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Christmas? What Christmas?

24/12/2014 07:04 CET | Actualizado 22/02/2015 11:12 CET

Cercana la Navidad, me acerqué el otro día a una tienda de instrumentos musicales dispuesto a comprar una zambomba, pero al principio no entendieron qué les estaba pidiendo. "Ah, vamos, un membranófono de fricción", exclamó finalmente el dependiente, que concluyó: "No tenemos". Me quedé consternado. ¿Adónde vamos a parar en unas Navidades sin zambomba?", me pregunté.

Vino en mi auxilio el mismísimo Arnold J. Toynbee, historiador británico, que a pesar de llevar cuarenta y tantos años fallecido, portaba la misma distinguida cabellera y un traje de lana de alta calidad. Apareció ante mí como por encanto, y se puso a explicarme de inmediato que desde hace decenas de miles de años el 21 de diciembre se celebra el solsticio de invierno, el momento del año en el que la posición del Sol alcanza su máxima declinación sur con respecto al ecuador celeste. Desde ese momento, los días cada vez son más largos, hay más luz, y la vida parece rebrotar tras el letargo invernal. Agradecí sinceramente a míster Toynbee sus aclaraciones, aunque seguía algo frustrado por el asunto de la zambomba. Quise regalarle unos cuantos polvorones que acababa de comprar, pero ya se había esfumado entre los tejados de la plaza del Pilar.

Aún no me había repuesto de la sorpresa, cuando percibí un inequívoco olor a tabaco de pipa, y lo reconocí nada más verlo, tan delgado, tan elegante, tan premio Nobel como antaño: Bertrand Russell. Ya no me extrañó que también llevara cerca de cincuenta años fallecido, pues el espíritu de la Navidad o del Solsticio invernal (no sé a estas alturas cómo llamar a esas fiestas) es capaz de realizar muchos y emotivos portentos. "Portentos ocurren todos los días, apreciado amigo", me dijo Russell a modo de saludo, "basta para ello que recuerde que yo contraje matrimonio cuatro veces, tuve tres hijos, y aquí me tiene, bien muerto, pero a la vez fumando esta pipa tan a gusto".

Nos sentamos en una cafetería cercana para resguardarnos de la niebla y del cierzo, pidió un té bien caliente, y comenzó su perorata con voz tranquila y profunda: "Hace más 3.000 años, se celebraba en Frigia el 25 de diciembre el nacimiento del dios Atis de una virgen llamada Nana y algunas tradiciones budistas relataban hace ya más de 2.500 años que Buda había nacido en esa misma fecha de otra virgen, Maya, tras haber sido anunciado por una estrella. Sin salir de Asia, hace 4500 años se creía que Krishna había nacido también de la virgen Devaki el 21 de diciembre. Curiosamente, su padre era un carpintero y a su nacimiento, señalado por una estrella en oriente, asistieron ángeles y pastores. Y ya ve usted", me dijo mientras sorbía el último resto de té, "ninguno de esos pueblos conocía la zambomba".

Unióse de improviso a la tertulia Anaxímenes de MIleto, cuya túnica no llamó la atención, pues ya se sabe que en Navidad o en Solsticio de invierno solo llama la atención quien no va cargado de bolsas y cajas. Y Anaxímenes amplió el tema con más datos: "En nuestras tradiciones encontramos celebraciones y tradiciones muy parecidas. Dionisos nace el 21 de diciembre de una princesa virgen, y fue colocado en un establo o pesebre. Heracles o Hércules nace también en el solsticio invernal de otra virgen, Alcmena, cuyo marido se abstuvo de tener relaciones sexuales con ella hasta el nacimiento de su hijo. E incluso ha llegado a mis oídos que también el dios Horus egipcio nace el 25 de diciembre de la virgen Isis-Meri en una cueva con ganado. Su nacimiento fue anunciado por una estrella en el Oriente y acudieron a su venida al mundo tres hombres sabios. E incluso en en Persia una tradición relata que Mitra nació de una virgen en el solsticio de invierno en una cueva y a su nacimiento asistieron pastores que portaban presentes".

Me atreví a intervenir entre tan preclaros pensadores: "Ahora irrumpe nuestro único dios: el dios Consumo. Cuando se encienden unas primeras luces (del Corte Inglés) nuestro dios nos anuncia su buena nueva, sobre montañas de compras y regalos. Como cada vez hay más gente sin dinero, apenas si puede comprar, pero nos queda el consuelo de que el solsticio de invierno significa que cada día estaremos más cercanos a la luz y al calor, y la tierra se prepara para ofrecer en el futuro sus frutos y cosechas. El día irá venciendo a la noche, y los fieles adoradores del dios Consumo derramarán hasta la última gota de sus carteras para comprar, comer, beber, regalar y divertirse en el seno de sus diversos clanes".

Felices fiestas (de lo que sea, pero con membranófono de fricción, a ser posible).