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Cómo preservar la memoria cultural en la era digital

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CHUCK CLOSJ
National Gallery of Art, Washington, Alfred H. Mos
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Los humanos somos una especie afortunada. No somos los más fuertes ni los más rápidos. No tenemos el cerebro más grande ni somos los que más vivimos. Aun así, dominamos el planeta. Desde la escritura cuneiforme hasta el chip de un ordenador, las tecnologías de memoria nos han proporcionado una ventaja de supervivencia única: el conocimiento. Pero ese conocimiento no está a salvo en la era digital.

Estamos saliendo de una economía de la información de relativa escasez para entrar en una de abundancia. Y todavía nos falta construir una infraestructura que sea capaz de gestionar cantidades enormes de datos a escala. El elevado coste de la publicación de libros y de la grabación de películas nos ha obligado a cuestionarnos lo que nos podemos permitir guardar. Pero cualquier persona con conexión a Internet puede escribir en un blog y publicar vídeos en YouTube. Ahora tenemos que decidir qué es lo que nos podemos permitir perder.

Entre tanta información, resulta difícil saber qué cosas tienen valor a largo plazo y qué cosas hay que ignorar. Desgraciadamente, tenemos que tomar la decisión de guardar las cosas a tiempo real porque la información es efímera (una página web estándar dura aproximadamente 100 días). Se pueden leer las escrituras cuneiformes de más de 5000 años de antigüedad y varias ancestrales lenguas semíticas. Pero, ¿qué pasa con la información de nuestros smartphones? Las máquinas son las únicas que escriben código y las únicas que pueden leerlo. En lugar de gestionar objetos físicos para gestionar la sabiduría, tenemos que dominar a las máquinas, al código y a los suministros eléctricos.

Entre tanta información, resulta difícil saber qué cosas tienen valor a largo plazo y qué cosas debemos ignorar.

¿Cómo podemos hacerlo? Reimaginando la memoria de cara a la era digital. Tanto los descubrimientos de la ciencia de la memoria como las lecciones que hemos aprendido de la historia de los inventos revelan que el almacenamiento de la información no es memoria en sí misma. La buena memoria requiere poder seleccionar lo que es importante y olvidar el resto.

Cada innovación en la tecnología de memoria se mira con miedo, escepticismo y emoción. Hay personas que elogian una nueva tecnología de memoria y la consideran desestabilizante y creativa, y otras personas que la tachan de desestabilizante y destructiva. Fijémonos en Sócrates, que predijo que la invención de la escritura llevaría a la ignorancia y, finalmente, a la muerte de la propia memoria. Escribir "generará el olvido", advirtió, y "parecerá que la gente sabe muchas cosas, cuando en realidad es ignorante y hostil".

Es decir, todo lo que las personas aprenden es dónde buscar las cosas. Sócrates se equivocó en un aspecto. Fueron las sociedades que adoptaron la escritura las que progresaron. Como somos nativos de la impresión, no consideramos a los libros como tecnología de la información, y menos como amenazas a la sabiduría. Con la invención de la grabación visual en la década de 1830 y del audio en la de 1870, hubo un aumento exponencial del alcance del conocimiento y se registró otro aumento en la autonomía del individuo a la hora de elegir qué saber y qué no saber. Hemos redefinido el conocimiento y ahora lo consideramos como progreso. Los Gobiernos han asumido nuevas responsabilidades para asegurar que el conocimiento sea accesible para todos. Además, sabemos quién fue Sócrates y qué dijo gracias a la escritura.

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El 'Ganj Nameh', una inscripción cuneiforme que se encuentra en Irán, data del siglo VI o V a. C. (DeAgostini/Getty Images)

Desde otro punto de vista, Sócrates acertó al alertar del riesgo moral que supone externalizar la memoria. Cuando publicamos fotos personales en Facebook, ¿de quién son esos datos? ¿De verdad somos los que controlamos la información personal cuando la publicamos en forma de contenido en plataformas "libres" como Gmail, YouTube o Apple Cloud? Dentro de 30 años, la primera generación de nativos digitales llegará a la madurez, entrará en el mercado laboral y formará familias. ¿Qué conocimiento actual -por no hablar del de hace 300 años- estará disponible para ellos?

La naturaleza dota a cada criatura, desde una ameba hasta una cebra, con la capacidad de aprender y recordar. La memoria es el principal mecanismo de adaptación a un entorno cambiante. Un cerebro descansado puede distinguir rápidamente entre lo que es vital y lo que es trivial o molesto. Hace de filtro para quedarse con lo que tiene valor y depende de las emociones para responder rápidamente e ignorar instintivamente lo demás. Cuando actualizamos el modelo mental del mundo, nos olvidamos de lo que ya no necesitamos. Dependemos de la cultura -de nuestra memoria colectiva- para quedarnos con el conocimiento importante que nuestro mundo tecnológico necesita.

Durante los periodos de gran inestabilidad, como en la actualidad, recurrimos instintivamente a la reserva estratégica del conocimiento de la humanidad para comprender el presente y anticiparnos al futuro. No es ninguna una coincidencia que, durante la campaña presidencial estadounidense, cuando los expertos en política y los comentaristas expresan su sorpresa ante el auge de Donald Trump, aumente el interés por los primeros momentos de la República. El hecho de aprender cosas sobre Alexander Hamilton -uno de los Padres Fundadores de Estados Unidos- para utilizar el pensamiento comparativo para reflexionar lo que podría haber sido o para identificar insurgentes análogos como Andrew Jackson o Huey Long demuestra que el pasado puede ayudarnos en periodos de incertidumbre.

La información es efímera, una página web estándar dura aproximadamente 100 días.

Entonces, ¿qué hacemos ahora?

Hay tres tareas urgentes. La primera consiste en rescatar el pasado, el legado completo del conocimiento humano que se ha ido acumulando durante los milenios y que se almacena en las bibliotecas, en los archivos, en los museos y en las casas de las personas. En la actualidad -y dentro de 20 años-, el primer sitio, y normalmente el último, en el que la gente busca información es en Internet. Es imprescindible lograr que los documentos escritos, audiovisuales y cartográficos estén disponibles y fácilmente accesibles en Internet. Basta con escanear algunos documentos para obtener un amplio conocimiento gracias a las antiguas fuentes de información. Por ejemplo, los miles de cuadernos de bitácora que se han ido rellenando en el mar durante los últimos tres siglos se han convertido en una base de datos incomparablemente completa de la flora y fauna de los océanos, de las corrientes y del viento, es decir, de las condiciones atmosféricas en las que se basan los científicos para reconstruir la historia de los sistemas dinámicos de la Tierra y para mejorar las predicciones del clima del futuro.

La segunda tarea consiste en reunir la información digital de la actualidad. Sabemos cuál es el valor de parte de la información: como los registros gubernamentales, las bases de datos del genoma, los cementerios de residuos nucleares o los registros médicos. Pero puede que, dentro de 40 años, cuando la primera generación de nativos digitales llegue a la madurez y eche la vista atrás, se desconozca el valor de la producción cultural que actualmente circula en Internet.

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Una niña sujeta una vela en el homenaje a las víctimas de la plaza de Tiananmén que tuvo lugar en Hong Kong el 4 de junio. (Albert Bonsfills/Anadolu Agency/Getty Images)

Sabemos que, a menudo, no somos capaces de reconocer el valor del día a día. Hemos perdido como mínimo el 80% de las películas mudas. Pocas personas ven valor cultural a largo plazo en algo que era simple entretenimiento. Recuperar la plata de las películas de nitrato tenía más ventajas que intentar preservar materiales combustibles de ese tipo. ¿Quién sabe qué tipo de información valiosa podría rescatar la tecnología actual de esas películas si hubieran sobrevivido?

¿Qué vamos a hacer con los millones de tuits y de publicaciones de Instagram que hay cada semana? ¿O con las millones de búsquedas en Google? Es fácil ignorar su posible importancia si pensamos en valorar cada cosa de manera individual. Pero, en conjunto, considerándolo todo como una base de datos que podemos utilizar para observar patrones y tendencias, vemos que los tuits de 2011 ofrecen relatos valiosos de los testigos de la Primavera Árabe, por ejemplo. (Twitter tiene un acuerdo con la Biblioteca del Congreso de Estados Unidos para almacenar los tuits). Y, como ha informado Microsoft, los científicos expertos en datos pueden detectar pruebas de que una persona padece cáncer antes de que ella misma lo sepa basándose en sus búsquedas de Internet.

La tercera tarea, y posiblemente la más importante, consiste en asegurarnos de no caer en un monocultivo del conocimiento. Al igual que los entornos se benefician de la biodiversidad, especialmente en los periodos de rápidos cambios ecológicos, a la cultura le pasa lo mismo. Esto significa que deben grabarse más voces para que se retransmitan en el futuro, no menos. Los regímenes autoritarios pueden ejercer un anticuado control mental bloqueando el acceso a Internet y quitándoles a sus ciudadanos las oportunidades de alzar la voz más allá de las fronteras de su país. Pero, en las "sociedades abiertas" que dependen del capitalismo de mercado, el acceso a la información está realmente, por no decir explícitamente, en manos de los gigantes comerciales que controlan los mercados de la búsqueda (Google), de las redes sociales (Facebook), del entretenimiento (Apple) y de los bienes de consumo (Amazon). Tenemos que exigir que la transparencia y la responsabilidad sean mayores.

Tenemos que exigir a los gigantes comerciales que controlan el acceso a la información en Internet una mayor transparencia y responsabilidad.

Mientras, los ciudadanos de a pie pueden empezar a practicar una buena gestión de la información haciendo copias de seguridad locales y en la nube de sus datos importantes. Esto no significa que haya que subir miles de fotos de la familia a un servicio de almacenamiento en la nube y cruzar los dedos. También se puede contribuir a la memoria digital colectiva y subir páginas web al Internet Archive (archivo de Internet), una biblioteca digital sin ánimo de lucro que almacena gran parte de la red.

En esta época de fe en el progreso tecnológico, somos susceptibles al chovinismo temporal. Creemos que nuestro conocimiento -nosotros mismos- es superior a lo que vino en el pasado, confundimos el bienestar material con la superioridad intelectual y espiritual. Pero, al igual que los entornos se benefician de la biodiversidad, especialmente en los periodos de rápidos cambios ecológicos, a la cultura le pasa lo mismo. Cuantas más voces grabemos y transmitamos en el futuro, más crecerá nuestro banco de memoria colectiva y más importante será esa caja de herramientas mental para nuestra función de solucionadores de problemas.

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Un grabado en madera del capitán James Cook avistando las montañas Glasshouse de Australia en 1770. (Andrew Garran, 1886. Foto propiedad de The Print Collector/Getty Images)

La biblioteca de Alejandría, considerada hoy la fábrica de conocimiento del mundo antiguo, no fue destruida por la guerra. La biblioteca murió cuando cayó en manos de los dirigentes cristianos y, después, en manos del Califato del Islam. A ninguno de los dos regímenes les servía fomentar el aprendizaje pagano. Al imponer su propio monocultivo del conocimiento del mundo, la biblioteca de Alejandría se desintegró.

Pero sin el aprendizaje clásico del Renacimiento no existiría el mundo actual, no tendríamos registros de autogobiernos republicanos ni modelos para el desarrollo de la curiosidad sin trabas. Podemos desarrollar aptitudes para gestionar la memoria digital y para responsabilizarnos de ella con el objetivo de que nos sobreviva. Podemos dejar a nuestros hijos lo que nos cedieron a nosotros: la oportunidad para decidir por nosotros mismos qué tiene valor y qué no. Está en nuestra mano hacerlo o no.

Este post fue publicado originalmente en 'The WorldPost' y ha sido traducido del inglés por Irene de Andrés Armenteros.