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'Blackbird', deseos sospechosamente humanos

10/04/2017 23:03 CEST | Actualizado 17/04/2017 10:26 CEST

Vanessa Rabade

Se sabe cuándo un estreno como Blackbirdes de lo más esperado por la expectación que ha acompañado el proceso de montaje. Esta obra lo era por su autor, David Harrower, su directora, Carlota Ferrer, y sus intérpretes, Irene Escolar y José Luis Torrijo. Y por ser un estreno Kamikaze en el Teatro Pavón, ese teatro que un grupo de artistas y productores encabezados por Miguel del Arco han okupado (es un decir, porque les cuesta lo suyo sufragarlo). Además, llegaba dentro de la programación del Festival de Otoño a Primavera como uno de los platos fuertes del mismo, y menudos platos que están trayendo este año. Por eso, allí estaban todos.

Un montaje que prometía. Y la promesa se cumplió. Se cumplió por el texto. Un texto ambiguo, pero no polisémico. Tampoco confuso. Ambiguo en el sentido de lo ambigua que es la vida. Esa vida que se debate entre el amor racional y normativo, y el instinto amoroso con gran carga emocional y sexual. Entre el amor que acompaña la soledad y la convierte en productiva y constructiva, y el amor que simplemente nos completa. (¿Simplemente?) El amor como refugio en el que guarecerse ante la vida, o el amor cómo lugar en el que exponerse y, de hacer caso a los poetas y novelistas, destruirse.

Esta es la historia de ese segundo tipo de amor que para más inri ocurre entre un adulto y una niña. Un amor querido por ambas partes. Pero un amor prohibido legalmente y rechazado socialmente. No, no es una defensa de la pederastia, sus personajes son conscientes de que eso no se hace. Es una exploración de los límites en los que se mueve el amor en nuestra sociedad. De nuevo, por la ambigüedad de la vida. Esa que no permite claramente diferenciar entre el abuso, el deseo y el amor.

Una historia que lleva a sus espectadores al límite. Un público que mirará a la escena y que escuchando lo que sus actores se dicen y cómo se lo dicen y cómo lo cuenta su directora deseará con todas sus ganas que triunfe el amor. A la vez que apelando a su cabeza, la de los espectadores, su educación, su cultura y, por tanto, sus convicciones sabrán que no puede ser, que es imposible, que está mal.

Teaser de Blackbird en El Teatro Pavón Kamikaze.

Un conflicto que está puesto en escena mediante el relato que sus dos protagonistas hacen de las distintas reacciones de aquellos que fueron testigos de lo que sucedió. La madre de la niña, el padre, los amigos de estos y todos aquellos extraños, jueces incluidos, que cuando se enteran, antes que pensar e ir a los hechos, aplican al pie de la letra lo que han aprendido, las creencias con las que han sido educados. Esos que se calman con una tópica y aceptada explicación, para la que buscan, a veces con risitas, una confirmación. Da igual quién la de.

Una explicación que condena a la víctima a ser víctima toda su vida y que lleva a la sociedad a desarrollar unos métodos de protección que mantendrá a esa víctima en dicho estatus toda su vida. Impidiéndola crecer, desarrollarse fuera de ese victimismo y la dejará, para siempre, en aquella situación que vivió, dificultando el seguir hacia adelante. Una protección pensada para dar una relativa seguridad a la sociedad antes que a la víctima.

Ver como en esa situación crece la belleza, la belleza del amor y, también, sus bajos y sensuales instintos lo hace posible esa mirada que tiene "la Ferrer" (hay que empezar a llamarla así, como la dama de teatro que ya es) con la inestimable colaboración del dramaturgo José Manuel Mora. Una mirada que antepone lo humano al juicio, a la calificación y a la sentencia de la situación. Una mirada que quiere a sus actores y a sus personajes. Y permite a los primeros mantener al público en tensión, mantenerlo en vilo, viviendo los conflictos que les han sido dados por el autor.

Montaje que hace a los espectadores inconscientemente conscientes de que algo no funciona en el mundo en el que viven. Retándolos a ver y a mirar. A abrir los ojos y a poner música y poesía en la mirada. Una mirada sensible, una mirada que piensa. Una mirada adulta que no tiene edad cronológica, una mirada que conoce la renuncia. Sí, hay un pájaro negro sobrevolándolo todo. Un pájaro oscuro que tapa la luz. Un simple pájaro que nos mira a la cara.