperanza.

"Recuerdo que, tras la firma, la alegría duró días en el barrio", narra Pedro. "Con el dinero pudimos pagar a nuestros familiares el dinero que nos habían adelantado para el gimnasio, estábamos todos endeudados", cuenta. "Fue un balón de oxígeno", valora. "Respiramos todos, especialmente yo", añade.

El Sevilla Fútbol Club donó máquinas, la Universidad Pablo de Olavide de Sevilla hizo lo propio con varias bicicletas estáticas y el resto de mancuernas, espejos y demás mobiliario se compró a buen precio a un antiguo gimnasio de la provincia de Sevilla. Hasta el Ayuntamiento de Sevilla, consciente del cambio, colocó en la entrada del edificio bancos y farolas "de diseño" —describe Pedro— que su día fueron de la Expo 92.

En la actualidad atiende a muchos socios, algunos pagan y otros no. Por la mañana, para las mujeres; las tardes, para los hombres. La mezcla queda descartada, así se consigue la confianza de la comunidad gitana, donde se impone el machismo. "Hemos llegado a tener a un gitano esperando en la puerta del gimnasio para asegurarse de que no entraba ningún hombre mientras que las mujeres estaban en clase de alfabetización", cuenta Silvia, la trabajadora social. "Ese siempre ha sido nuestro compromiso con ellos", confiesa. "Hay que respetar la cultura de todos y no imponer nada", justifica.

Miguel Ángel, profesor de boxeo de la asociación Vencedores

El boxeo como terapia


Los jóvenes del barrio, llegados de las Letanías, de Las Vegas o de los Amarillos, acuden al gimnasio de Vencedores a fortalecerse física y mentalmente. Detrás del deporte, el equipo de voluntarios de la asociación va zurciendo el ajado tejido social. "Le ofrecemos confianza, se sienten cómodos aquí, en este ambiente se van abriendo y comienzan relacionándose entre ellos", explica José Jiménez, responsable de las instalaciones.

"Los jóvenes suelen tratar con sus familias, poco más; y hay muchos casos en los que gracias a nosotros se han conseguido entablar nuevas amistades", detalla. "Ahora tienen más alegría, más ganas de vivir...", insiste. Y así, de forma silenciosa, van tejiendo una red de amistades que van reforzando los buenos hábitos que se les inculca desde Vencedores.

El ambiente es distendido y a pesar de estar a escasos metros de varios puntos de venta de droga, frecuentado por numerosos toxicómanos, existe respeto, entre los propios usuarios y entre el barrio y las instalaciones. Las ventanas están reforzadas y un sistema de alarma vela por la integridad del gimnasio. Nunca han detectado ni un solo intento de robo. "Nos respetan porque saben que somos parte del barrio", explica Molina.

"La primera vez que vi a los jóvenes disfrutar de nuestro gimnasio fue muy bonito", recuerda. "No hay que olvidar que es el único recurso de la barriada Martínez Montañés [Las Vegas] aquí no hay nada, no hay farmacias, no hay droguerías, no hay nada. No tenemos nada. Somos los únicos que nos hemos atrevido a abrir las puertas de nuestra casa", subraya.

"El deporte sirve para educar. Es una herramienta de cambio y una posible salida para los jóvenes", narra. "El boxeo, la capoeira, el gimnasio o el fútbol también sirven para inhibir a nuestros jóvenes de la rutina tan dramática que tiene nuestro barrio", añade.

También es una forma de "desfogar" a los chavales, de "sacarlos de la calle", completa el entrenador de boxeo. "Se desfogan —insiste—, piensan en otra cosa, se evaden y encuentran en el club un apoyo más, una red que aconseja y que evita que caigan en otro tipo de actividades que terminan complicándoles la vida. El boxeo es disciplina. Es un entrenamiento duro".

Vencedores imparten las clases de boxeo en otro edificio de la zona. La parte trasera y abandonada de un colegio del Polígono Sur. La dirección del centro cedió las instalaciones y un ring de boxeo llena una de las amplias habitaciones. En una estancia contigua, varios voluntarios utilizan una sierra radial para ampliar aún más el espacio. La nube de polvo hace que los sacos de boxeo cobren un protagonismo inusitado. "Cuando vieron en lo que habíamos convertido el centro no daban crédito, allá donde vamos creemos en la transformación", apostilla Molina.

"La gente los ve desde fuera y piensa que son chicos con maldad. Y no es verdad. Aquí hay gente muy buena. Con ganas de entrenar. Tienen mucho empeño en competir, se vacían cuando entrenan ".

Miguel Ángel se baja de un coche nuevo. Es el único que cobra de la asociación. "Una miseria", especifica Pedro. "Le dije que no se metiera en una letra, nuestra economía como asociación es frágil y depende de demasiados factores", argumenta. En el año que lleva ejerciendo de entrenador dos pupilos han destacado sobre el resto. Aunque, lejos de individualismos, asegura que la cantera de púgiles es buena en las Tres Mil. "Los chavales no son malos chavales. La gente los ve desde fuera y piensa que son chicos con maldad. Y no es verdad. Aquí hay gente muy buena. Con ganas de entrenar. Tienen mucho empeño en competir, se vacían cuando entrenan y eso gusta mucho a un entrenador", insiste.

Y aquellos que no demuestran una actitud ejemplar, dentro o fuera del ring, son expulsados del entrenamiento. "Hay chavales que venían muy alterados por el tema de las peleas en el barrio y después de varios meses de boxeo su actitud cambia y llegan al entrenamiento blanditos como un flan, muy tranquilos", recuerda.

En otros casos, las clases de boxeo suponen un salvavidas para aquellos más débiles. "En este barrio, la gente detecta el miedo; y si lo ven en alguien, le atacan", explica el entrenador. "Hay un musulmán al que le pegaba mucha gente en el barrio, que incluso se cambiaba de acera si veía a un grupo de chavales. Agachaba la cabeza y se cruzaba. Hoy en día no, después de tres meses con nosotros, el chico va con la cabeza alta y está seguro de sí mismo. Ya no tiene miedo. Ha ganado en autoestima. Va más seguro por la vida y sin necesidad de pegarle a nadie. Es algo mental", afirma. A veces el cambio está en las calles del barrio, otras veces se genera dentro de las personas. "Y estamos orgullosos de eso", concluye.

En otros casos, el gimnasio es para algunos la primera experiencia laboral. Pedro bromea con uno de las últimas incorporaciones, Fernando, uno de los alumnos de los Programas de Cualificación Profesional Inicial (PCPI) dirigidos a jóvenes mayores de 16 años, y menores de 21, que no han obtenido el graduado de la ESO ni ninguna otra titulación.

"Se quejan de que Pedro es muy duro, pero es importante que imponga disciplina y exija responsabilidad porque es una lección importante que los alumnos deben aprender de cara a su futuro profesional", explica Carlos García, profesor del colegio Antonio Domínguez Ortiz del Polígono Sur. La colaboración entre el ente educativo y Vencedores es vital para la adquisición de rutinas que posteriormente pondrán en práctica en sus puestos de trabajo.

Por lo general, los alumnos en prácticas que recalan en Vencedores suelen mostrar faltas en el cumplimiento de los horarios de entrada o carecen de algunas habilidades básicas que van adquiriendo conforme pasan los días al tiempo que trabajan para la comunidad. "Es un proyecto enriquecedor, porque los propios alumnos aportan sus propias ideas y se generan unas sinergias muy interesantes que ayudan a mejorar al barrio al mismo tiempo que los ayuda en su formación académica y profesional", recalca el responsable educativo de los PCPI.

Carlos García, profesor del colegio Antonio Domínguez Ortiz

Algunos de los alumnos en prácticas que llegan a Vencedores conocen bien "al tío Pedro", como lo llaman. Han jugado al fútbol en el Club Deportivo Vencedores, un equipo que participa en las liguillas entre distritos que organiza el Ayuntamiento de Sevilla. Puede que no sea el mejor equipo de la liga, de hecho, la mayoría de veces pierden. Pero el sentimiento de derrota no acompaña a sus responsables, los entrenadores Pablo Vallejo (23 años) y Juan Vicente Gabarri (47). "Les insistimos en que ellos no vienen aquí a ser grandes deportistas sino grandes personas", explican. "Y, de paso, los sacamos de las calles, muy peligrosas en nuestro barrio", añaden.

El campo de fútbol de césped artificial donde juega vencedores es un oasis verde en mitad de las Tres Mil. La asociación tiene consiguió la gestión de estas instalaciones deportivas propiedad del Ayuntamiento de Sevilla y en la actualidad la explota sin que los números salgan.

La relación de los entrenadores con los niños, de una media de edad de once años, es tal que han aprendido a leer sus comportamientos y los chavales se han convertido en alertas de lo que ocurre en los hogares. "Son tímidos, no hablan de sus padres, pero al interpretar algunas señales sabemos que algo les sucede", explica Gabarri. "Y actuamos en consecuencia", añade.

Antonio Jiménez Franco, 41 años, chatarrero y usuario del catering social.

Vencedores contra el hambre


Si el problema es el hambre, damos comida", añade Pedro. Y en el Polígono Sur, la falta de alimentos es una cuestión recurrente que los Vencedores tratan de atajar convenientemente. Ya sea con el reparto de comidas ya preparadas o entregando lotes en un banco de alimentos que posee la asociación.

"Mi día a día es un problema", lamenta Antonio Jiménez Franco, de 41 años, casado y padre de cuatro hijos, dos de ellos mayores de edad. Ha trabajado de vigilante de obra, de repartidor de mercancías, albañil de segunda, de limpiador... y hace cuestión de cuatro años que está desempleado. Ya lleva un año completo sin cobrar nada. Ahora malvive chatarreando unas doce horas al día con temperaturas que alcanzan los 45 grados. Un negocio poco rentable por el notable incremento de competencia por mor de la crisis. "Gracias a Pedro y a la asociación consigo almorzar", afirma. Y con la chatarra saca para la cena.

"Yo atravieso por una mala racha. Antes vendía textil y ganaba mi sueldo. No me podía quejar. Pero ahora no tengo nada y con esto me ayudan mucho", insiste. "A mí me gusta trabajar. Rezo para tener uno. Pero sé que la situación en España no es normal y no soy solo yo el que no lo tiene. Ojalá no tuviera que salir tanto a chatarrear. Pero es lo que hay y así me gano la vida honradamente", razona este vecino de las Tres Mil.

Diariamente acude a la sede de la asociación para recoger cinco bolsas de comida que la asociación Vencedores compra a un servicio de catering del barrio. "Viene muy bien preparado y está todo muy rico. Lo agradezco mucho. Trae postre, fruta", asegura. Además, puntualmente también recibe latas de conserva, leche, aceite o verduras del banco de alimentos.

De vez en cuando, Antonio se encuentra con Ramón en las colas de reparto de alimento. Él es otro de los beneficiarios de la asociación. También está en paro. "Yo creía que este tipo de ayudas era para otras personas. Pero aquí estoy. La crisis me ha dado fuerte y, en estas condiciones, lo que venga, bueno es. Y así llevamos el mes. Intentando sacar de un lado y de otro para sobrellevarlo como se pueda y que no falte alimento en la casa", confiesa.

41013 es el código postal que muchos han decidido quitar de sus currículums: "Si lo ven, olvídate de que te contraten".

Ramón recuerda la primera vez que se puso en una cola para recoger alimentos. "Me costó mucho", asegura. "Era una sensación de derrota. ¿Cómo era posible que no encontrase trabajo con lo joven que era? No podía acceder a ningún tipo de ayuda... y tener que pedir alimento... es duro. Pero ves que no es algo mío, que es algo general que le afecta a muchas personas y te resignas y sigues adelante.

Los que viven en el Polígono Sur se enfrentan a un estigma con número acabado en 13, el de la mala suerte, que parece acompañar a los que viven en el barrio. 41013 es el código postal que muchos han decidido quitar de sus currículums. "Si lo ven, olvídate de que te contraten", narran. "Da igual de lo cualificado que estés, si compites con alguien que no seas de las Tres Mil, el puesto no será tuyo", añaden.

La situación de vulnerabilidad de algunos de los que pueblan las Tres Mil se ve salvada gracias a los voluntarios de la asociación. "Menos mal que me dan de comer de lunes a viernes los de Vencedores", agradece Rafaela Tortolero a sus 79 años, una de las beneficiarias el comedor social a domicilio que la organización vecinal mantiene gracias a la colaboración de la Junta de Andalucía. Sus piernas hace tiempo que dijeron basta y con dificultad se mueve por su piso con la ayuda de unas muletas. "Estoy esperando una carta para que me den la invalidez. ¿Tú te crees que esto es plan?", lamenta esta viuda, que vive sola, con la compañía puntual de su sobrina y de los voluntarios de Vencedores, que le llevan el almuerzo cada mediodía.

No para de toser y su voz es ronca. Se ríe recurrentemente de pura resignación. "¡Yo siempre he sido muy moderna! Mira en las fotos lo elegante que yo era, y ahora estoy hecha una vieja pachocha", comenta entre risas.

"Lo que tengo es gracias a mi Pepe, que se fue dejándome todo colocado", confiesa. "El aire anda cuando quiere", detalla. "Menos el frigorífico, que es nuevo", puntualiza. "Después de pagar la pensión, se me quedan 300 euros en el banco. ¿Tengo la ruina o no? ¡Qué pena, hijo! Menos mal que mis vecinos, el carnicero, el de la farmacia... me lo dejan fiado porque saben que el 25 cobro", se congratula. Y sigue tosiendo.

Rafaela Tortolero Ponce, 79 años, jubilada.

Hay futuro para las Tres Mil


Quizás Rafaela no vea unas Tres Mil viviendas normalizadas. Puede que el cambio que vaticina Pedro Molina tarde en producirse, "pero llegará", confirma. "Las Tres Mil sí tienen solución, pero es un cambio transgeneracional", argumenta. "No hay una varita mágica que consiga cambiar las cosas de forma rápida", agrega.

Pedro es un hombre de fuertes convicciones, capaz de aunar voluntades y tiene clara cuál es su hoja de ruta en su objetivo de normalizar la vida del Polígono Sur sevillano. "La Administración debe ser consciente de que sin nosotros no se puede cambiar el barrio. Porque sus técnicos saben mucho pero nosotros conocemos a fondo las Tres Mil. Y la suma de ambos produce esa palabra tan bonita: sinergia. Nosotros tampoco podemos cambiar el barrio sin ellos. Por eso, en la suma de ambos está la clave para que se solucionen nuestros problemas", relata.

"Aquí hay un trabajo de campo, implicando a los vecinos del propio barrio para promover el cambio. No puede venir alguien del exterior a entrar en mi casa y cambiar las cosas. Ese es el trabajo de Vencedores, contagiar a la gente del barrio para que se genere el cambio que exista en nuestro barrio", zanja.

Pedro presume de conocer los códigos que se manejan en el barrio. El 'know how' [saber cómo] que dirían los anglófonos de las Tres Mil. Recuerda cómo para ganarse la confianza de las familias de chatarreros se iba a chatarrear con ellos, renunciando incluso a su propio trabajo. "Y cuando caía la tarde, después de refrescarnos un poco, me los llevaba a la alfabetización", explica. "Siempre he sido consciente de que no podía llegar a ellos como lo hace la Administración, imponiendo el criterio. Lo primero, en nuestra forma de trabajar, es preguntar qué necesitáis y en función de su respuesta vamos ofreciendo nuestra ayuda", confiesa.

Y así, con la confianza como lubricante, el motor de las Tres Mil se muestra imparable. Un cambio que inició Pedro Molina repitiendo un mantra. "Vencedores, vencedores, somos más que vencedores; vencedores, vencedores, en el nombre del Señor".

Fotografías de Fernando Ruso

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